Carta #14: Nos salvamos juntos o nos hundimos por separado

Queridas y queridos estudiantes, madres y padres de familia.

Por medio de esta misiva quiero declararles mi gratitud y admiración por la paciencia que han tenido. <<La paciencia es buena para la vista>> citamos en una carta aludiendo a José Saramago en el Ensayo sobre la ceguera, una obra que les he recomendado a todas y todos los estudiantes, padres de familia y docentes en esta cuarentena. 

Esa acción respondería parte de la pregunta de nuestra docente orientadora acerca de ¿qué deben aprender nuestros estudiantes en este tiempo de pandemia?, donde los expertos enuncian unas posibilidades con sus estimativos de morbilidad y mortalidad: peor posible, mal, drástica y mejor posible. De las cuatro, la última es la más conveniente y aún así no se descartan las víctimas mortales. La primera fue la que puso en práctica el reino Unido y fracasó. 

¿Qué experiencias de aprendizaje puedo aportarle yo como docente a los estudiantes para fortalecer sus capacidades? 

Las experiencias las ha puesto la humanidad a nuestro servicio, siendo el motor la ayuda mutua, la solidaridad y la cooperación. El discurso de las competencias, tanto en el mundo económico como en el campo educativo, perdió el respeto y la vigencia porque la realidad ha sobrepasado las ofertas de la ciencia y hasta de la imaginación. 

El remedio está en nuestras manos y en el comportamiento para que nos salvemos juntos o nos hundamos por separado. En esa dirección, procurar capacidades es la senda a seguir en El viaje familiar en tiempos de pandemia. ¿Cuáles capacidades se preguntarán los estudiantes y padres de familia? Siguiendo los aportes de una filósofa norteamericana (Nussbaum, 2012, p. 53) serían: La vida; la salud física y mental; la integridad personal y familiar; el manejo de las emociones; el uso de los sentidos, la imaginación, el pensamiento y razonamiento; la razón práctica, entendida como la diferenciación del bien; la afiliación, es decir, vivir con y para las otras y los otros incluidas las espacies vegetales, animales, minerales, el aire, el agua, el suelo, la biósfera; el control sobre el propio entorno político  y material, en términos de derechos.

Literatura y filosofía son dos dimensiones útiles para estudiantes, madres y padres de familia, docentes y comunidad en general en tiempos de pandemia, ahora que todo lo han vuelto política y economía. De la literatura universal y de la colombiana en particular hay mucho que aprender. 

Volviendo a Macondo, particularmente el proceder de Rebeca, es substancial destacar que esas niñas y esos niños que se resisten al dominio de los adultos, no tanto por capricho sino porque tienen sus motivos ocultos, son el crisol del proceso educativo. 

Tienen extraordinario valor como seres humanos, no obstante, a veces somos indiferentes, los subvaloramos, estigmatizamos y excluimos a cambio acercarnos, escucharlos y forjar acuerdos. Fue gracias a que Visitación vio a Rebeca en el mecedor, chupándose los dedos y con los ojos alumbrados como los de un gato en la obscuridad, que pudo descubrir la existencia de la peste del insomnio, esa enfermedad que desterró al indio Cataure y a su hermana Visitación del reino milenario en el cual eran príncipes (García, 2007, p. 56). 

Hasta una próxima chicuelos y chicuelas. 

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

Nussbaum, M. (2012). Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano. (Editorial). Bogotá Colombia.

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Nomos S.A, Ed.). Bogotá DC.

Undécima Carta: apelar a la paciencia en tiempos difíciles

Inolvidables estudiantes y padres de familia.

Más me demoré en mandarles la carta que en recibir mensajes por el WhatsApp diciéndome: <<¡Uy relájese profe, no se de garra con esas cartas tan largas>> << no nos la vaya a montar porque estamos en la mala, lo que nosotros queremos es su apoyo, sus palabras de aliento, porque déjeme decirle, hay profes que se están dando garra con esas tareas, tirándole el yugulazo a uno”>>. 

