Historia de un león que no glorifica al cazador. Pt. 4.

Historia de un león que no glorifica al cazador: el ingreso al magisterio y otros.

El ingreso al magisterio…

Fotocopia del diploma de Maestro

Otorgado el título de maestro y con la nostalgia en el hombro, porque ya la brújula mostraba otro Norte en el sentido de la vida del nuevo educador, y con un duelo sin elaborar por el abandono forzado de un grupo de adolescentes, con quienes compartimos muchas vicisitudes, departimos pasaderas alegrías, saboreamos las primeras cervezas, jugamos tejo y billar para celebrar las ganancias académicas y con quienes desafiamos la franja azul y roja de la política, para acceder a la amarilla, huelga decir a la izquierda, a través de la Unión Nacional de Oposición UNO, en un acto significativo cual fue pegar con engrudo, a altas horas de la noche, los carteles de ese movimiento, sobre los pañetes de las vetustas paredes, en cada uno de nuestros pueblos natales. 

Avenida principal de Sativanorte, Patria Chica del autor..

Con eso y con la ilusión de conseguir empleo en la Secretaría de educación de Boyacá, sin la ayuda de los politiqueros en los que confiaba mi padre, arriesgo la aventura de trabajar en el recién fundado colegio de San José de Pare, haciendo un reemplazo a una maestra de un colegio de Duitama, quien por fallas en el ejercicio de su quehacer fue traslada de manera discrecional. Ahí no se contaba todavía con el Estatuto Docente, hoy en proceso de marchitamiento…

La revuelta de los estudiantes de primero bachillerato

El colegio tenía 52 alumnos en grado primero de bachillerato, con edades oscilantes entre los 12 y los 17 años, provenientes del área rural la mayoría y del casco urbano la minoría. El rector era un presbítero, el profesor de danza un cabo de la policía, el juez enseñaba cívica y sociales, la secretaria del colegio estaba a cargo de la asignatura de contabilidad, el jefe de grupo asumió la Educación Física y el maestro en cuestión, cubría las demás áreas y asignatura, sin ninguna especialización disciplinar. El horario y el plan de estudios no escapaban a los cánones implementados por la Secretaría de Educación Pública de Boyacá (SEPB).

La forma de vinculación laboral no permitía obtener el salario sino meses después de culminada la licencia; por lo tanto, el maestro debía jugárselas para sobrevivir. Mi sobrevivencia contó con la benevolencia de padre rector quien, con el apoyo de su madre, posibilitó mi estadía en la casa parroquial, con el compromiso de pagar una vez recibiera los emolumentos.

Parque de  San José de Pare. Tomado de es.wikipedia.org

Pero como el naciente colegio era municipal, la junta directiva que auspiciaba su funcionamiento, cursó una propuesta al Concejo para inyectarle recursos, uno de ellos una asignación mensual para  el forastero educador. El cabildo debatió en varias sesiones la iniciativa sin los resultados esperados por la comunidad educativa, llegando a exacerbar los ánimos del medio centenar de estudiantes, frenesí que los conduce a tomarse el colegio, curiosamente, el Día del educador.

La conmemoración de esa solemne fecha, la primera en mi ejercicio, fue muy tensa, porque estuvo amenazada por un “canaso” que la alcaldesa tenía preparada para el novel maestro, como retaliación por la toma del colegio y por el choque de poderes entre las franjas roja de la alcaldía y azul del clero. ¡Casi me gano el segundo carcelazo!, porque los estudiantes, por primera vez en la historia de esa municipalidad,  subvirtieron el orden con una marcha enarbolada con letreros, hechos con tiza sobre cartones, tablas y en las paredes de las jardineras del parque. Los refuerzos de la policía proveniente de municipios cercanos no demoro en llegar para confrontar a la turba.

No alcanzaron a transcurrir 6 meses de grata estadía en el primer municipio panelero de Boyacá, cuando una soleada mañana el padre rector notificó mi suspensión en el ejercicio del magisterio, por mandato del jefe de Educación Media de la SEPB… La resistente maestra, a quien reemplazaba, agotó el tiempo y tuvo que ocupar su cargo en el colegio, para evitar la destitución… Con el corazón desgarrado, emprendo un nuevo éxodo, esta vez al Magdalena Medio, paraje poco  apetecido por los maestros, por el clima malsano, la violencia y la lejanía…

De paso por Otanche y Saboyá: La escuela rural.

Del paso por Otanche, adjunto el relato que se puede leer en el libro: Saboyá: Campesinos, violencia y Educación, editado por Códice en el año 2008 y cuya autoría es la de un maestro referente, quien fue artífice en la toma de muchas de mis decisiones en el campo educativo.

Mientras acceden al declarado texto, comparto con ustedes la primera preocupación que asaltó mi saber pedagógico obtenido en la Normal y que no distaba de la situación en la que vi desenvolverse a mi maestra de primero elemental: ¿Y cómo se hace para trabajar con tres cursos, con niños huérfanos de padre en un alto porcentaje, por efectos de la violencia política y literalmente sin cuadernos…si en la anexa se practicaba solamente con uno, en un salón de ladrillo, cemento y estuco, con unos pupitres individuales, con reglamento, con unos niños uniformados, de edades similares según los grados, con baños, bombillos, tablero, tiza, franelógrafo, libros de registro, sin machetes ceñidos a la cintura, sin sombreros, llegando a la hora indicada?…

Otanche me posibilitó enseñar con la cartilla Charry, el catecismo Astete , conocer las Guías Alemanas, una para cada grado, de colores distintos, con indicaciones generales para cada área, actividades y contenidos, para que el maestro desarrollara. El siguiente es el relato sobre la experiencia en Otanche.

Guías alemanas.

“Enclavada en el lomo de la cordillera Oriental, cerca de una quebrada cuyo referencia homenajea el nombre de una peligrosa serpiente de la región, colindando con una Serranía, la cual lleva un nombre que evoca el sexo masculino, distante en tiempo 8 horas a “macho tobillo” o “a lomo de mula” del casco urbano de Otanche, atravesada por un legendario camino de guaqueros y habitada por no más de 15 familias de colonos provenientes de los departamentos de Caldas, Antioquia, Cundinamarca, del mismo Boyacá, se halla la vereda de Sábripa”.

Allí, en ese exótico lugar, hábitat de variedad de loros, pequeños tigrillos, escalofriantes serpientes, sosegados Güios, hipnotizadores cocuyos, ponzoñosas arañas, aguijoneantes zancudos, hostigantes mosquitos, apetitosos marsupiales y ratas de campo, la exuberante flora y palmas de Cachipay, bajo los cuales crece el cafeto, el cacao y unas pocas plantas frutales, allá en ese pedacito de Macondo, existió una escuela pública, institución que en el año 1977 albergó en su seno a un maestro, formado principalmente por los abuelos maternos, por las reverendas hermanas de la Presentación y del Rosario, por presbíteros parroquiales y por Radio Sutatenza.

La cartilla Charry

“La escuelita”, como cariñosamente le denominaban los educandos, antes de la llegada del relator de este texto, no contaba con educador, dado que hacía más de un año había partido a un lugar desconocido huyéndole al temor causado por una masacre contra 11 campesinos de la vereda, originada por el simple hecho de ir en la búsqueda del cadáver de otro de sus convecinos. El Comisario, angustiado porque un miembro de la vereda llevaba más de 5 cinco días perdido, convocó a varones mayores de edad para ir tras la búsqueda de su cadáver, pero su intencionalidad se convirtió en tragedia: de los doce exploradores solidarios, sólo sobrevivió uno: Don Lucio, quien luego de tres días de permanecer parapetado en unos rastrojos de un pasto nominado gordana, logró retornar a su apesadumbrada morada para notificar a su prole y al vecindario de la luctuosa noticia. La situación se tornó tan espeluznante, que sólo después de 6 días el ejército y las autoridades judiciales incursionaron por aire y tierra al lugar para abordar el problema.

El tiempo pasó, los noticieros de radio y prensa registraron el fatídico acontecimiento, la escuela se quedó sin su maestra, las viudas subsistieron ante el desamparo de los esposos, los niños y niñas padecieron la orfandad de sus padres, los cultivos se marchitaron ante la ausencia de sus labradores, el temor se apoderó de los pocos habitantes que se resistían a desertar de sus parcelas, pero la vida y el universo no se detienen ente el disparate de los humanos. Aquí, contrario al relato de García Márquez, los muertos no se quedaron solos, se fueron y las viudas se quedaron con su prole, con su tierra, con la escuela, con el dolor y con los inolvidables recuerdos de sus consortes.

Casco urbano de Otanche. otanche.blogspot.com

Nuevamente los pobladores de la vereda, en este caso las mujeres, hoy denominadas “cabeza de familia”, se aferraron a la esperanza, recogieron las banderas de sus cónyuges, levantaron la autoestima de su progenie y siguieron adelante. Es así como recurrieron a la jefatura de grupo para solicitarle el envío nuevamente de un  profesor. Curiosamente, la Secretaría de Educación de Boyacá, en días anteriores había conseguido ubicar en la Escuela Cayetano Vásquez del municipio antes citado a un maestro, como recompensa por los servicios prestados durante 6 meses de interinidad ininterrumpida en el naciente colegio del también municipio boyacense de San José de Pare, Centro Educativo que ya cumplió sus Bodas de Plata.

La escuela, cuya denominación honra al famoso territorio Vásquez, lugar donde han brotado las esmeraldas más finas del mundo, territorio escindido por alguna divinidad en dos elevados cerros: Fura y Tena, garganta por donde circula el anchuroso río Minero, tierra de mucha fertilidad y prometedora de progreso, no dejó que este arriesgado maestro se estrenara como tal en la educación primaria, pues recientemente un Nissan Patrol, de propiedad de un minero, atiborrado de guaqueros y campesinos, había sido asaltado en cercanías a Coscuez, feneciendo 15 de sus ocupantes. Un nuevo éxodo se escribía en las páginas de la historia del Territorio Vásquez, esta vez al píe de la institución erigida en memoria del insigne personaje.

Esmeraldas de Coscuez. El Espectador

Paradójicamente, el siniestro de Coscuez, implícitamente devuelve la esperanza a los moradores de Sábripa. Así, entre calamidad y calamidad, sigue el periplo de un recién graduado maestro, ensamblado con el Modelo de Tecnología Educativa[1], por una psicopedagoga, licenciada en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia.

Una vez superada la inestabilidad en la ubicación del desventurado extraño, un grupo de campesinos arriba al casco urbano el sábado, con sus mulas cargadas de café y cacao. El jefe de grupo está expectante para darles la buena nueva. Uno de los campesinos lo contó en los siguientes términos: “les tengo una maravillosa noticia, tomémonos una y se la suelto. Miren, llegó un muchacho del interior nombrado para Cayetano Vázquez, pero allá no se puede dejar porque hay mucho peligro, entonces le dije que podía ir a Sábripa y no me dijo que no, porque él no se podía devolver para Tunja, porque conseguir una vacante por esos lados es difícil. Yo les pido el favor de que destinen una mula para que lo lleven, le den comidita porque apenas, si desayuna no almuerza ni come, allá lo tengo durmiendo en mi pieza, pero sobre unos periódicos, porque yo no tengo más camas… Ustedes verán”.

