Carta #15: Lecciones de Aureliano para salvarnos del olvido

Estimadas madres de familia, estudiantes y padres de familia. 

En este acumulado de cartas hemos referido tres epidemias y una pandemia. Quiero anotarlos porque ahora que hemos llegado a la peste del insomnio. No quiero que me asedie el olvido, aunque todavía no he saboreado los gallitos verdes de insomnio, ni los exquisitos peces rosados de insomnio, tampoco los tiernos caballitos amarillos, ni aún he visto las imágenes que sueñan mis destinatarios padres de familia y estudiantes. 

La fiebre del cólera en el río Magdalena que impidió el desembarque de Fermina Daza y Florentino Ariza es un ejemplo sobredicho; otro es el mal blanco o la pérdida de la mirada que es el <<arte de los ojos>>(Faciolince, 1997, p. 17) -como lo nomina Faciolince-, que se apoderó de los pobladores de una ciudad y hubo que recluirlos en un manicomio con unas medidas drásticas. 

El tercer ejemplo que nos falta ahondar es la peste del insomnio que invadió a todos los habitantes de una población costera colombiana llamada Macondo y, el cuarto, la pandemia del Coronavid -19 que venimos abordando a través de El viaje familiar en tiempos de pandemia y cuya historia apenas estamos escribiendo. 

Queda como sugerencia La peste de Albert Camus, pero en verdad no le ha dado relevancia en este momento porque la obra detalla mucho a las ratas y hay personas que les tienen miedo, por lo tanto, no quiero incomodar sino potenciar el bienestar y la esperanza.   

Dijimos que fue a través de Rebeca que llegó la peste a Macondo. Inicialmente parecía algo inofensivo y mas bien benévolo para la población. El fundador del pueblo sostenía jocosamente que si no volvían a dormir pues mejor, porque de esa manera rendiría más la vida. Pero Visitación, que ya conocía de la enfermedad, les explicó que lo más terrible no era la imposibilidad de dormir sino su inexorable evolución hacia el olvido. 

Cuando la persona se acostumbraba a estar en vigilia se le empezaban a borrar los recuerdo desde la infancia como cuando le ingresa al computador un Troyano; luego, el nombre y la noción de las cosas y por último la identidad de las personas y la consciencia del propio ser hasta hundirse en un estado de idiotez sin pasado. 

José Arcadio Buendía juzgó que eso era superstición de la indígena, empero Úrsula si tomó la precaución de aislar a Rebeca de los niños y niñas. Debieron transcurrir cincuenta horas para que los integrantes de la familia Buendía dieran por hecho que ninguno dormía ante lo cual Úrsula, aplicando las enseñanzas de su madre, preparó un brebaje de acónito e hizo que todos los tomaron, pero los resultados fueron infructuosos, nadie se dormitaba. 

Construir la solución

Fue entonces cuando José Arcadio Buendía percibió que el pueblo estaba invadido por la peste y por fin reunió a todos los jefes de familia, para explicarles lo que sabía acerca de la enfermedad, y acordar medidas para que el contagio no se propagara en la región. Una de las primeras medidas que puso en escena fue quitarles, a los chivos, unas campanitas que cargaban y ponerlas, a la entrada de Macondo, a disposición de quienes desatendían las recomendaciones e insistían en ingresar al poblado. 

Todos los forasteros que deambulaban por las calles de Macondo debían hacer sonar la campanita, para que los enfermos supiesen que estaban sanos. Como la enfermedad entraba por la boca fue prohibido el consumo de bebidas y comidas. Tan eficaz fue la cuarentena, <<que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural , y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir>> (García M., 2007, p. 61).    

Aureliano Buendía fue el primer poblador en encontrar la formula para no olvidar. Un día, estaba buscando el yunque para trabajar y no recordó el nombre, entonces le preguntó a José Arcadio y él le dijo: <<tas>>. Aureliano escribió el nombre en un papelito y lo pegó en la base del yunque. Después no se acordó de lo hecho por lo difícil del nombre y fue cuando se percató de que no recordaba tampoco los nombres de los objetos del laboratorio. 

Entonces recurrió a marcar a cada cosa con su nombre y así se lo enseñó a José Arcadio, quien lo puso en práctica en la casa y luego en el pueblo. Con un pincel entintado marcaban las cosas con su respectivo nombre: mesa, silla, cacerola, cama, reloj, puerta, vaca, chivo, gallina, yuca. 