Bueno estimadas y estimados, no pensé que la lección de la guacamaya la pusieran en práctica tan prontamente. Eso me gusta y a cambio de molestarme, me alienta porque esos comentarios sirven para crecer: <<Lo más difícil de enseñar es dejar aprender>> decía un eminente filósofo alemán llamado Martín Heidegger. Ahora bien, luego de compartir estos puntos de vista, les tengo otra buena noticia: ¡me ha llegado otra carta al correo! Es una carta que llama mucho la atención, porque es de la madre de un egresado del colegio y de uno de mis díscolos estudiantes. Esta vez no lloré, quedé asombrada por la manera como esta progenitora relaciona los hechos diacrónicamente, es decir, el presente con el pasado.

Ella comienza la epístola relatando el comportamiento de un médico que es conducido a un antiguo manicomio porque una epidemia de ceguera invade a la población donde habita, lo llaman el o mal blanco porque todo lo ven blanco incluidos los semáforos. A ese galeno, al igual que a la profe de su hijo, le brotan las lágrimas y le corren en cristales por sus mejillas al escuchar a los pacientes que están siendo infectados por el mal blanco, sin poder hacer nada, porque nadie sabe qué es, quién lo produce y menos cómo afrontarlo, a diferencia nuestra que lo sabemos todo tal como lo dijimos en la Quinta carta: “Sabemos cuál es el mal y cuál es el remedio” y que el remedio principal está en nuestras manos.  

 La señora madre de mi educando, además de contar este episodio y de hacer la similitud con el lloriqueo de la profe, se puso en la tarea de indagar qué hicieron en ese país para impedir el contagio, para tratar ciegos, contagiados y para impedir la mortalidad. ¿Para qué hace Ella todo esto? Lo hace para avizorar de qué manera los colombianos y el mundo no sale tan mal librado de la pandemia de la Covid-19. ¡Excelente iniciativa! y buen ejemplo a seguir. La madre admirable se aferra de una verdad de Perogrullo coreada por uno de los enfermos de la ceguera: <<el peor ciego es el que no quiere ver>> (Saramago, 1995, p. 398) y dice que le quedó sonando mucho una frase que leyó en la Segunda carta aludiendo a uno de los sentimientos: <<el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña>>    

Cuenta la señora que el gobierno encomendó a los ministros de atender el brote epidémico del mal blanco y nombró a una Comisión para encargarse del aislamiento, el transporte y auxilios a los ciegos propiamente dichos y de los contaminados. La Comisión recomendó que se echara mano de un manicomio que estaba en desuso, unas instalaciones militares, la feria y un hipermercado. La Feria y el hipermercado fueron descartados, la primera porque al ministro de Industria le disgustaba la iniciativa y el segundo tampoco porque exigía trámites legales engorrosos.

El primero en ser internado en el manicomio fue el médico y su esposa. ¿Recuerdan que en la Novena carta hablamos de un <<impaciente médico que no podía recuperar la visión>>? Estamos hablando del mismo médico, de ese ser humano que lloró al no poder hacer nada por sus pacientes, tal como lloró la locura cuando hirió al amor y tampoco pudo recuperarle la vista al amor, o como lloró la profe al recibir la carta de su estudiante. Las lágrimas exteriorizan dolor, aunque en ocasiones se llora de alegría de felicidad, porque la alegría es la felicidad según el filosofo pesimista Arthur Schopenhauer.