Actividad de los campesinos. Tomada de www.otanche-boyaca.gov.co

Entre cerveza y cerveza cuajó la conversación y efectivamente el día del Señor, a eso de las 9:30 partieron los campesinos loma arriba con su maestro. Fueron 8 horas sentado en una silla vieja, sin zamarros ni jáquima; pues estos aparejos no se requerían para avanzar en un camino quebrado, que parecía un sendero con escalinatas naturales apostadas a lo largo de la distancia. En el momento de pasar por la Serranía de las Quinchas, el cuerpo del andariego sintió un frío de nostalgia por la asignatura de Geografía de Primero de Bachillerato; pues allí, en una de las clases había aprehendido la existencia de ese accidente orográfico, pero nunca se imaginó conocerlo y menos ir a trabajar de manera cercana. También comprendió, que en los mapas los ríos no corren de para arriba, como lo señalaba el profesor con la varita, ni tampoco que los accidentes estaban acostados como lo indicaba el plano, eso no era otra cosa que analfabetismo geográfico y orográfico.

Pasado el meridiano, atravesamos la Serranía, circundada por la quebrada La Cobra. A esa hora el estómago bramaba del hambre, anunciando el inicio de la úlcera y cultivando el cuerpo para la amebiasis que a diario hace recordar la travesía por esa región. Agua no se podía ingerir porque, al decir de los campesinos, “hacía daño tomarla cruda”, debido a la intensidad de los minerales y la impureza de la misma. A eso de la hora nona fue divisada la escuela: una construcción de madera, cubierta con latas de zinc, en la mitad de un potrero donde pastaban tres vacas, con piso de tierra sobre el cual reposaban 6 bancas diseñadas por las personas de la vereda, con tabla de la misma jungla, sin ningún servicio público domiciliario, al igual que las pocas casas del contorno.

A los niños, les tocaba adentrarse en la selva para poder satisfacer necesidades fisiológicas, permitiéndole al viento, de esta manera, acariciar los glúteos de los huérfanos de padres y de los otros niños de Primero, Segundo y Tercero de Primaria. Luego de un vistazo rápido, la marcha continuó media hora más hasta llegar a la vivienda de don Lucio, anfitrión encomendado por el jefe de grupo.  En el tránsito por la región, la gente preguntaba por la presencia y  procedencia de ese forastero de cuerpo menudo, de cabeza rapada, con semblante de enfermo y con cara de aburrido. Los arrieros en voz baja y con sutileza comentaban que era el nuevo profesor. Las madres, viudas en su mayoría, daban paso a los preparativos para enviar el lunes a sus hijos al ritual de la escolarización. Los pequeños se secreteaban, no podían ocultar la alegría que les producía volver a la escuela y efectivamente, el lunes la casita de zinc y paredes de madera volvió a tener otra vida.

 El maestro, partero de un “saber docente”

Escuela rural de Sábripa en el pulmón de las selva.

Mientras una nueva forma de vida comenzaba para los pequeños y pequeñas de la vereda, una muerte súbita se anunciaba para el Normalista Superior. La primera pregunta que rondó la cabeza del maestro fue ¿Y cómo se hace para trabajar con tres cursos, si en la Normal enseñaban solamente con uno, en un salón de ladrillo, cemento y estuco, con unos pupitres individuales, con reglamento, con unos niños uniformados, de edades similares según los grados, con baños, bombillos, tablero, tiza, franelógrafo, libros de registro, sin machetes ceñidos a la cintura, sin sombreros, llegando a la hora que pueden  y literalmente sin cuadernos? Ahí empezó la muerte del modelo de la Tecnología Educativa y el Diseño Instruccional,  ropaje con el cual se cubrían las prácticas y se le daba colorido al discurso pedagógico implementado en la Normal de la Presentación de Soatá, dando paso al nacimiento de aquello que Elsie Rockwell[2] denominó saber docente, es decir, el quehacer cotidiano de los maestros y maestras diferente al discurso normativo de la pedagogía. Evocando a Berstein[3] podría leerse como la coexistencia de las pedagogías segmentadas, las del día a día, no las prefiguradas en la Educación Formal.

El contacto con una escuela, que a posteriori se parecería mucho al programa Escuela Nueva, que por cierto en ese año se inauguró en Colombia, ha posibilitado cuestionar el esquema de formación de maestros desde la Normal a la Universidad, llegando a colegir la presencia de una esquizofrenia educativa, porque las instituciones formadoras de maestros se han quedado en un discurso respecto a las tipología de los alumnos homogéneos, desconociendo en gran parte la cultura y las características sociales de los niños y niñas de cada región del país. ¿En cuál normal le han enseñado a los maestros a trabajar simultáneamente con tres grados? El referente sigue siendo EEUU y Europa, dejando a merced de nadie los escolares macondianos.

Otra de las actividades de la mujer campesina.

El contacto con Sábripa pone en cuestión la ingenuidad cultural y política en que se forma a los maestros y maestras colombianos, pues en ninguna de las clases ni en ninguna práctica, salvo alguna excepción, se le advierte al maestro la existencia de disimilitudes y adversidades como las encontradas en la vereda; pues allí, el almuerzo, por ejemplo, lo llevaba un estudiante luego de recorrer casi una hora para llegar a casa, media hora para engullir la ración y desarrollar una tarea agrícola y otra hora retornado al establecimiento. Pasado ese lapso, asomaba el escuelante con una chuspa envolviendo unas hojas que cubrían un plato ocupado con yuca, plátano cocido, ñame, carne y un tarro con agua café, ese era el almuerzo que todos los días dilapidaba el profesor.

La experiencia con Sábripa, incita también a interpelar el Derecho a la Educación, sobre todo en estos tiempos en los que el Modelo Neoliberal viene aniquilando las ganancias de la escuela expansiva de los años 70s y 80s, y la necesidad de formar unos docentes para unas tipologías de alumnos distintas a las de otrora, pues la influencia de la industrialización en la vida rural, la aculturación y la incidencia de la vida urbana, han creado nuevos estereotipos de educandos, merecedores de estudios serios por parte de quienes se dedican a la formación de maestros y maestras y de los mismos candidatos a ser docentes.

Vía de acceso a Otanche.ww.excelsio.net/2010

Vivir por más de un año en un lugar como el que se acaba de describir, superando inclemencias climatológicas, quebrantos de salud y reveses sociales; observando que la escuela estaba en medio del conflicto, porque los grupos armados cruzaban por allí y porque el mismo ejército tomaba su territorio para acampar, pernoctar y entrenar a su soldados; sintiendo que lo aprendido no respaldaba una práctica pedagógica acorde con las exigencias del medio; sometido a un régimen alimenticio, donde el desayuno era un plato colmado con 20 0 30 chontaduros extractados de la olla que servía para cocinarle a los cerdos, acompañado de una taza de caldo guisado con manteca sacada de “la gordana” de las reses, pero frita previamente y almacenada en un tarro, con un almuerzo tal como quedó enunciado, adhiriéndole la manipulación y contaminación,  viviendo en la misma sala con 3 adultos y 5 niños, sobre una estera en el piso; alejado de la cultura, pues allí solamente se sintonizaba una o dos emisoras por las características de la selva; pudiendo salir al pueblo cada dos o tres meses, por la  distancia y los peligros que el medio ofrecía; incomunicado de la familia, de los demás maestros y de las organizaciones sindicales, cooperativas, de las universidades y de la misma familia, arriesgando la vida por los caminos y carreteras sin más protección que la de su valentía y amor por la  profesión, convencido de que ir a guaquear a Peñas Blancas, Coscuez y Muzo acarreaba más pobreza que enriquecimiento, no son más que las vicisitudes y penurias que los maestros y maestras de un buen número de veredas tienen que sobrellevar en aras de hacer de Colombia un país menos pobre culturalmente, pues, al decir del profesor Yunnis[4], ese es uno de los problemas más acuciantes de Colombia junto con la incomunicación.

Este relato, invoca la presencia del poeta cuando nos dice que los maestros y maestras en medio del olvido, la ingratitud, la pobreza y la persecución “hacemos el más noble de los oficios: amasamos el futuro de la patria, al inclinarnos sobre los pequeños, como los panaderos sobre el trigo…”“Entender el mundo de los maestros, aparentemente pequeño, pero en realidad grande y lleno de ternura, es un deber y una necesidad de la nación entera… Todos estamos en deuda con los  maestros y si es verdad que aspiramos a hacer de Colombia una fuerza noble y equilibrada, tenemos que contar con ellos, en primera instancia, y  reconocer que es en sus manos, en donde nace el porvenir y empiezan a crecer  cosechas humanas”[5].

Programa curricular de los años 60-80

Llamaba la atención, que en ese municipio el único Normalista Superior que estaba laborando en el área rural era el autor de este escrito, y como regla general, por esa época, se debía priorizar al docente con mayor formación académica y experiencia; todavía no contábamos con el Estatuto Docente, los Normalistas Superiores salíamos de la Normal en grado 2° y el máximo era 3°. No obstante, el traslado para un lugar más cercano  no se materializó, hecho que motivó un viaje a la capital del departamento para solicitar traslado, toda vez que ya se presagiaban problemas de orden público que obligaban a migrar a otro maestro de esa escuela.

Efectivamente, la Secretaría de Educación ve con preocupación el problema y lo traslada ipso facto para el municipio de La Victoria, cercano a Otanche, no sin antes exigir el cumplimiento como jurado de una mesa de votación en esa semana y el visto bueno del alcalde militar. Las vacaciones fueron el pretexto legítimo para salir de la vereda, con el disgusto tácito y el irrebatible pesar de algunos campesinos, quienes veían como se esfumaba nuevamente su ilusión con la partida del profesor de sus  hijos, ilusión forjada un día de mercado, al calor de una conversación y bajo la degustación de un tequila. En boca de Borges dirían los labriegos: “después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre  sostener una mano y encadenar un alma; y uno aprende que el amor no significa acostarse y que una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender”.

Monte de Luz: un parto de “alto riesgo” 

Parque de Saboyá. diocesisdechiquinquira.org

El nuevo lugar no era una buena  garantía para el maestro, toda vez que las distancias se ampliaban, las condiciones ambientales en nada mejoraban, la superación de los problemas vividos en Sábripa no se visibilizaban, por tanto la alternativa fue recurrir de nuevo a la entidad nominadora para que estudiara la posibilidad del cambio inmediato de la Resolución. En esos tiempos, los guaqueros me habían enseñado a ser devoto de la Virgen de Chiquinquirá, ante quien intercedí para que se me concediera mi solicitud. Al decir de mi mamá, ferviente feligrés de  la Virgen, el traslado para Saboyá, que fue la última oferta, se dio gracias a un milagro de ella. El nombramiento correspondió a la vereda de Monte de Luz, allí encontré laborando a un maestro de Firavitoba, quien también había trabajado, en Muzo y su desarraigo obedeció a problemas de violencia, atentando contra su integridad física y su vida. Ese fue un buen pretexto para entablar una excelente relación de trabajo.