Dada la gravedad de lo que estaba ocurriendo José Arcadio fue precavido y optó porque cada cosa tuviera escrito, además del nombre, los rasgos y su utilidad por si algún día el olvido intentaba borrar todo. 

Fue así como, por ejemplo, a la vaca le colgaron un letrero que decía: <<Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche>> (García, 2007, p. 60).       

Bueno chicas, chicos, madres y padres, que el insomnio no los contagie, hay que dormir bien.

Nota. Les recuerdo consultar las siguientes obras: 

Camus, A. (1999). La peste. (FCE, Ed.). México.

Faciolince, H. (1997). Tratado de culinaria para mujeres tristes. (Alfaguara, Ed.) (Primera). Santafé de Bogotá.

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

Carta #14: Nos salvamos juntos o nos hundimos por separado

Queridas y queridos estudiantes, madres y padres de familia.

Por medio de esta misiva quiero declararles mi gratitud y admiración por la paciencia que han tenido. <<La paciencia es buena para la vista>> citamos en una carta aludiendo a José Saramago en el Ensayo sobre la ceguera, una obra que les he recomendado a todas y todos los estudiantes, padres de familia y docentes en esta cuarentena. 

Esa acción respondería parte de la pregunta de nuestra docente orientadora acerca de ¿qué deben aprender nuestros estudiantes en este tiempo de pandemia?, donde los expertos enuncian unas posibilidades con sus estimativos de morbilidad y mortalidad: peor posible, mal, drástica y mejor posible. De las cuatro, la última es la más conveniente y aún así no se descartan las víctimas mortales. La primera fue la que puso en práctica el reino Unido y fracasó. 

¿Qué experiencias de aprendizaje puedo aportarle yo como docente a los estudiantes para fortalecer sus capacidades? 

Las experiencias las ha puesto la humanidad a nuestro servicio, siendo el motor la ayuda mutua, la solidaridad y la cooperación. El discurso de las competencias, tanto en el mundo económico como en el campo educativo, perdió el respeto y la vigencia porque la realidad ha sobrepasado las ofertas de la ciencia y hasta de la imaginación. 

El remedio está en nuestras manos y en el comportamiento para que nos salvemos juntos o nos hundamos por separado. En esa dirección, procurar capacidades es la senda a seguir en El viaje familiar en tiempos de pandemia. ¿Cuáles capacidades se preguntarán los estudiantes y padres de familia? Siguiendo los aportes de una filósofa norteamericana (Nussbaum, 2012, p. 53) serían: La vida; la salud física y mental; la integridad personal y familiar; el manejo de las emociones; el uso de los sentidos, la imaginación, el pensamiento y razonamiento; la razón práctica, entendida como la diferenciación del bien; la afiliación, es decir, vivir con y para las otras y los otros incluidas las espacies vegetales, animales, minerales, el aire, el agua, el suelo, la biósfera; el control sobre el propio entorno político  y material, en términos de derechos.

Literatura y filosofía son dos dimensiones útiles para estudiantes, madres y padres de familia, docentes y comunidad en general en tiempos de pandemia, ahora que todo lo han vuelto política y economía. De la literatura universal y de la colombiana en particular hay mucho que aprender. 

Volviendo a Macondo, particularmente el proceder de Rebeca, es substancial destacar que esas niñas y esos niños que se resisten al dominio de los adultos, no tanto por capricho sino porque tienen sus motivos ocultos, son el crisol del proceso educativo. 

Tienen extraordinario valor como seres humanos, no obstante, a veces somos indiferentes, los subvaloramos, estigmatizamos y excluimos a cambio acercarnos, escucharlos y forjar acuerdos. Fue gracias a que Visitación vio a Rebeca en el mecedor, chupándose los dedos y con los ojos alumbrados como los de un gato en la obscuridad, que pudo descubrir la existencia de la peste del insomnio, esa enfermedad que desterró al indio Cataure y a su hermana Visitación del reino milenario en el cual eran príncipes (García, 2007, p. 56). 

Hasta una próxima chicuelos y chicuelas. 

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

Nussbaum, M. (2012). Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano. (Editorial). Bogotá Colombia.

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Nomos S.A, Ed.). Bogotá DC.

Undécima Carta: apelar a la paciencia en tiempos difíciles

Inolvidables estudiantes y padres de familia.

Más me demoré en mandarles la carta que en recibir mensajes por el WhatsApp diciéndome: <<¡Uy relájese profe, no se de garra con esas cartas tan largas>> << no nos la vaya a montar porque estamos en la mala, lo que nosotros queremos es su apoyo, sus palabras de aliento, porque déjeme decirle, hay profes que se están dando garra con esas tareas, tirándole el yugulazo a uno”>>. 