Con este médico oftalmólogo– relata la señora- con su esposa, con el niño estrábico, con viejo de la venda negra y con la chica de las gafas oscuras quien dijo que “la paciencia es buena para la vista”; con ellas y ellos, severamente aislados, empezó la cuarenta sin la esperanza de salir del manicomio hasta que se descubriera la cura para la enfermedad. Entre las principales instrucciones destaca la madre de familia en su relato:

<<Las luces debían permanecer encendidas y era inútil intentar encenderlas porque los interruptores no funcionaban. La persona que se retirara del manicomio sin autorización podía morir en el acto, en cada sala había un teléfono que solo se podía usar para pedir reposición de productos higiénicos y aseo, cada persona debía lavar su ropa. Entre todos debían elegir a un responsable de sala. Tres veces al día les llevaban cajas de comida que se dejaban a la entrada de cada puerta para cada uno de los ciegos y contagiados. Todos los residuos se debía quemar teniendo el cuidado de no causar incendio, y  en caso de que hubiera un incendio fortuito o provocado los bomberos no intervendrían. Si alguna persona que sufra dolencias o agresiones no contaba con ayuda externa. Si uno de los enfermos o contagiados moría, debían enterrarlo adentro del manicomio. La persona contagiada que quedara ciega debía pasar al lado de los ciegos inmediatamente. Y, como si todas estas normas no fuesen suficientes, todos los días, a una misma hora, el ministro les repetía esta cantaleta>>     

No podemos controlar la pandemia y debemos recordar que es inútil sufrir por lo incontroloable, lo que podemos controlar es la manera en la que hacemos frente a esta difícil situación y para ello, como dice la madre de mi estudiante, la paciencia es nuestra aliada.

Nos veremos peladas y pelados.

Nota. Les recuerdo volver a leer a: 

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Nomos S.A, Ed.). Bogotá DC.

Décima carta: Del SI y el NO a los matices, la potencia de conversar.

Admiradas y admirados estudiantes, madres y padres de familia.Espero que al recibir esta carta la paciencia y la videncia sean las compañeras de El viaje familiar en tiempos de pandemia, pues, a decir verdad, todas y todos estamos en la mala. Pero, como ya lo leyeron en la Quinta carta: La situación es grave, pero tiene solución y en estos momentos hasta las fábulas nos auxilian con enseñanzas prácticas.

Es por esta razón que, además de la lección que nos da el quinteto de tortugas en cuanto al respeto de los ritmos, la forma de asumir las situaciones con serenidad y firmeza, quiero compartir con cada una, cada uno de los estudiantes, madres y padres de familia un ejemplo de convivencia en el que lo decisivo es la organización y el respeto. Sobre el respeto son bastantes los pasajes que recorrimos y las vivencias que hemos tenido en el aula de clase, empero, quiero enfatizarlo:

Respeto significa tomar en serio el pensamiento del otro y de la otra: discutir, debatir con él o ella sin agredir, sin violentar, sin ofender, sin intimidar, sin desacreditar su punto de vista, sin aprovechar los errores que cometa o los malos ejemplos que presente; respeto es esforzarnos por comprender por qué piensa así, evaluar el grado de acuerdo que tenemos y posicionarnos desde nuestros pensamiento propio (Zuleta, 1997)       

En cierta ocasión se reunieron los animales para tratar asuntos graves de interés general para todo el reino animal. Era algo así como un simposio, una constituyente o la reunión del Consejo estudiantil, nada que ver en todo caso con una cuarentena.

El constituyente primario o pueblo soberano -es decir, todos los animales representados en él- eligió sus dignatarios, dándole la presidencia al rey jaguar más por una costumbre política ancestral que por méritos del jaguar.
 
Antes de iniciar la sesión se suscitó un alboroto porque faltaba al animal humano, entonces el presidente puso sobre el tapete esta pregunta: "¿se invita o no al animal humano?"

La asamblea se dividió en dos: unos por el SI, otros por el NO. El jaguar presidente rugió: “hablen primero los del SÍ”.

Se subió al podio una hormiga y dijo: “El humano es inteligente, ha construido cosas que nosotros no hemos podido edificar; ilumina y calienta su vivienda con energía eléctrica, mientras nosotras vivimos en socavones oscuros y fríos. Refrigera y conserva sus alimentos, construye puentes y túneles que acortan distancias, por consiguiente, debemos invitar al animal humano”.