Monte de Luz, a diferencia de Sábripa y la Victoria, es una vereda fría, poblada por campesinos sencillos, laboriosos, en su gran mayoría liberales. Sus habitantes aludían mucho a la persona de Efraín González, quien por mucho tiempo se paseó por ese paraje simétrico a Cachovenado y adyacente a Puente Nacional, pues ese fue parte de su hábitat, recordaban con mucho pesar el levantamiento del  ferrocarril que comunicaba Chiquinquirá con Barbosa y tenía estación en Garavito, pero se sentían orgullosos de que su municipio tuviese tanta resonancia en el país y hasta en el Madison Square Garden, gracias a que Don Gregorio le regaló la cucharita  a Jorge Veloza en la vereda de Velandia, comarca contigua con Monte de Luz y espacio en el que conocí a Álvaro Laytón Cortés como maestro del colegio, con otras beneméritas profesoras y estimables profesores, que recuerdo con mucha gratitud por sus enseñanzas y actitudes benévolas.

Garavito, testigo del ascenso y descenso a la escuela. garavito-boyaca.com.co

La escuela de Monte de Luz está  conectada por una trocha carreteable que parte de Balconcitos, sitio en el que se une con la vía que de Bogotá comunica a Bucaramanga. Su estructura locativa, totalmente diferente a la descrita en el aparte anterior, la constituían cuatro casas disparejas, construidas en momentos disimiles, con materiales variados, dentro de las cuales era relevante la cocina y las habitaciones para los maestros, pues allí, al asomar el alba ya se contaba con el tinto, incluso para brindarle a los transeúntes que iban en la búsqueda de algún oficio en otros zonas del municipio.

A las 7 de la mañana, los maestros ya habíamos preparado y consumido el desayuno, para lo cual nos apoyábamos en las elípticas arepas de trigo y maíz tostado, en los cilíndricos y esponjosos “ajiacos”, bollos o envueltos, en el deliciosos y esférico queso, cuyo ritual de preparación demoraba más de una semana, en los productos vegetales y pecuarios, al igual que en el fogón de leña que conservaba la vetusta cocina y finalmente en la estufa a gasolina.

Usos diversos de la fuerza del buey por los campesinos.

Transcurrida la 8ª hora del día, los niños y niñas de primero a quinto ya debían estar con uno de los dos maestros en sendos salones recibiendo la instrucción, porque eso era lo que se consumaba a nombre de la educación. Antes del meridiano los alumnos se desplazaban a la casa a tomar el almuerzo, retornando a la 1 p.m. para reiniciar las clases y culminar felizmente a las 4 p.m. Ese rito acaecía entre el lunes y el viernes. Los sábados y domingos se dedicaban a las visitas domiciliarias, eventos en los cuales las gallinas y los huevos sufrían bajas significativas; se destinaban también al baño en la quebradas y a la pesca en el río Suárez, al lavado y planchado de la ropa, a la lectura  y redacción de epístolas dirigidas a los familiares y amigos, a mercar en el pueblo. No faltaba el momento dedicado al consumo de chirrinche, guarapo, cerveza y juego al tejo con vecinos y a veces con los mismos alumnos. Monte de Luz también engendró en la mente de sus maestros la inquietud por el Mapa Educativo y avizoró las esperanzas de una nueva carrera docente con el Estatuto, hoy en proceso de marchitamiento.

Generalmente, en el mes había dos motivos para salir hacia la cabecera municipal: el primero, ir a cobrar el salario en la Caja Agraria, suceso que consistía en firmar una nómina y recibir el dinero correspondiente al mes anterior; el segundo, la reunión de maestros con la jefe de grupo. Esta segunda actividad se dinamizaba en la escuela urbana y contaba con la presencia de todos los maestros, quienes presurosos corrían al lugar para exteriorizar el saludo, comentar avatares y vivencias escolares y familiares, a recibir el saludo del Secretario de Educación en boca de doña Inés Monsalve, a participar en la organización de actividades curriculares, a escuchar y discutir el informe sindical y cooperativo, casi siempre rendido por “el flaco”, un hombre de alto de cuerpo, de cabellos largos y claros, con una barba rala y una retórica convincente, seria, estudiosa y llena de sabiduría. Se trataba de un gran dirigente sindical como logró demostrarlo ulteriormente en la Directiva de SINDIMAESTROS y como lo ha testimoniado durante varias décadas.

En una casa vecina, similar a esta, funcionaba la UPTC nocturna.

Una rutina como la comentada, no era un buen tranquilizante para quien escribe este relato. Fue así como desafió el esquema y se vinculó a la UPTC, Seccional Chiquinquirá, en la carrera de Ciencias Sociales, para lo cual recorría todos los días, desde las 5 a.m. hasta las 4 p.m.  La ruta Garavito-Chiquinquirá (en bus) por un tiempo de 30 minutos y otro tanto caminado hasta la escuela. Ello por supuesto despertó sospechas, indujo vilipendios, motivó acusaciones y llamados de atención por los campesinos, puso en  crisis al otro maestro, pero como lo explicita el profesor Gutiérrez Girardot, citando a José Luis Romero[6], las crisis no son la culminación de un proceso, como siempre se piensa, sino “los momentos, en que empieza a imponerse algo nuevo en la sociedad”[7]. Y efectivamente algo nuevo empezó a imponerse en la mente del maestro inaugurado en Sábripa.

En la Universidad accede, además del conocimiento del hombre desde la historia y la antropología, a la compañía de eminentes maestros catedráticos y a la ayuda  de una comitiva de colegas con quienes se forjaron muchos ideales. La participación en el Comité Estudiantil, cuya bandera de lucha fue la construcción de la sede de  la Universidad y la plasmación del Bienestar Estudiantil; la constitución del Comité Regional de Educadores de Occidente, el viaje a municipios de la región, unas veces a entregar informes sindicales y otras a motivar la vinculación de bachilleres a la seccional; la intervención en la tertulias y grupos de estudio de maestros de la Universidad y de la educación formal en general, al igual que la puesta en público del periódico mural “El Alacrán” en las instalaciones de la UPTC, el cambio de los vicios de la “bebeta” consuetudinaria y los juegos de azar” por la lectura y incursión en espacios hasta ahora vedados para el hijo de unos campesinos Sativeños, por las secuelas de la educación bancaria y por la misma pobreza cultural, epistemológica y política, potenciaron en la corporalidad y mentalidad de este maestro el cultivo de nuevos aprendizajes y la afirmación de una disciplina de trabajo y estudio, que hoy le permite comunicarse sin tantas dificultades con los demás congéneres tal como se intenta confirmar en este documento.

El tránsito por la UPTC auscultó una nueva partida de este mortal, hacia la capital del país como maestro de primaria y en pocos meses como estudiante de la Universidad Nacional de Colombia.

Álvaro Laitón, Nacy Martínez y José Israel lanzando el libro: Saboyá… 

Desde aquel histórico día en que conozco “al Flaco”, a Jaime Rodríguez, Víctor Raúl Rojas, José Valbuena, Pacho Burbano, Armando Acuña, Gustavo Montañéz, Nelly Buitrago, Gladys Martín, Alberto González, Javier Guerrero, Edilberto Fagua, Consuelo Murcia y a un sinnúmero de amigos, cuyos nombres no se alcanzan a poner aquí, pero que a diario se remembran, la práctica pedagógica y política de éste, su alumno, se transforma y empieza a transmutar escenarios locales, regionales y hasta de la vida nacional.

De estos MAESTROS, pero principalmente de Álvaro, hay que decir, que es uno de los colombianos que ha sabido sobreponerse a los tres grandes males que echaron a perder a Macondo: la fiebre del insomnio, el huracán de las guerras, la hojarasca de la compañía bananera. Vale decir, parodiando a William Ospina, a la peste del olvido, a la locura de la venganza y a la ignorancia de nosotros mismos que nos ha hecho incapaces de resistir a la dependencia, a la depredación y al saqueo. “El flaco”, como cariñosamente le dice este educador, parece no haber perdido la memoria, no parece haberse extraviado en su territorio, como esos personajes de Rivera a los que se tragó la selva, y parece no haber perdido la confianza en sí mismo, pues siempre nos hace creer la existencia aquí de una singularidad, de grandes fortalezas genuinas para dialogar con el mundo. Álvaro sabe al igual que el mundo y a veces mejor que Colombia misma, que el país está lleno de originalidad y de lenguajes vigorosos; pero es necesario que Colombia lo sepa también y por eso se pone en ese peliagudo compromiso de escribir otro texto. Si Colombia lo supiera, el autor del libro se ahorraría el arduo trabajo de la escritura como lo pensaba Deleuze.

Corrámosle  el cerrojo a este relato, probablemente latoso para quienes se han tomado el trabajo de leerlo, reiterando, de una parte,  que quien lo ha elaborado no es maestro de nadie sino discípulo de todos aquellos maestros y maestras que han tenido la paciencia, la entereza y la diligencia de dejar que este hombre aprenda, porque “lo más difícil de enseñar -como lo decía el filósofo- es dejar aprender”; y de otra, indicando, que con un libro o con un relato o con unas palabras no salvamos el mundo, tal como lo revelaban los nadaístas.

Efectivamente, no tenemos la fórmula para salvar a la humanidad. Ni siquiera para salvarnos nosotros, pero pensamos que el mundo no es mundo para dejarlo ser de cualquier manera, sino para hacerlo nuestro mundo, a imagen de nuestros sueños, de nuestros deseos. Esfuerzos como los de Álvaro para editar y ponernos a leer, además de impedir que el mundo siga de cualquier manera y hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza, deja como enseñanza, que con el tiempo nos damos cuenta que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible, pero más difícil aún si se deja escrita únicamente en el viento, porque allí las pueden derrochar los pájaros, pues ellos están llamados a ser las flores del aire y estas últimas, los besos de la naturaleza, en fin -como dijese Cortázar[8], “esta Geografía ha sido objeto de otra interpretación” al sostener que las hormigas -esos insectos pululantes en Sábripa-  “son las verdaderas reinas de la creación”.

Relatos de Efraísn González, por Álvaro Laitón C

Y de esta experiencia se aprende, que hasta el calor quema. “Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores, pues las flores son pájaros del aire, que permanecen en los árboles, porque éstos no atan sino que ofrecen, mientras que los humanos atamos, de ahí las ataduras en la travesía de los maestros, aludidas por el profesor Martínez Boom.