Bueno estimadas y estimados, no pensé que la lección de la guacamaya la pusieran en práctica tan prontamente. Eso me gusta y a cambio de molestarme, me alienta porque esos comentarios sirven para crecer: <<Lo más difícil de enseñar es dejar aprender>> decía un eminente filósofo alemán llamado Martín Heidegger. Ahora bien, luego de compartir estos puntos de vista, les tengo otra buena noticia: ¡me ha llegado otra carta al correo! Es una carta que llama mucho la atención, porque es de la madre de un egresado del colegio y de uno de mis díscolos estudiantes. Esta vez no lloré, quedé asombrada por la manera como esta progenitora relaciona los hechos diacrónicamente, es decir, el presente con el pasado.

Ella comienza la epístola relatando el comportamiento de un médico que es conducido a un antiguo manicomio porque una epidemia de ceguera invade a la población donde habita, lo llaman el o mal blanco porque todo lo ven blanco incluidos los semáforos. A ese galeno, al igual que a la profe de su hijo, le brotan las lágrimas y le corren en cristales por sus mejillas al escuchar a los pacientes que están siendo infectados por el mal blanco, sin poder hacer nada, porque nadie sabe qué es, quién lo produce y menos cómo afrontarlo, a diferencia nuestra que lo sabemos todo tal como lo dijimos en la Quinta carta: “Sabemos cuál es el mal y cuál es el remedio” y que el remedio principal está en nuestras manos.  

 La señora madre de mi educando, además de contar este episodio y de hacer la similitud con el lloriqueo de la profe, se puso en la tarea de indagar qué hicieron en ese país para impedir el contagio, para tratar ciegos, contagiados y para impedir la mortalidad. ¿Para qué hace Ella todo esto? Lo hace para avizorar de qué manera los colombianos y el mundo no sale tan mal librado de la pandemia de la Covid-19. ¡Excelente iniciativa! y buen ejemplo a seguir. La madre admirable se aferra de una verdad de Perogrullo coreada por uno de los enfermos de la ceguera: <<el peor ciego es el que no quiere ver>> (Saramago, 1995, p. 398) y dice que le quedó sonando mucho una frase que leyó en la Segunda carta aludiendo a uno de los sentimientos: <<el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña>>    

Cuenta la señora que el gobierno encomendó a los ministros de atender el brote epidémico del mal blanco y nombró a una Comisión para encargarse del aislamiento, el transporte y auxilios a los ciegos propiamente dichos y de los contaminados. La Comisión recomendó que se echara mano de un manicomio que estaba en desuso, unas instalaciones militares, la feria y un hipermercado. La Feria y el hipermercado fueron descartados, la primera porque al ministro de Industria le disgustaba la iniciativa y el segundo tampoco porque exigía trámites legales engorrosos.

El primero en ser internado en el manicomio fue el médico y su esposa. ¿Recuerdan que en la Novena carta hablamos de un <<impaciente médico que no podía recuperar la visión>>? Estamos hablando del mismo médico, de ese ser humano que lloró al no poder hacer nada por sus pacientes, tal como lloró la locura cuando hirió al amor y tampoco pudo recuperarle la vista al amor, o como lloró la profe al recibir la carta de su estudiante. Las lágrimas exteriorizan dolor, aunque en ocasiones se llora de alegría de felicidad, porque la alegría es la felicidad según el filosofo pesimista Arthur Schopenhauer.

Con este médico oftalmólogo– relata la señora- con su esposa, con el niño estrábico, con viejo de la venda negra y con la chica de las gafas oscuras quien dijo que “la paciencia es buena para la vista”; con ellas y ellos, severamente aislados, empezó la cuarenta sin la esperanza de salir del manicomio hasta que se descubriera la cura para la enfermedad. Entre las principales instrucciones destaca la madre de familia en su relato:

<<Las luces debían permanecer encendidas y era inútil intentar encenderlas porque los interruptores no funcionaban. La persona que se retirara del manicomio sin autorización podía morir en el acto, en cada sala había un teléfono que solo se podía usar para pedir reposición de productos higiénicos y aseo, cada persona debía lavar su ropa. Entre todos debían elegir a un responsable de sala. Tres veces al día les llevaban cajas de comida que se dejaban a la entrada de cada puerta para cada uno de los ciegos y contagiados. Todos los residuos se debía quemar teniendo el cuidado de no causar incendio, y  en caso de que hubiera un incendio fortuito o provocado los bomberos no intervendrían. Si alguna persona que sufra dolencias o agresiones no contaba con ayuda externa. Si uno de los enfermos o contagiados moría, debían enterrarlo adentro del manicomio. La persona contagiada que quedara ciega debía pasar al lado de los ciegos inmediatamente. Y, como si todas estas normas no fuesen suficientes, todos los días, a una misma hora, el ministro les repetía esta cantaleta>>     

No podemos controlar la pandemia y debemos recordar que es inútil sufrir por lo incontroloable, lo que podemos controlar es la manera en la que hacemos frente a esta difícil situación y para ello, como dice la madre de mi estudiante, la paciencia es nuestra aliada.

Nos veremos peladas y pelados.

Nota. Les recuerdo volver a leer a: 

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Nomos S.A, Ed.). Bogotá DC.

Sexta carta: es posible el viaje familiar en confinamiento

Admirados, admiradas estudiantes, padres y madres de familia.

Tal como lo anuncié (aquí pueden acceder a la quinta carta), la sexta carta también se ocupa de las condiciones que caracterizan el viaje familiar en tiempos de pandemia en dos situaciones específicas a saber:

1.     Ya les pasó a otras personas, aprendamos de ellas.

La sabiduría está en aprender de la experiencia de los demás

Adagio popular

reza un adagio popular. En China murieron miles de personas y gracias a las autopsias que los médicos hicieron a los muertos se logró conocer qué daños causaba el Coronavid -19 y en qué partes del cuerpo. Igualmente estudiaron todo el proceso desde que ingresa al cuerpo hasta que mata a la persona y con base en ese conocimiento es que nos han indicado qué hacer. Como leerán más adelante, el virus entra en contacto con la célula, hace que ella lea algo y repita aquello que lee y, además, que le copie muchas veces, y finalmente se destruya por lo que ha leído y repetido.

Hasta ahora no hay una vacuna como la hubo para la viruela, el sarampión, la rubeola, la influenza, entre otras enfermedades, pero está el remedio más barato que es la prevención con los cuidados enunciados. Sin vacuna y sin cuidados la mortalidad parece incontrolable, pero sin vacunas y con cuidados coexistiremos con los virus controlando la mortalidad y la morbilidad.

Las autopsias de los médicos también nos advierten que las personas más débiles ante el virus son los ancianos, aunque las y los más jóvenes no están fuera de riesgo. Por esa razón se requiere cuidar de manera especial a las personas mayores de 60 años, pero esto no quiere decir que haya personas de otros grupos poblacionales exentas, pues es el sistema inmune es el juez definitivo en el nivel de riesgo. 

2.     Esta no es la primera ni será la última vez que habrá pandemia o epidemias. 

La viruela, el sarampión, el tifo, la peste, la rubeola, la tuberculosis, la influenza, el SIDA y el cáncer (Sontag, 2003), el dengue, el Ébola, la malaria, la fiebre amarilla, el insomnio y la peste del olvido en Macondo (Ospina, 2001), la locura de la venganza, la ignorancia de nosotros  mismos que nos hace incapaces de resistir a la dependencia, a la depredación y al saqueo y otras enfermedades que han atacado a la humanidad… y la humanidad sigue su rumbo, no se ha dejado destruir. El mundo ya ha pasado por esto y lo ha sobrellevado, la ciencias de la salud han avanzado e incluso han eliminado algunas de la faz de la tierra, como la viruela de la cual pueden compartir relatos los abuelos.    

Cierro esta carta coligiendo que hasta acá nuestro equipaje está bien aforado con trajes que nos dan protección de las inclemencias del viaje, a lucir sentimientos, inteligencia, emociones y capacidades, a airear nuestras emociones negativas para desintoxicarnos y seguir adelante en el viaje familiar en tiempos de pandemia.

En adelante los contenidos de las cartas se ocuparán del acercamiento de ustedes: estudiantes y padres de familia con experiencias narradas en textos literarios como Cien años de soledad, La peste, el Ensayo sobre la ceguera, el Decamerón, entre otros, porque de lo que se trata es que comprendamos el por qué son tan potentes las pandemias y el cómo salir de ellas sin pagar altos costos económicos, sociales y sobre todo en vidas humanas.    

Hasta pronto chicas y chicos.

Aquí pueden acceder a la séptima carta

Recuerden consultar: 

Ospina, W. (2001). Colombia en el planeta. (Imprenta departamental de Antioquia, Ed.), Gobernación de Antioquia. Medellín.