A continuación, cantó un turpial y se expreso así: “nosotros creíamos tener la voz, pero el humano nos superó. No es sino escuchar los dúos, tríos, óperas, conjuntos y orquestas para convencernos de la realidad. También deseo que se invite al animal humano”.

Enseguida la serpiente opinó: “el animal humano es esbelto y hermoso; tan erguido que mira de frente al cielo y desde la altura vuelve sus ojos hacia la tierra; no es como nosotras que nos arrastramos por el polvo, escondiéndonos de vergüenza ya que sólo inspiramos temor. Estoy de acuerdo, no podemos excluir al animal humano”.

Voló un águila, tomó el micrófono y afirmo: “nosotras junto con el cóndor somos del aire y del viento, pero un humano nos aventajó, construyó nidos volantes que llevan cientos de personas a alturas increíbles y a velocidades fantásticas, supersónicas. No se puede dejar a un lado al animal humano”.

Estando en estas, se acercó bramando un toro y con rabia mal disimulada se expreso así: “Estoy de acuerdo en que invitemos a este cobarde, porque a pesar de su osadía no es más que un cobarde. Reúne gente en un circo para que aplauda su valentía y en medio del licor, el colorido y los pasodobles vestido como un payaso se burla con jactancia de nosotros, y solo se nos acerca cuando ya estamos heridos y desangrados, para matarnos. Invitémoslo para que aprenda a respetar y se avergüence ante nosotros”.

Y en esta forma continuaron hablando, chillando, rugiendo y aullando mientras defendían la convivencia del SÍ a favor del animal humano.

Ahora corresponde el turno al NO”, rugió el jaguar.
 
Astuta y sagaz saltó una guacamaya, tomó el micrófono y gritó: "¡Por Dios, colegas! ¿Qué es lo que están proponiendo? ¿Se han vuelto brutos como los animales humanos? Me opongo rotundamente a invitar al animal humano a nuestras reuniones y para que no piensen que estoy parcializada o manipulada por el clientelismo y la corrupción, estos son mis motivos:
  1. El animal humano nunca ha podido vivir en paz. Si lo invitamos podrá desencadenar la guerra y nos hará pelear.
  2. Los animales humanos no respetan lo ajeno, acaban de firmar un acuerdo de Paz y el conflicto sigue; si se roban entre ellos mismos ¿qué harán con nosotros? A lo peor hasta terminarán eliminándonos como a los líderes sociales.
  3. El animal humano pocas veces dice la verdad y trata de engañarse y engañar a los demás por todos los medios a su disposición.
  4. No respeta las leyes, se excede, se embrutece, violenta a los demás, y hasta hace alarde de su maldad.
  5. Construye con esfuerzo casas y edificios, ciudades enteras y luego, en la guerra, con violencia explosiva, destruye las obras de sus propias manos.
  6. Se ataca con odio, con rabia, con locura; la venganza entre ellos es cosa común, no respetan ni a sus hembras ni a sus crías.
  7. Nosotros buscamos lo necesario para vivir con modestia, pero ellos suspiran por acumular y acumular, no hay límites a su ambición, por eso no viven en paz y por eso los atacan los virus y bacterias.
  8. Y por último y es lo más grave, el humano no respeta a la mujer, es un macho que ejerce el patriarcado; además, el humano no respeta la vida, vicia el aire, contamina las fuentes de agua, ensucia las ciudades, arrasa los bosques e inclusive mata irresponsablemente plantas, insectos, peces, mamíferos y aves -de las que me gustan como las gallinas-, cosa execrable aún para el reino animal y vegetal. Por eso, repito, me opongo a que el animal humano se siente con nosotros y nos degrade con su presencia.