En todo caso, la experiencia entre Sábripa y Bogotá, indica que por el camino uno se encuentra con “El hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire./ El que agradece que en la tierra haya música./ El que descubre con placer una etimología./ Dos empleados que en un café del Sur juegan en silencio ajedrez./ El ceramista que premedita un color y una forma./ El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada./ Un hombre y una mujer que leen los tercetos finales de cierto canto./ El que acaricia a un animal dormido./ El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho./ El que agradece que en la tierra haya Stevenson./ El que prefiere que los otros tengan razón./”

El campesino que gorjea con la pica, el arado, la guadaña y la macana./ Las mujeres que trajinan en la cocina, el lavadero, la calle, en la compañía y la crianza./ El indígena que lucha por defender la madre tierra./ Los maestros y maestras que “hacemos el más noble de los oficios: amasamos el futuro de la patria, al inclinarnos sobre los pequeños, como los panaderos sobre el trigo./ “Esas personas que se ignoran, – asevera Borges- están salvando el mundo”. El mundo lo hacemos día a día los justos, los anónimos, los nadies, apelando al discurso de Eduardo Galeano; los hijos de los pobres y de desempleados, de los más 5 millones de colombianos y colombianas desplazados por al violencia, los trabajadores y nuestros hijos, los campesinos, campesinas, los indígenas, los negros, los integrantes de las 104 etnias colombianas, los y las que viven en casas humildes, pero que sus mentes pueden ser  palacios, tal como lo expresó un día el geronto de las Cenizas de Ángela, en una escuela de Irlanda, donde el maestro es un partero de ilusiones.” [9]

Vía que conduce a Bogotá DC.

Nota: Este relato ha sido tomado de: LAITÓN CORTÉS, Álvaro (2008). Saboyá: Campesinos, violencia y educación. Bogotá DC, editorial Códice, págs. 176-190. Fue un artículo que el autor quiso generosamente  incluir en su libro y lo he puesto tal cual, incluso en un estilo de narrativa diferente a los anteriores.

Algunas fuentes documentales.

BERNSTEIN, Basil. La construcción social del discurso pedagógico. Bogotá: CORPRODIC. 1990

CASTRO SAAVEDRA, Carlos (1993). Los maestros. En: Literatura Infantil -Didáctica- Santa Fe de Bogotá: USTA.

CORTÁZAR, Julio (1995). Historia de cronopios y de famas. Barcelona: Editorial EDHASA.

GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael (1998). Insistencias. Santafé de Bogotá, Editorial Ariel S.A.

LAITÓN CORTÉS, Álvaro (2008). Saboyá: Campesinos, violencia y educación. Bogotá DC, editorial Códice.

MARTÍNEZ B. et al, Alberto (1994). Currículo y Modernización. Cuatro décadas de educación en Colombia. Bogotá: Foro Nacional por Colombia.

ROCKWELL, Elsie. (1986) “La relevancia de la Etnografía para la transformación de la escuela” En: Tercer seminario de Investigación en Educación. Bogotá DE: ICFES-UPN.

YUNIS TURBAY, Emilio (2004). ¿Por qué somos así? Bogotá DC: Temis.

ROMERO, José Luis (1999). Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Medellín: Universidad de Antioquia.

[1] Para recordar los contenidos de este Modelo léanse, entre otros investigadores: MARTÍNEZ B. et al, Alberto. Currículo y Modernización. Cuatro décadas de educación en Colombia. Bogotá: Foro Nacional por Colombia, 1994.

[2] ROCKWELL, Elsie. (1986) “La relevancia de la Etnografía para la transformación de la escuela” En: Tercer seminario de Investigación en Educación. Bogotá DE: ICFES-UPN.

[3] BERNSTEIN, Basil. La construcción social del discurso pedagógico. Bogotá: CORPRODIC. 1990 p.p 68-69

[4] YUNIS TURBAY, Emilio. ¿Por qué somos así? Bogotá DC: Temis, 2004

[5] CASTRO SAAVEDRA, Carlos. Los maestros. En: Literatura Infantil -Didáctica- Santa Fe de Bogotá: USTA.  1993  p.499.

[6] ROMERO, José Luis. Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Medellín: Universidad de Antioquia, 1999.

[7] GUTIÉRREZ GIRARDOT, Rafael. Insistencias. Santafé de Bogotá, Editorial Ariel S.A. 1998, p. 264  

[8] CORTÁZAR, Julio. Historia de cronopios y de famas. Barcelona: Editorial EDHASA,

[9] Relato elaborado por: José Israel González Blanco. Educador de Saboyá y actualmente del colegio Distrital Nuevo Horizonte, Bogotá. Normalista Superior, Pedagogo Reeducador, Trabajador Social de la Universidad. Nacional de Colombia. Bogotá DC, junio de 2004.

José Israel González Blanco, Bogotá DC,febrero 17 de 2013

 

 

 

sdfsdf

Historia de un león que no glorifica al cazador. Pt. 3.

Historia de un león que no glorifica al cazador: De prisa por el bachillerato y la Normal… 

Carretera que comunica a Sativanorte con Satrivasur. A la vera el colegio.

Carretera que comunica a Sativanorte con Satrivasur. A la vera el colegio.

…En el año 1970 fue creado el Colegio de Varones Senén Arenas, en homenaje a un prestigioso médico del municipio, de filiación conservadora, quien sobrevivió, a mediados del siglo XX, a los ataques de los campesinos liberales pobres, gracias a la custodia  de coterráneos conservadores pobres, quienes defendían los colores rojo y azul respectivamente. La planta física estaba localizada a 30 minutos de la cabecera municipal. Inicia con primero bachillerato. La matricula costaba $20 y la pensión mensual $10. Los profesores, licenciados en su mayoría, llegaron nombrados por la Secretaría de Educación de Boyacá y el rector era el profesor de la Escuela Urbana, amigo de la milicia…Allá ya no nos “sacaba la leche”, porque a todos nos tocaba caminar aproximadamente una hora hasta el pueblo, para almorzar y luego retornar a la vereda de La Chapa, por la carretera destapada, bajo el esplendoroso sol propagado en el valle del Chicamocha y a veces azotados por los torrenciales aguaceros.

El profesor de inglés era el síndico del hospital, un hombre culto, padre de un afamado médico residente actualmente en Bogotá, dueño del único Club del poblado y familiar cercano al patricio Senén Arenas. Las clases ya tenían su particularidad cual era, que cada profesor dictaba según su especialidad. El horario estaba acordado de 8 am A 5 pm, los sábados asistíamos a lavar los baños y el piso del colegio, porque las tareas de aseo recaían en los estudiantes…Ahí, en el año 1972 participamos en el primer paro indefinido del magisterio, bloqueando con piedras la trocha carreteable, por la que pasaba el único bus que transportaba los pasajeros de Sátiva a Duitama, el camión lechero y el bus de turno que trajinaba con los obreros de Acerías Paz de Río…

Colegio de departamental Senén Arenas, antes colegio de señoritas.Colegio de departamental Senén Arenas, antes colegio de señoritas.

Dos años después de su creación, la Secretaría de Educación fusiona el Senén Arenas con el colegio de señoritas, dado en comodato y regentado por las hermanas Dominicas Terciarias, y también donado por Arenas. El cambio fue muy drástico, sobre todo, porque imperaba el orden de las monjas y porque no fue muy fácil la interacción entre niños y niñas. “El orden conduce a Dios” era el lema de la rectora. No obstante, ahí culminé la Educación Básica en el grado 4º de Bachillerato, junto a otros 8 educandos, con innumerables aventuras, una de ellas el trago amargo de no poder ingresar a clase, por precepto de las hermanas Dominicas, a causa de que mi madre, algunos meses, humanamente no pudo pagar a tiempo los $10 de pensión…El trabajo agrícola los sábados y el cuidado de cerdos, vacunos y ovinos fue una labor obligada, para poder “merecer” el estudio.
No aguanto las ganas de manifestar, antes de ponerle el cerrojo al capítulo de la educación en Sátiva, que en 1973, año en el que el DANE realizaba el Censo Nacional, el magisterio afrontaba una huelga contra un nefasto Estatuto docente. FECODE emplazó a las bases sindicales a no entregar los formularios…Nosotros, los estudiantes del Colegio Departamental de Nuestra Señora del Rosario de Sativanorte, fuimos enterados por dos profesores, pero a ellos les pudo el miedo mientras que a los estudiantes nos sobró valor… y fue tanto el coraje que nos negamos a entregar la información, siendo conducidos al calabozo, por dictamen del alcalde, padre de uno de los líderes estudiantiles…72 horas duramos en prisión…nos visitó mucha gente, hasta las monjas insistieron en mediar, porque de lo contrario nos expulsarían del colegio…para nuestros padres, esa fue una afrenta con la nación, por ser desobedientes y maleducados…pese a las presiones, cumplimos con nuestra protesta hasta que la Federación notificó al país del levantamiento del paro, derrotando las pretensiones del Ministerio de Educación…

Placas de la cripta de Senén Arenas y del colegio Mixto del Rosario.

En 4º de bachillerato se enseñaba la Anatomía Humana, una materia que asustaba, porque los contenidos giraban alrededor del cuerpo humano, pero lo más álgido era acceder al tema sobre el aparato reproductor masculino y femenino… fue una asignatura tabú. También estaba la geometría, su eje medular, los teoremas, algo bastante complicado de comprender, enseñado por la hermana rectora…el Español fue una asignatura sumamente difícil, debido a que la columna vertebral estaba en las conjugaciones de los verbos y para completar la enseñaba el sacerdote, clérigo  que detonó la motivación por la lectura, la escritura y la importancia de hablar en público…nos obligaba a hacerlo mediante discursos, sainetes, foros y los Centros Literarios.  Él nos calificaba las lecturas de las misas todos los domingos… Las Olimpiadas fueron una innovación en el municipio, pero no partieron de la iniciativa del colegio, sino de la decisión de los empleados de la Caja Agraria, el médico y el juez…

El tiempo transcurría felizmente dentro de las calamidades anotadas…llega el mes de noviembre y mi padre debe definir la continuidad o discontinuidad de mis estudios. En el primer caso, la opción era la carrera militar, la Policía o la Normal; en el segundo, continuar en las labores  agrícolas o conseguir empleo en una dulcería en Bogotá…después de muchas ingestas de guarapo, güeta, chirrinche y cerveza, de mi progenitor, con sus más cercanos amigos, la balanza se inclina hacia la Normal, eso sí luego prometerle lo divino y lo humano, es decir, ser obediente, no perder el año, ayudar en las labores pecuarias, domésticas y retribuir los virtuales gastos en la educación de mis dos hermanos menores…

Muestra de la agricultura y del forraje donde se realizaba parte del trabajo.