Sontag, S. (2003). La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. (S. L. Suma de Letras, Ed.). Madrid España.

Primera carta: a cuidarnos y ayudar a cuidar.

Hola niña, hola niño, hola joven, hola mamá, hola papá:

Buenos días, tardes o noches (según leas esta carta)

Soy la profe Esperanza. He estado pensando mucho en cada una, cada uno de ustedes y en algunos momentos del día me pongo a imaginar cómo transcurren los minutos, las horas, los días de cuarentena para mis estudiantes y sus familias. Es un tiempo muy corto si lo relacionamos con una centena de días, con medio año, o con un año de aislamiento social.

Eso en el tiempo…. en el espacio podríamos imaginarnos un viaje de Bogotá a Ibagué, un viaje para el cual necesitamos cerca de 6 horas montados en un bus, a la velocidad permitida y haciendo las paradas reglamentarias. –¡Uf, seis horas es mucho tiempo profe! me dirá cualquiera de ustedes, pero en verdad es poco si lo comparamos con un viaje a Cartagena, en el que requerimos cuatro veces más tiempo, es decir, un día completo, o un viaje a Quito (Ecuador), o a Santiago de Chile en bus.

Y ahora que hablo de días viene a mi memoria uno de los relatos de El Principito, ¿si se acuerdan de ese inquieto personaje que decía que “lo esencial es invisible a los ojos”? ¿O sea que la esencia de lo material y de lo mental no lo pueden ver nuestros ojos? Lo dejo ahí para que lo piensen y dialoguen como familia, porque lo que quiero decir, volviendo al viaje a Ibagué la ciudad musical y a Cartagena la ciudad heroica, es que El Principito decía que Él pertenecía al quinto planeta “el planeta raro y pequeño, donde solamente se pueden alojar el farol y el farolero, donde cada minuto nace un día y donde se presentan mil cuatrocientas cuarenta puestas al sol al día” (Saint-Exuspery, 2001).

Nosotras y nosotros somos terrícolas, pertenecemos a un planeta hermoso que tiene alrededor de 7.500 millones de habitantes de los cuales Colombia aporta apenas el 1,5% de ese universo poblacional. Acá, en nuestro territorio, los días son de 24 horas, 60 minutos componen una hora y no 1.440 puestas al sol o días como en el planeta raro de El Principito. Si viviéramos en el planeta raro donde mora El Principito, la cuarentena o los 19 días de aislamiento social equivaldrían a 16.360 días, es decir que mas de 44 años y medio de nuestra existencia la pasaríamos encerrados para evitar el contagio con el Coronavirus. Afortunadamente son apenas 40 días, eso sí acatando las recomendaciones que nos hacen, porque si no cumplimos entonces ahí si no será veintena sino cuarentena, es decir el doble de tiempo.

Como lo pueden percibir, el asunto no es tan complicado, se requiere voluntad para hacerlo, “querer es poder” dicen muchas personas. Si queremos todo nos saldrá bien: volveremos a la escuela y al colegio, nos saludaremos con las palmas de las manos y con el puño como hace unas semanas, los abrazos volverán a ser nuestra expresión física de afecto, las actividades laborales y escolares retornarán a su cotidianidad, las personas mayores dejarán de estar en riesgo de muerte, seguiremos hidratándonos, cuidando nuestra salud y sobre todo valorando nuestra vida y la de las demás personas, las plantas, los animales, la naturaleza y todas aquellas cosas que nos parecían insignificantes como bañarnos las manos bien.

Como lo verán en algunas de las cartas que les estaré enviando, esta no es la primera vez que a la humanidad le ocurre esta situación de pandemia, tampoco será la última, de ahí la importancia de valorar esta experiencia. Ojalá escribirla para que cuando vuelva a ocurrir le contemos a la gente cómo la afrontamos. Nosotros no lo sabemos, estamos aprendiendo de los demás países y también de la historia. Sin duda, es la primera vez que nos pasa una situación tan grave y dolorosa en la que, si no nos cuidamos y no ayudamos a cuidar a los demás, muchos serán las perdidas materiales y en vidas humanas.

Con mucho cariño su profe Esperanza.

 

José Israel González Blanco

Nota. Para ampliar el mensaje sobre El principito pueden buscar el libro en internet con la siguiente referencia:

Saint-Exuspery, A. de. (2001). El principito. (E. Salamandra, Ed.). Bogotá.