La guacamaya bajó del podio y un gran silencio se extendió por la región. Todos cambiaron de parecer, votaron por el NO y esta es la razón por la cual jamás los animales nos invitan a sus reuniones.

Luego de este fenomenal relato, cierro la epístola teniendo claro que podemos salir delante de esta pandemia pero tenemos que cuestionar y reflexionar sobre lo que como humanos hacemos y erramos, así que no desfalleceremos. Y que el mensaje de cambio de actitud que nos mandan los animales hay que acatarlo, tomarlo en serio, porque en verdad son muchos los daños que como humanidad le hemos causado a la naturaleza.

Hasta pronto estimadas y estimados,

Con cariño,

Su profe Esperanza

Nota. Les recuerdo volver a leer a: 

Zuleta, E. (1996). Lógica y crítica. Lecciones de filosofía. (U. del Valle, Ed.). Calí.

Zuleta, E. (1997). La Educación un Campo de Combate. (Fundación Estanislao Zuleta, Ed.). Cali.

Novena carta: Estamos perdiendo la esperanza ¿qué podemos hacer?

Apreciados estudiantes, madres y padres de familia. (accede a la octava carta aquí)

Después de haber saboreado el dulce y el amargo del mensaje escrito por el estudiante me dispongo a la escribir la novena misiva, pero antes de que las ondas del pensamiento me notifiquen esas voces tiernas, frescas y sinceras, que están en algún lugar del país: <<¿cómo así dulce?>> y <<¿por qué amargo Profe?>> Hay un sabor dulce que embelesa y un trago amargo que me alarma.

El primero es el reconocimiento que hace el chico a la labor docente; el segundo, las condiciones adversas en que se hallan los educandos al tener cerrada literalmente la institución educativa, la soledad, los conflictos que genera el encierro y la manera en que los resuelven cuando dominan el aburrimiento, la intriga, la curiosidad, la duda, la euforia, el entusiasmo, la apatía, la antipatía, el poder, la soberbia, la cobardía, la pereza, la envidia, el hambre, la lucha por los espacios y tiempos, el egoísmo y el cansancio, como lo dejaba entrever El Principito en la Primera carta

En todo caso dulce y amargo son compatibles en el paladar, eso sí más el dulce que la amargura. En tal sentido, la generosidad, la belleza, la fe, la libertad y el triunfo son los mejores aliados. Para ilustrar un poco este llamado de atención, comparto la escena protagonizada por cinco tortugas alrededor de un abrelatas (Da Silva, 1993), cuya cardinal enseñanza es que <<no es grande el que siempre triunfa sino el que jamás se desalienta>>.  

Las tortugas tienen un mensaje

A la vera del camino están sentadas tres jóvenes tortugas con ochocientos años cada una; una tortuga vieja con mil doscientos años y una tortuga todavía muy pequeña con ochenta y cinco años. Como les decía, las cinco tortugas están sentadas y aún sostengo que ellas están realmente sentadas. Veinticinco años después del comienzo de esta historia la tortuga vieja abrió la boca y dijo: <<¿Qué tal si hacemos alguna cosa para romper la monotonía de esta vida?>> <<Formidable>> dijo la tortuga más joven, doce años después, y propuso:<< vamos a hacer un picnic>>. 

Veinticinco años después, las tortugas decidieron hacer el picnic. Cuarenta años más tarde, habiendo comprado algunas docenas de latas de sardinas y varias decenas de refrescos, partieron. Ochenta años demoraron en llegar a un lugar más o menos apropiado para el picnic.

<<¡Ah– dijo la tortuguita, ocho años después- este lugar está excelente!>>

Necesitaron siete años para ponerse de acuerdo todas las tortuguitas. Pasaron quince años y rápidamente arreglaron todos los menesteres para el picnic. Pero aunque suena inverosímil, tres años después, se dieron cuenta de que faltaba el abrelatas para las sardinas. Luego de 20 años de discusión llegaron a la conclusión de que la tortuga más joven debía ir a conseguir el abrelatas; obviamente, la razón no era por la vulnerabilidad de las tortugas adultas mayores ante la Covid-19.