A finales de noviembre de 1974, un ex compañero del colegio, estudiante de la Escuela Normal de Varones de Tunja, luego alumno de la UPTC, después alcalde popular (2000-2003) y finalmente silenciado por las balas de la subversión, aún en el ejercicio de su cargo, me inscribe en ese plantel para presentar el examen de admisión… días más tarde efectúo la prueba mediante el test de Kuber, un ejercicio raro, porque en los años de primaria y bachillerato las pruebas explicitas fueron las previas y los exámenes orales, apoyados con una alta sobredosis de oración…

El día de mi cumpleaños participo en la convocatoria realizada por la Normal de Soatá, para ingreso a la misma, obteniendo una calificación de 98 entre 1 y 100 puntos…Aunque las dos ensayos fueron superados satisfactoriamente, mi papá optó por la segunda, dado que veía mejores dividendos, por la cercanía a la casa y por la autoridad que le imbuían las religiosas, garantizando de esa manera el control y el uso de mi fuerza de trabajo en las actividades pecuarias, cada fin de semana…

Puerta de ingreso a la Normas de la Presentación de Soatá.

La Normal estaba regentada por las monjas de la Presentación, quienes apoyaban su administración en una cooperativa. Tenía una escuela anexa para hacer las prácticas, una jornada nocturna en la que se realizaba el programa de alfabetización implementado por el MEN, la Educación Básica y el ciclo de la Normal que principiaba en 5º y cerraba en 6º, con el título de Maestro… Dos grupos de Quinto y dos de Sexto con no más de 6 hombres en total, hubo en aquel entonces. Cada quimestre se presentaban exámenes y en caso de deficiencias en las calificaciones, sobre todo en la práctica, el cupo se perdía…De esa manera tuve que despedirme de muchos compañeros, unos rumbo a su hogar y otros a continuar estudios en colegios circunvecinos.

La mayoría de los docentes eran reverendas, solamente el profesor de Química, el de Física y el de Educación Física eran hombres. El primero venía del Instituto Técnico industrial de Boavita, dirigido por sacerdotes, el segundo procedía del colegio Departamental de Tipacoque y el último de Bogotá, contratados por la Cooperativa…La maestra de Fundamentos y Técnicas era licenciada en Psicopedagogía de la UPTC, una joven educadora altamente exigente, que no dudó en colocarme planas de escritura y no titubeó en impedirme, varias veces, el acceso a la prácticas en la anexa.

Las prácticas de la Normal evocaron mucho mis vivencias en la escuela rural y en la escuela urbana de mi patria chica. Eso, ligado a las enseñanzas de la profesora de Fundamentos y Técnicas, potenció la vocación de ser maestro. Igualmente, la actitud de los dos maestros de primaria y la del profesor de Español de 4º bachillerato, un sacerdote cultor de la lengua materna, quien inspiró en este mortal el sentido de la lectura, la argumentación y la escritura, pese a que hasta ahí era un pésimo lector- claro que todavía lo sigo siendo- …ni mi extinto padre, quien solamente fue un año a la escuela elemental, soportaba mi deletreo…Siempre me decía, ¿Y para qué lo tengo en la escuela? ¡Alma bendita de ese irremplazable líder comunal!…

Madre, padre y abuela materna en la cripta. Sativanorte.

Así, siendo mal lector y haciendo planas de escritura en un cuaderno ferrocarril, fui uno de los pocos estudiantes que presentó el ICFES en las instalaciones de la UPTC, una prueba que nunca supe para qué servía, entre otras razones porque no la exigían las universidades.

El Nevado de El Cocuy visto desde la carretera Central del Norte (Arbolsolo), vía a través de la cual se comunica Sativanorte con Soatá y con la capital de Boyacá.

José Israel González Blanco.

 

Historia de un león que no glorifica al cazador. Pt. 2.

Historia de un león que no glorifica al cazador: de la escuela rural a la escuela urbana de varones.

De la escuela rural a la escuela urbana de varones

La escuela de el batán, año 1964

El ingreso a la escuela era a los 7 años, edad en la que según los eruditos del sentido común, empezaba “el uso de razón”. La vereda que me vio nacer tenía una profesora para tres cursos, un tablero de madera color negro, tiza, almohadilla, un salón amplio hecho en adobe, con techo de caña brava, pañetado con muñiga de caballo y tierra y pintado con cal. El piso era de listón, ventanas de vidrio y una sola puerta de madera. Los alrededores estaban demarcados con árboles de eucaliptus, una cerca de piedra y el camino real. No había preescolar ni en el campo ni en el casco urbano.

Mis compañeros de primero vestían pantalones de dril de variados colores y con múltiples remiendos, alpargatas de tela, botas de caucho, camisa de manga larga y franela de bayetilla, terciaban su ruana y lucían el sombrero de paja o de pasta, para proteger la cabeza del sol y del aguacero. Las niñas siempre cubrían su cuerpo con falda y blusa, algunas usaban la ropa de las hermanas mayores. Calzaban sus píes con alpargatas o con zapatos de caucho, de su cabeza, también cubierta con un sombreo, adornado con plumas de gallineta y pavo real, descendían los moños tejidos en forma de crineja por las mamás, colgaban en su espalda o en el hombro el carriel con los útiles escolares, que no eran otra cosa que un cuaderno Cardenal de 100 hojas, el lápiz, los colores, la cartilla Charry y el catecismo…Pero no todos poseían los útiles ni todos calzaban sus píes, hubo quienes concurrían descalzos y prácticamente con el mismo traje de lunes hasta el sábado al medio día, cuando terminaba la semana escolar.

Rostro actual de la escuela. Inicialmente (1960) contó con la construcción que se ve al fondo.

Los de segundo y tercero vestían de manera análoga. Las clases iniciaban a las 8 de la mañana, hora en la que la profesora hacía sonar un cacho de res. Todos sabíamos que el sonido era la voz de la normalista rural, quien se paraba en un mojón de arena en la cabecera del corredor grande, para dar esa orden militar que todavía se oye en los patios de algunos colegios: “a discreción, atención, firmes”. Cada curso organizaba una fila india alternando niños y niñas. Ahí, todos firmes entonábamos el himno Nacional… en seguida a discreción, tarareábamos la oración matutina: “Esclarece la Aurora del bello cielo…” y, para completar, se rezaba el rosario, finiquitando con la persignación.

Culminada la ceremonia inaugural, se llevaba a cabo el ingreso al aula, un salón cuyo aseo era hecho al finalizar el día, por los alumnos, de acuerdo con el orden de lista, ayudados con ramas de hayuelo…Dentro del salón nos esperaban unas bancas de madera, largas y altas en las que acomodaba la profesora entre 6 y 8 niños. Generalmente la primera clase para los 18 niños de primero era de matemáticas, la profesora pasaba por los puestos y con un lápiz rojo imprimía un chulito en la hoja, luego explicaba el tema en el tablero y copiaba ejercicios para que los desarrolláramos, mientras ella dictaba las clases en segundo y tercero. El niño que iba terminando los ejercicios corría a donde estaba la educadora, para que le revisara y le diera el veredicto. Si todo estaba bien, el niño sacaba la cartilla Charry y se ponía a leer la lección que correspondía para ese día y a pasar los dibujos al único cuaderno que cargábamos en la chácara de fique, urdida en el telar de Don Sagrario.

A las 10 era el recreo. Todos presurosos desfilábamos a la finca de Don Polo, a refrescar los Tunacones con la urea expelida por los orines de los niños varones. Para las niñas y para quienes no querían que sus glúteos fuesen acariciados por las bajas temperaturas del aire andino, hacían fila para ingresar a una letrina o al pozo séptico. Cumplido este ritual retornábamos al patio sin cementar y cada niño sacaba del bolsillo el avío o la merienda, que en algunos casos era un mendrugo de arepa derivado de los granos de trigo Pelirroja Pardito o Colnariño, trillaos en la era de la casa, un bollo de mazorca, en otros, un pedazo de panela con una boruga de queso, había quienes llevaban harina de maíz tostado; no faltaba el niño que cargaba en un frasquito una porción de guarapo y lo ingería a escondidas, bajo su gabán de lana.

Las fronteras de la escuela.

Las medias nueves y las onces eran compartidas junto con cuentos y noticias del vecindario. La ingesta no demoraba mucho, porque el tiempo se prefería para jugar al Soldado libertador, las pichas, al botellón, al trompo, a la coca, al yoyo y quienes no portaban esos juguetes o no querían participar en los juegos de carreas, entonces trepaban en los árboles del entorno,  accedían a construir carros con piedras, palos, tusas y a recrearse con ellos en las carretas ingeniadas por los mismos estudiantes. No faltaban quienes siguiendo el ejemplo de los adultos, organizaban equipos de tejo, bolo y turra, apostando una cerveza dulce, imitando a los mayores.

 

 

Fisionomía actual de la escuela.

Media hora después volvía a sonar el cuerno para revelar el ingreso al salón. Casi siempre después del descanso un curso se quedaba en Educación Física, con el esposo de la profesora, un hombre que dedicaba el tiempo a cuidarla y en ocasiones cazaba palomas y torcazas con una carabina de cartucho. Entre tanto, la maestra del programa de enseñanza extractaba los temas para los grados restantes y colocaba al niño “más adelantado” de cada curso, a dictar, mientras que ella iba a la cocina a prender el fogón de leña y colocar el arroz para el almuerzo…llegadas las 11 AM, todos encumbrábamos las ruanas y los sombreros, nos santiguábamos y partíamos presurosos a la casa a recibir el almuerzo, preparado por la mamá, los abuelos, hermanas o vecinos.

A la 1 PM sonaba otra vez el cacho divulgando la continuidad de las clases… Generalmente uno, luego de caminar entre 30 y 60 minutos de la casa a la escuela, llegaba sudado y muy entusiasmado, entraba al salón a recibir las clases de sociales y de Ciencias Naturales. La profesora explicaba el tema y nos ponía a copiar con el lápiz y a dibujar en el cuaderno con colores. El lapicero solamente se usaba del grado segundo en adelante. A las 3 tañía el cuerno para el segundo recreo con características muy afines al de la mañana…a las 5 PM, luego de copiar las tareas venía el rezo y la largada para la casa, lugar donde los padres esperaban a los escuelantes para ir a ordeñar, recoger agua del aljibe, apiñar leña, asegurar el ganado, cenar y escuchar en el canto de la abuela, junto al fogón, el rosario emitido por la radio Sutatenza.

El examen para ingresar a segundo en la escuela urbana de varones      

…Recuerdo que los niños del campo, para poder ingresar a la única escuela urbana del pueblo, debíamos presentar un examen oral. Los jurados eran el jefe de grupo del municipio, el sacerdote, el alcalde, el gerente de la Caja Agraria, el médico, el personero municipal y algunas señoras y señores de familias prestantes, generalmente dueños de tiendas, devotos de  la legión de María y militantes asiduos del “glorioso” partido conservador. Ellos escuchaban con atención y cada uno hacía sus propias preguntas relativas a la historia del municipio, geografía, urbanidad de Carreño, catecismo Astete y contenidos propios del curso…la profesora sentía mucho miedo, porque lo que estaba en juego era su reputación, por eso insistía hasta el cansancio en memorizar y cuando algo se le olvidaba al examinado, ella trataba de darle pistas con señas y palabras, para que uno respondiera. Las coplas, los cuentos de la región y las adivinanzas eran muy aplaudidas…

Acá funcionaba la  escuela urbana de varones.