<<Está bien -dijo la tortuguita tres años después- yo voy si me prometen que no van a tocar nada en mi ausencia>>. Trascurridos dos años las tortugas aceptaron que no tocarían nada, ni el pan ni los dulces. Entonces la tortuguita se fue por el abrelatas. Pasaron cincuenta años y la tortuguita nada que llegaba; no obstante, las otras continuaron esperando.

Transcurrieron siete años y nada, nueve años y nada. Al final una de las tortugas mayores murmuró: <<Se está demorando demasiado, ¿vamos a comer alguna cosa mientras viene?>> Dos años después las otras se negaron. Y esperaron diecisiete años más. Entonces otra tortuga dijo: <<Tengo mucha hambre, vamos a comer sólo un pedacito de dulce, que ella ni lo notará>>. Las otras tortugas dudaron un tiempo. Quince años más tarde pensaron que deberían esperar a la otra. 

Así pasó un siglo. Al final la tortuga mas vieja no pudo más y expresó: <<Bueno, vamos a comer solo unos dulcecitos mientras viene>> (imaginen qué pasó). Como un rayo cayeron las tortugas seis meses después. Y justamente cuando iban a morder el dulce oyeron un ruido en la mata que estaba detrás de ellas, pues era la tortuga más joven que hacía su aparición.  <<Ahhhh, murmuró- yo sabía, yo sabía, que ustedes no cumplirían lo prometido y por eso me quedé escondida detrás del árbol. Ahora no voy a buscar el abrelatas y listo>> 

Y colorín colorado este cuento aún no ha terminado, porque la lección que nos deja es que debemos untarnos todos los días de una loción muy apetecida que se llama: paciencia.

La paciencia es la clave

Paciencia deriva de paz, ese bien y derecho tan anhelado por los colombianos y por el mundo, que empieza por casa. <<La paciencia es buena para la vista (Saramago, 1995, p. 398)>> le dijo la chica de las gafas oscuras al impaciente médico que no podía recuperar la visión sobrevenida por una epidemia de ceguera, en un mundo que <<está lleno de ciegos vivos>> y en el que el pensamiento es cóncavo, convexo, plano, vertical, aplanado y la ceguera voluntaria.

¡Con paciencia! vamos lentos, como las tortugas, con los ojos abiertos porque la pandemia no es de ceguera sino de necro política, vayamos con la seguridad de que, así como los enfermos de ceguera recuperaron la visión luego de un tiempo de encierro en un manicomio, nosotros recuperaremos nuestro modus operandi, nuestros días de clase, nuestros encuentros, incluso el sueño de otra educación, de otros gobernantes, de un país y un mundo para los humanos y no para el capitalismo. Somos grandes y lo seguiremos siendo porque jamás nos desalentamos.              

Mis pupilas y pupilos: ¡nos veremos!

Nota. Les recuerdo consultar las siguientes lecturas:

Da Silva, E. (1993). Lectura y ciudadanía: Derrumbando los simulacros de la alienación. Primer Congreso Nacional de LecturaMemorias, 19.

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Nomos S.A, Ed.). Bogotá DC.

Séptima Carta: ¿Para qué sirven las y los docentes en tiempos de pandemia?

Estimadas niñas, estimados niños, jóvenes, madres y padres de familia.

Antes de comenzar esta misiva déjenme cometerles que cuando abrí el computador para escribir este mensaje me encontré con una gran sorpresa: el texto de una carta elaborada por uno de mis estudiantes remitida a mi correo electrónico. En verdad quedé muy confundida inicialmente, porque no esperaba esa maravillosa sorpresa, creía que las cartas las hacía era la profe. Algunos de esos sentimientos que jugaron bajo la dirección de la locura, consignados en la segunda carta, se avivaron, sobre todo la curiosidad, la generosidad, el deseo y el amor. Fue tanta la fogosidad espiritual que releí la carta, porque recordé esa recomendación de Jorge Luis Borges, aquel gran escritor invidente, para quien que releer es más importante que leer, salvo que, para releer, se necesita haber leído”.