Aprobada la curiosa prueba, ingreso a segundo con la profesora Tulia, una señora viuda, proveniente del municipio de Socha, con una voz de soprano y muy rigurosa. Siempre mantenía sobre la mesa un florero con azucenas y brisa, el cuaderno de la lista y unos libros. Sobresalían las varas de pino y el yugo de madera con el cual se hacía efectiva la sentencia lancasteriana de castigar a los niños desaplicados e indisciplinados. De manera parecida a la escuela rural, las clases de matemáticas estaban en la mañana y las tareas eran tomadas por la profesora desde su silla de madera, estando ella sentada… Solamente se levantaba para castigar a quien “no daba ni atrás ni adelante” o a quien estaba distraído o atrasado en copiar.

Todos los días calificaba las tareas y los ejercicios… con el lapicero rojo registraba las notas de las previas menores de 3 y con azul las que iban de 3 a 5… Así eran consignadas en la libreta de jarabe Padrax, para que las leyeran los padres de familia sin tanta dificultad. La maestra dedicaba la mayor parte del tiempo a dictar de unos cuadernos forrados con papel a cuadros. También se valía de los niños más aptos para dictar, destacando la colocación de la ortografía con color rojo… para mitigar el cansancio de la mano y para romper la monotonía, sin alterar el orden, uno expresaba cosas como: “con quien pasamos hoja”, “quién me presta el tajalápiz”, “con quién jugamos palo libertado”, hasta que la profesora, dejaba de comer frutas en el escritorio para gritar: “silencio… silencio, ya no más…si siguen así los dejo sin recreo”…

En ese año me fue muy bien, obtuve el segundo puesto…mi abuelo, con quien yo viví desde los 6 meses, volvió a matricularme en los demás cursos hasta que culminé la primaria, conquistando una beca… los profesores de 4 y 5 eran los únicos hombres, uno de ellos compositor y escritor. La Sativeña (canción) y el libro: Destino histórico de un Pueblo son dos de sus magnas obras. El libro escrito por el profesor Parra, era una guía para aprender Historia, Geografía y cultura sativeña. Par el examen de 1º a 2º nadie podía ignorar versos aprendidos de ahí: “De las ciencias de hoy en día/bellas, cultas e importantes,/ como en las piedras diamantes,/ descuella la Geografía…Una ciencia del programa/que este alumno reclama/ por lo instructiva y lo bella./ Y repito que descuella/y es de las ciencias soporte/ y no hay nada que más me importe/en esta culta nación/que poder dar yo razón/de este gran Sativanorte”.

Para el aprendizaje de las veredas y sus características todos los niños recitábamos versos como los siguientes: Comiendo por ser vecinos,/ ya la verdura o la fruta,/ encontramos campesinos/ de El Hato y Baracuta…Si quieres clima caliente/ o buscas agua termal/debes ir directamente/ a la vereda El Datal. De la señorita Chava, otra brillante maestra-poetiza aprendimos las 15 estrofas en las que plasmó la tragedia del deslizamiento del legendario Sátiva, en 1933: “/…/Entre tanto los muertos asombrados/ al abrirse colérica la tierra,/ deajron ver sus cráneos maltratados/ y yertos cual la nieve de la sierra…De los jardines las mejores flores/sus corolas dolientes doblegaban/al ver que su fragancia y sus colores/para siempre las grietas sepultaban…”

Pero no nos enseñaban apenas aquello que los profesores ingeniaban, había lugar para personajes que deambulaban por la población viviendo de la caridad, como María Tuturuta, Domingo Muchillas y El Balaguera. De ellos aprendimos versos como: “Quisiera pero no puedo/hacer mi casa en el aire/para no servir de estorbo/y no molestar a nadie. En la puerta de un molino/me puse a considerar,/ las vueltas que ha dado el mundo/ y las que tiene que dar…calla y no llores así/que me duele la amargura/ calla mujer que la pena/ con aguardiente se cura…Mi suegra porque me quiere/ me ha regalado un rosario/ y yo con mi suegra tengo/corona, cruz y calvario…”

Lástima que no podamos seguir evocando esas rimas con las que esas inmortales maestras y maestros, sin poseer formación universitaria, incluso ni normalista, nos encantaron con sus producciones. Los versos para enseñar los meses, la ortografía y la Expedición Botánica, por ejemplo, son composiciones olvidadas hoy por el avasallador mundo del consumo y por el empuje de la alienación cultural…Antes de volver a relacionar a los profesores de 4o y 5º, liquido mi repertorio con El Soneto a la Morcilla: “En el negro platón yo te imagino/ con el cuero sutil que te reviste;/ nadie, al olerte, tentación resiste/ de morderte con hambre de canino…Sé que tu pobre padre fue un cochino/ que tus entrañas son de pura papa,/ tus dos ombligos con fique te tapan/ y que morir fritada es tu destino…Al percibir tu deliciosa aroma/un chorro de saliva al labio asoma/ que sin querer, se escurre silencioso./Cuánto no diera por comerte ahora/morcilla morenita y tentadora,/bocado de marrano silencioso”…

Casa donde pasó la segunda infancia el autor de este relato.

…El compañero de formula de nuestro maestro escritor, músico, compositor y cantautor, era un desertor de la Escuela Militar de Cadetes, músico, jugador de billar y amigo del Tiro al Pichón…su fuerte era “sacarnos la leche” mediante la milicia, las cuclillas, el trote, el balón sexto y preparar revistas gimnásticas para las efemérides patrias, para las fiestas reales y los Tedeum…Ese hombre de ojos verdes, con voz de mando y discursos elocuentes, es artificie de mi amor por la historia, la Geografía y la escritura… Los horarios en la escuela urbana eran los mismos de la rural, asunto que exigía de los muchachos del campo más tiempo para llegar a clase…el tramo a recorrer requería en promedio una hora.  Las niñas tenían su propia sede, muy cercana a la nuestra, pero  nadie podía pasar de un lado al otro, porque era castigado bañándolo con agua fría en el patio…de las veredas no había niñas en la escuela urbana.

Escuela urbana de señoritas, hoy colegio del Rosario.

…Por esa época no se hablaba de capacitación a los profesores, cada uno con lo que sabía y apoyados en sus cuadernos de apuntes y en los programas de Enseñanza primaria y secundaria, impuestos para cada grado por el MEN, publicados por la editorial Bedout. El programa en sí lo estructuraban los contenidos, los procedimientos y las actividades. Las áreas de estudio fueron: Educación Religiosa y Moral, Castellano, Matemáticas, Estudios Sociales, Ciencias Naturales, Educación Estética y Manual, Educación Física…El total de días de clase era de 198, incluyendo 36 sábados, con tres horas, los otros días los profesores laboraban 6 horas, para un total de 1080…para el curso 5 femenino, la maestra debía tomar la mitad del tiempo determinado, para enseñar Puericultura y Educación Hogareña.

Los supervisores de primaria de la SEPB visitaban a los profesores en las escuelas y en los cursos, les revisaban los libros y en cada salón examinaban, al azar, a los niños con preguntas sobre los contenidos de las materias curriculares…Había asuetos a mitad de año, en Semana Santa, a finales de noviembre, todo diciembre y  enero, el año escolar empezaba en febrero…Las aulas de la escuela urbana tenían techo de guadua, piso de madera, paredes de ladrillo, tableros grandes de madera, material didáctico, sobretodo mapas y láminas, cancha múltiple…algunas personas vendían enseres perecederos como limonada, ponche, melcochas, ariquipe, empanadas, morcilla, envueltos, jalea y roscones. En varias ocasiones, a la hora del recreo las profesoras repartían leche Klin en polvo, sobre las manos de los educandos.

José Israel González Blanco.

La escuela: Una llama vacilante en los Cerros de Usaquén y de Macondo.

 La escuela: una llama vacilante en los Cerros de Usaquén y de Macondo.

La llama de la transformación del Agustín Fernández.

En el relato acerca de las Cápsulas de la Convivencia hice la alusión a un personaje de la historia de Colombia llamado Desquite. Él fue un mortal que no eligió la violencia sino que la violencia lo escogió a él, un aliado de la muerte, un hombre que nunca fue a la escuela, y a quien un poeta nadaísta le hizo una elegía, en la que de modo hipotético expresa: si Desquite hubiese tenido las mismas posibilidades de Gonzalo Arango, seguramente su tumba no estaría cavada en una montaña, sino que su cuerpo rugiría en los paraninfos, haciéndonos comprender, con sus poesías, que la mano que maneja la pluma vale tanto como la que conduce el arado. Pero no, Desquite escribió en los corazones de algunos colombianos versos de dolor con el esferográfico de las armas, por falta de oportunidades. Cuenta la historia, que en el filo del puñal se leía: “Esta es mi vida”. (Arango, 1958)

Bueno, ¿Y que relación tiene Desquite con nuestras escuelas?

La llama prometedora de Usaquén

Pues sencillo, que en Los Cerros de Usaque, hoy convertidos en noticia nacional e internacional por la violencia y la muerte, hay miles de niños, adolescentes y jóvenes carentes de oportunidades para hacer valer su pluma. Prácticamente la única oportunidad es la Educación Básica y Media, en los colegios estatales, con serias falencias en calidad, dotación, cobertura, sentido, autonomía y reconocimiento.

Es un modelo de escuela que pende de políticas extranjeras, que ha heredado la huella homogenizante, normalizadora, que sigue siendo excluyente, muy desatendida por los gobernantes y vilipendiada por la sociedad; no obstante, es una de las pocas esperanzas que tienen la infancia y la adolescencia de los Cerros y del país. Es, evocando a Cortázar (1963) en la Rayuela: La luz de la paz del mundo.

En el libro: Culturas para la Paz, compilado por Suzy Bermúdez (1995, 305), Matilde Ocampo, hace más de tres lustros, recomendaba: “La escuela debe estar más centrada en el reconocimiento que en el conocimiento…la educación hincada en el conocimiento forma para actuar en una sociedad basada en la competencia y en el logro de la eficiencia económica y política: generalmente los valores se dejan de lado. Los responsables del saqueo del erario y de la violencia no son exclusivamente iletrados o personas de poca escolaridad, sino profesionales o bachilleres que han estado sometidos a nuestros sistemas educativos y que han aprendido a competir de manera eficiente.”

La llama empoderada  de Unión Colombia

“Somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir.” Escribe García Márquez. Si todos los decesos que han enlutado a los pobladores de los Cerros, desde el inicio de su poblamiento, y a los colombianos a partir el descubrimiento de América, hasta hoy, causados por la violencia, no hubiesen jugado su corazón al azar, como en la Vorágine, “otro gallo cantaría”, no el gallo de pelea sino el que anuncia la alborada.

Y si sobre esas tumbas, además de rezar y poner flores, familiares, vecinos y compatriotas nos preguntáramos con el autor de la elegía: ¿No habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir? ¿No habrá manera de que en Colombia, en lugar de que las personas se maten unas con otras, potencien mejor la vida? Entre tanto, Guillermo Hoyos, refiriéndose a Desquite, nos insta a escribir un epígrafe distinto.

 

Pero, “en juego largo hay desquite”

La llama de la acogedora del Aquileo Parra

El desquite, con minúscula, en el adagio popular, hace hincapié a otra oportunidad. Volviendo a nuestro Nobel, “la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía”. Es la oportunidad para que los chicuelos de los Cerros de Usaque y de Macondo deshagan ese inri de que en Colombia – como lo escribió Moreno Durán- “todos nacemos sospechosos y morimos culpables”, pero para ello se demanda el apoyo de la sociedad, del estado y de una ciudadanía y una cuidadanía que, a cambio de estigmatizar, aliente, que con sus palabras no mate sino de vida, como diría Huidobro.

Y no es cualquier apoyo, se trata de de pasar de de la formulación de políticas centradas en bienes y servicios a una planificación con énfasis en las capacidades, entendidas éstas como la libertada positiva, que liga justamente la posibilidad de SER con el hacer. En palabras de Amartya Sen (1998), se trata de sostener una ligadura entre la habilidad y el bien. Así, aduce el premio Nobel de Economía, “se logran niveles adecuados de funcionamiento social.”

La llama refulgente de Saludcoop

Los adolescentes y jóvenes de los Cerros y de Macondo tienen mucha capacidad de pensamiento y de acción; les agrada bastante el deporte, tanto que a veces hasta contravienen normas comunes por acceder al él, pero la oferta que hacen los planes de desarrollo es mínima. A los estudiantes de nuestros colegios les encantan las salidas pedagógicas, sobre todo al mar y a las regiones, pero en el Plan de Desarrollo Local, por ejemplo, se ocupa tangencialmente de ello, pese a propuestas concisas como la defendida por los educandos del Nuevo Horizonte, en los Encuentros Ciudadanos: “Vive a Colombia, estudias por ella.”

Entonces así ¿Cómo se pueden potenciar las capacidades de la población? ¿Cómo auscultar el ser con el hacer en una práctica que supere esa mirada pobre de las competencias curriculares? Nuestros estudiantes, verbi gracia, no están pidiendo grado 12, tampoco jornada extendida ni única, porque esos bienes no mantienen vínculo real entre el ser, el hacer y la libertad positiva, pues es “más de lo mismo”, sobre unas bases muy discutibles, acomodadas por el Banco Mundial, tal como lo demuestra el historiador Jorge O. Melo en: Malas propuestas (El Tiempo: 30 01 2013); igualmente, el columnista Diego Arsitizábal (El Espectador febrero 3 2013) para quien el problema no es tiempo sino de fondo: “No se trata de tiempo ni de inventar esas estúpidas pruebas al final de cada ciclo”.

La llama ondeante del Cristóbal Colón

Bueno, y dadas esas circunstancias de tanto improvisación en las políticas sociales, de tanto dolor, de tanta pobreza asumida como la ausencia de bienes y servicios, al lado de la violencia intrafamiliar, y junto a esa carencia de oportunidades, el gobierno local, distrital y nacional no debería seguir pensando para el pasado sino para el aquí y el ahora, es decir, que todos estos acontecimientos deberían verse como los síntomas de una sociedad enferma que pide al unísono: equidad, reconocimiento legítimo, trato digno, justicia social, libertad positiva y desarrollo de sus capacidades básicas.

Y debería pensar más en los niños y en sus maestros, porque tanto los unos como los otros reclamamos apoyo de la sociedad y del estado, para que esa llama vacilante, denominada escuela, no se extinga con los severos vendavales de la violencia cotidiana que viene resurgiendo en la ciudades y en el campo.

La llama inapagable del General Santander

Cuando el alto oficial de la Policía Metropolitana de Bogotá manifestó, refiriéndose al problema de Los Pascuales, que se estaba medellinizando la ciudad, al entender de algunos humanos, llamó fue la atención acerca de la necesidad de ponerle cuidado al problema, a la urgencia de trazar políticas de prevención, más que a la estigmatización, para que el flagelo de la violencia no se encarne más, ni viva entre nosotros. Claro está, que en la prevención no se deben confundir las causas de las cosas con las condiciones que las hacen posible, como lo advertía Estanislao Zuleta.

En el documento: Política Nacional del Campo de la Salud Mental (2008), se afirma que Colombia tiene uno de los más altos índices de violencia entre los países de América. Se calculaba que el 85% se debe a conflictos cotidianos y el 15% a causas políticas. En una investigación del año 2012 se asevera que el 85% de la violencia en Colombia, “es generado por transnacionales y explotadores de los recueros naturales” (Vernot, 2013). “La violencia es nuestra mejor industria nacional de exportación” anota Jesús Zárate (1972) en su novela: La Cárcel.

La llama iluminadora del Toberín

Lamentablemente, en la formulación de las políticas sociales remediales y de prevención, los agentes de la escuela, quienes hacemos parte visible del panorama geosocial, no aparecemos; nuestras voces no se escuchan, porque todo se reduce a un asunto de seguridad policial y militar, como si el problema no fuese cultural y político. Y si el lío es cultural y político, la salida no puede ser otra que por la vía de la cultura y de la política, y en eso la institución que más tiene que aportar es la escuela. Si la tripulación de esa barca llamada Colombia no reconoce en su integridad a la escuela primaria, básica y universitaria como su faro, el hundimiento en el océano de la violencia será inminente.

¿Por qué hay que pensar en los niños, en los maestros y en la cultura?

La llama inconfundible del Divino Maestro.

Porque el currículo oculto que evidencia los duelos de los niños, adolescentes, jóvenes y adultos atraviesa el corazón de la escuela, prácticamente la tiene contusionada y en esas condiciones es muy difícil centrar la atención en el currículo formal. La tristeza del niño, el llanto del adolescente, la desconcentración de unos y otros en las clases, como consecuencia de la falta de elaboración del duelo, la huerfanidad, el miedo, entre otras emociones negativas, marchitan los pétalos del educador. Y así, el color de la alegría, el aroma estimulante del aprendizaje y el pedúnculo de la salud se transmutan. “Al colombiano sin corazón lo pierde el corazón.”

También hay que pensar en los niños y en los maestros, porque, como suele ocurrir, algunos medios de comunicación “tiran la piedra y esconden la mano”. Dicho de otro modo, avivan intrigas, imprimen estigmas, desinforman, condenan inocentes y absuelven culpables, sin pensar en las consecuencias o en las secuelas que quedan en la mente de millares de infantes y adolescentes, correspondiéndole a la escuela hacerse cargo de enmendar unos males sufragados por otros, de asistir procesos de desaprendizaje, de pungir vómito para despertar el apetito. “La adolescencia grita lo que la infancia calla” y esos gritos se oyen en las aulas. En el desarrollo de los acontecimientos y en la implementación de las políticas, la prevención brilla por su ausencia.

Pero los maestros y directivos docentes, para poder observar el bosque, necesitamos dejar de mirar la claridad del afuera por medio de la hendija del obscuro salón de clase. Se requiere condescender que la luminiscencia entre al salón para que ahuyente la obscuridad. En otras palabras, la situación de violencia que se vive en Los Cerros y en Macondo hay que leerla, contemplarla, interpretarla, escribirla en el currículo y transformarla en la práctica. ¿Cómo? “El que tiene un por qué para vivir sabe soportar cualquier cómo” decía Nietzsche.

La llama espléndida de Friedrich Naumann

¡Maestros, no dejemos que la noche obscurezca a los Cerros, ni a Macondo. Mantengamos encendida la llama de la escuela. La madre Teresa de Calcuta, en alguna ocasión dijo que cuando más oscura está la noche no es el momento para arremolinarnos unos en torno a otros, cubriéndonos de manera mutua los miedos, sino que resulta preciso encender una luz, aun cuando sea la llama vacilante de una vela. No lo dijo exactamente así, pero de esa manera lo recuerdo.

Si necesitamos mirar con los ojos cerrados y desafiar el concepto Piagetiano de la acomodación hagámoslo, porque a veces con las pupilas descubiertas los distractores nos impiden concentrarnos y abstraer. Hay momentos en los cuales los seres humanos cerramos los ojos, para ver situaciones que no son tan perceptibles para el cerebro, por la vía visual. Ese ejercicio es saludable, ya que le posibilita a la persona fijar más la atención, imaginar, valorar el mundo no captable con los ojos abiertos, reflexionar, soñar y encontrar salidas en la obscuridad, desde la noche de los despiertos.

Algunos aportes del Nuevo Horizonte

La llama ardiente del Nuevo Horizonte

“La mejor crítica a un río es construirle un puente” glosó el escritor. Caminante si hay camino y lo hacemos al andar, sería la replica a Machado. Un camino que no se puede hacer pensando para el pasado, es decir exclamando: “si hubiésemos hecho X entonces Y”. Se hace primordial pensar el presente en el presente, educar en la vida para la vida misma.

En este sentido, el Nuevo Horizonte, un centro escolar erguido en la cordillera de los Andes, provoca a los colegios de la localidad, de la ciudad y de la nación a compartir sus puntos de vista, acerca de la situación de violencia que estamos viviendo, a escribir. “Es un deber cívico y político de los latinoamericanos escribir” decía Manuel Mejía Vallejo.

Jinna, la alumna/maestra con la profe Claudia
y otras estudiantes.

Del seno de nuestro centro educativo han aparecido varias pócimas, una de ellas: Las Capsulas de la Convivencia. Ahí le metemos un poquito de combustible a la enseñanza de las normas con el ejemplo. En esta última actividad, unos maestros optamos por “hacer el oso” como dicen algunos colegas. “Hacer el oso” no es otra cosa que inspirar la puesta en escena de las normas de Convivencia y los valores con el ejemplo. “Ya se sabe – apunta William Ospina (1997, 46), en ¿Dónde está la Franja Amarilla?- que la única pedagogía es la pedagogía del ejemplo”.

La alumna/maestra viviendo valores con los estudiantes de grado sexto. Pero más allá de la pedagogía está la psicagogia, ciencia encargada de modificar el modo de ser del sujeto, mediante la percepción, más que del aprendizaje, porque los valores – como lo sostiene Maturana (1997, 265)- no se enseñan ni se aprenden, “se viven o se niegan”. En esta línea de ideas, lo que ha hecho la alumna-maestra y las maestras que aparece en las fotos, es un acto de amor, entendido como “el reconocimiento del otro como legítimo otro, en la diferencia con uno.”

La ruptura de ese muro que separa al estudiante de los directivos y docentes, por medio de un acto como el que nos ocupa, funda actitudes de confianza y hábitus, evocando a Víctor Frankl (2004), que hacen ostensible una relación horizontal entre pares, potenciadora del desarrollo emocional e intelectual. Imprime una educación inconforme y reflexiva, “que nos inspira un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora, que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia”, parafraseando nuevamente al escritor de Aracataca (1995). Queda a merced del lector desplegar la iniciativa y compartir la experiencia, sobre todo el sentir y pensar de educandos, padres de familia y educadores.