Pero la lectura y relectura se vieron interrumpida varias veces por el empañamiento ocasionado por las incontenibles lagrimas que inexplicablemente brotaban de mis ojos y corrían como cristales por las laderas de mis mejillas. Lloraba como cuando enterré a mi abnegada madre, a mi ingenioso padre, a mi entrañable hijo y como cuando nos hemos encontrado y despido con mi admirable hija en varios aeropuertos del mundo. Acrecenté la ingesta de agua tibia soslayando el secamiento de la boca, los nudos en la garganta y así impidiendo la absorción de esa molécula que no se mata con antibiótico ni con bactericida, sino que se desintegra con agua caliente a temperatura superior a 50 grados y se previene bañándonos las manos con abundante agua y jabón, a mas tardar cada dos horas, usando tapabocas y manteniendo la distancia recomendada.

¡Qué dramática la profe! dirán los estudiantes y padres de familia ¡Tan bobita ponerse a llorar por eso!, asentirán algunos estudiantes. Y no faltará el varón que diga: “las mujeres lloran por todo”. Digan lo que digan, su profe Esperanza gimió y lloró no porque esa fuera la intención del emisor, ni por ser mujer, sino porque el cálido y sentido mensaje elaborado por mi educando desencadenó esa fuerte e inocultable emoción.

Con lo ocurrido, El viaje familiar en tiempos de pandemia, registra un acontecimiento educativo inesperado, en este Gran Día del Maestro y de la Maestra, que nos mueve, que nos sacude y nos incita a comprender varias cosas: la primera, que en la relación entre educandos y educadores ninguno es pasivo, tanto el primero como el segundo somos activos. Así el emisor esté distante del receptor y el canal sea un artefacto tecnológico como la internet, porque educar no es trasmitir, la educación no es un problema similar al de dar de comer a un hambriento, pues en este caso el asunto sería muy sencillo decía Estanislao Zuleta, un pensador colombiano, autodidacta, quien a temprana edad abandonó la escuela porque las interminables horas de clase no le dejaban tiempo para el estudio. Para Él el problema fundamental de la educación es combatir la ignorancia y “el verdadero problema es hacer salir a alguien de una indigestión para que pueda tener apetito”. (Vallejo, n.d.). Llorar es un acto que exterioriza y libera emociones indigestadas y despierta el apetito en cualquier ser humano sin distingo de género, ni edad ni circunstancia.

La segunda reflexión, antes de darles a conocer la carta con el consentimiento informado por mi estudiante y sus progenitores, evoca un pasaje de Umberto Eco, a propósito de la realidad virtual, en el que un estudiante le pregunta a aún quincuagenario docente: “Perdone, pero en la época de internet, ¿usted para qué sirve?” El autor de El nombre de la Rosa, sostiene que el Internet le dice casi todo al estudiante, “salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información”, y lo más importante, que un buen profesor puede enseñar a comparar, a verificar y a relacionar sistemáticamente nociones, conceptos, valores y a tener un sentido crítico basado en el conocimiento y puntualiza:

“Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera. Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí, desde la época de la civilización mesopotámica, y no en Groenlandia, es algo que sólo lo puede decir la escuela”. (Eco, 2016)

Hasta pronto chicas y chicos y los dejo con la carta anunciada.

Nota. Les recuerdo consultar a:

  • Eco, U. (2016). De la estupidez a la locura. (Penguin Random House Grupo Editorial S.A.U, Ed.). Bogotá DC.
  • Vallejo, J. (n.d.). Estanislao Zuleta, el habitante de la montaña. Caliartes, 3, 94–96.