Dos alumnos de grado 12 junto al profe Jamir.

La insinuación a la llama de cada uno de los colegios, acompañada de una foto, es un reconocimiento a su existencia en medio del conflicto, es una apología al coraje y a la ternura que les acompaña en el día a día para educar, es una convocatoria a la reflexión sobre la experiencia y a poner en común puntos de vista variopintos, en una sociedad que exige tomar postura ética y política ante los acontecimientos, lo mismo que a ensanchar los caminos canalizadores hacia la vida y la inmensa energía creadora, que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia. Queda pendiente la reflexión sobre los colegios particulares. 

La licenciada Luz Mery Quintero danzando.

Es urgente, decía Sábato (2000, 130), “encarar una educación diferente, enseñar que vivimos en una tierra que debemos cuidar, que dependemos del agua, del aire, de los árboles, de los pájaros y de todos los seres vivientes, y que cualquier daño que hagamos a este universo grandioso perjudicará la vida futura y puede llegar a destruirla… La búsqueda de una vida más humana debe comenzar por la educación… No podemos seguir leyéndole a los niños cuentos de gallinas y pollitos cuando tenemos a esas aves sometidas al peor suplicio…

El ejemplo con la danza: un lenguaje con muchas imágenes y mensajes de cambio para los niños. En la foto anterior, la licenciada Luz Mery Quintero, incentivando a los estudiantes a convivir a través de la danza. En la siguiente foto, la maestra Aurora Mayorga, de la sede Buenavista, mostrando atuendos De la región  y danzando frente a estudiantes, padres de familia y educadores.

La licenciada Aurora Mayorga

Por último, se le puede correr el cerrojo a este portón, advirtiendo que:

 

“Por culpa de un clavo, se perdió la herradura, por culpa de la herradura se perdió el caballo, por culpa del caballo, se perdió el jinete, por culpa del jinete, se perdió el mensaje, por culpa del mensaje, se perdió la batalla, por culpa de la batalla, se perdió el Reino.”

Franklin, 1792

 

Veladora hecha por estudiantes del colegio, reciclando.

 ¡Por culpa de la violencia se viene perdiendo la vida, la familia, la escuela, el estado, la sociedad y la naturaleza! He ahí el efecto mariposa. Por eso, sigamos muy atentos la relación de los clavos con la herradura, en este desafiante cabalgar por el camino de la esperanza, con el mensaje de los Derechos Humanos, a la luz de esa llama denominada educación, para continuar librando batallas por la existencia, en el reino de la vida.

Referencias bibliográficas.

Arango, Gonzalo (1993) Obra negra. Santa fe de Bogotá, Plaza y Janes.
Bermudez Q., Suzy (1995) Culturas para la paz, Bogotá, Fund. Alejandro Ángel Escobar.
Frankl, Víktor (2004)  El hombre en busca de sentido. Barcelona, Herder.
Maturana, Humberto (1997) Santa fe de Bogotá, Tercer Mundo Editores
Melo, Jorge Orlando (2013).  Malas propuestas. http://www.eltiempo.com 30 01 2013)
Ministerio de Protección Social (2007). Política Nacional del Campo de la Salud Mental. Bogotá DC.
Ospina, William (1997) ¿Dónde está la Franja Amarilla? Bogotá, Grupo Editor Norma.
Sábato, Ernesto (2000). La Resistencia. Buenos Aires: Seix Barral, p. 130
Vernot, Alex  http://www.abpnoticias.com
Zárate, Jesús (1972). La cárcel, Bogotá: Planeta

José Israel González Blanco.

 

 

 

 

 

Historia de un león que no glorifica al cazador. Pt. 1

La historia de un león que no glorifica al cazador: Una infancia por escrutar.

Por aquí comienzo yo, que no quería comenzar, porque yo cuando comienza, ni tengo cuando acabar

(Copla de Domingo Mochilas. Sativanorte)

Una infancia por escrutar.

Las Cañadas, fue la casa que sintió las vibraciones del corazón y el primer llanto del protagonista de este relato…Una propiedad cartografiada en la vereda El Batán, en el lejano municipio de Sativanorte, en el departamento de Boyacá. Mi abuelo, en los tiempos de la Atraviesa y del Año Grande, al lado de los labriegos y aradores del minifundio, me  puntualizó, entre otros pormenores, que yo nací el día de Santa Bárbara, que me recibió una partera, quien resultó ser hermana de mi abuela. Las laceradas manos de la tía Sergia, como le llamábamos cariñosamente, fueron el puente no quebrado que posibilitó el tránsito de esta criatura, desde el vientre de la nueva materna, hasta la cobija de lana virgen que mi madre confeccionó para recibir a su primigenio.

https://joseisraeldotcom.files.wordpress.com/2013/01/1d5af-dsc01151.jpg
Las Cañadas, vereda El Batán, municipio de Sativanorte (Boyacá). Lugar de nacimiento y primera infancia del autor de este relato

…Hasta acá no he dicho nada del asunto que nos interesa, pero sigamos a ver si en la página 14 ya he podido empezar con la historia de mi práctica pedagógica… Lo del gateo, el balbuceo, lo de las palabras iniciales que aprendí, lo de los inaugurales pasos como bípedo, el obligado destete hecho por mi madre a los dos años, con la hojas de amargoso, el lavatorio semanal con hierbas y agua tibia  entre una artesa y todos esos acontecimientos que tanto valoran los sicólogos, para descifrar los embrujos del comportamiento, no los voy a reseñar. Tampoco aportaré nada sobre el llanto que me causó el agua fría, vaciada por el cura sobre mi indefensa humanidad, el día en que me colocaron el doble nombre bíblico al que respondo, lo mismo que la sal situada en mis labios para espantar a Satanás, en la pila bautismal y el oleo con que ungieron mi impuesta cristiandad…

Quedarán por fuera de este relato las anécdotas sobre la presentación del niño ante el Santo Cristo de Sativasur y frente a la milagrosa Virgen de Chiquinquirá…Escaparán al recuento las remembranzas respecto a las ceremonias de bautizo, confirmación, primera comunión y matrimonio. La lista de pecados que mi madrina de bautizo escribió, con un carbón de leña, en la astilla de Higuerón, para que le dijera al padre en el confesionario esa sempiterna tarde del 30 diciembre de 1965, no son aspectos substanciales en las exigencias de este escrito. Sin embargo, es relevante apuntar, que los aprendizajes que coadyuvaron con la realización de los actos acotados, afloraron de los contenidos del catecismo Astete y de los sermones pronunciados en el púlpito de la iglesia, lugar a donde todos los domingos asistíamos obligatoriamente, en formación, los escuelantes.

https://joseisraeldotcom.files.wordpress.com/2013/01/a4b02-dsc01124.jpg
Cabecera municipal de Sativasur ( Boyacá)

Ahora bien, si fuese un sociólogo el interesado en el tema, probablemente me permitiría pormenorizar que en las veredas, los campesinos practican la economía de Pan Coger y que los niños realizan labores agrícolas, pecuarias y domésticas. En ese sentido, el relato no podría dejar de catalogar, que los primeras habilidades motoras estuvieron lindados por el azadón, la pica, la horqueta, el arado, la oz, el manar, el cedazo, la macheta, el yugo, las coyundas, el barzón, el palustre, el escoplo y la brocha de fique.

De manera complementaria, figuran las prácticas del ordeño, la arriería, el uso de aparejos, la cría de cerdos, conejos y aves, la emasculación de potros, toretes y perros, la motila de lana en las ovejas, la rajada de leña, la caza, la trilla, la pesca y recolección de frutos, la preparación del guarapo, la chica y la güeta en la tinaja, el uso del tiesto para asar las arepas, cuya harina provenía del trigo y del maíz cosechado en el rancho y procesada en el molino de piedra de Don Obdulio…Los granos molidos eran los insumos para la preparación de la sopa, las arepas, el crecido, el angù, la mazamorra de dulce con queso, el cuchuco de cebada, la tortilla, la arepa de carivuelta, la arepa liuda y los envueltos, entre otros preparativos, estimulantes del gusto y la nutrición vegetariana.

En esa economía los productos abastecedores de proteínas eran vendidos en la cabecera municipal, para comprar, con ese dinero o mediante el trueque, sal, panela, miel de caña y productos industrializados transportados de ciudades contiguas y expendidos el martes, día de mercado en el pueblo…Debido a que esta historia es del dominio de lo pedagógico, más que de otras ciencias sociales y advirtiendo que lo dicho acá ya está  consignado en una monografía, que reposa en las bibliotecas de la Universidad Nacional de Colombia y en la ESAP, cuya referencia puede encontrarse por el nombre del autor, paso a compartir algunos asuntos que son del resorte de la educación

El dormitorio y el corredor, que algunas veces sirvieron de aula de clase para los niños de la escuela (1965).

José Israel González Blanco

Cápsulas de la convivencia

LAS CAPSULAS DE LA CONVIVENCIA

La cápsula es una envoltura sintética y soluble, dentro de la cual se guardan los contenidos de un medicamento. Las cápsulas de la convivencia son una didáctica, ingeniada y aplicada por los maestros del colegio Distrital Nuevo Horizonte en los albores del año escolar 2013.

¿En qué consiste el ejercicio?

La acción pedagógico/didáctica consiste en entregarle a cada estudiante una cápsula con una leyenda, relativa a la convivencia. El marco más indicado para el ejercicio es el Manual de convivencia, porque allí reposan los principios, valores y criterios de relación que le dan Norte a las relaciones entre los agentes de la comunidad escolar. Consumir el refrigerio, por ejemplo, es un deber que tienen los estudiantes de los colegios distritales. ¿Con qué derecho se relaciona esa regla? Pues es afín a la Seguridad Alimentaria o si se quiere a la Soberanía Alimentaria. Entonces, dentro del receptáculo puede ir el contenido del mencionado derecho.

El educador puede determinar 5, 6 o 7 derechos y con base en esa decisión conforma grupos de discusión, alrededor de los mensajes que llevan las cápsulas. Si decide, por ejemplo, constituir grupos de 5 escolares, puede encajar, en una bolsa plástica o de papel, los estuches y entregárselas al moderador del grupo, para que él las distribuya, monitoree la conversación y al final recolecte las envolturas con el compromiso que el educando escribe al respaldo del recorte de hoja en la que va escrito el Derecho.

El compromiso que apunta el escolar es concomitante con la leyenda inmersa en el envoltorio. Si el escrito alude al ingreso del adolescente al colegio y al Derecho a la permanencia, entonces la anotación que haga versará sobre su actitud frente a la llegada al plantel y a su estadía en el mismo. El docente, además de animar el ejercicio, recoge los mensajes y los adjunta en el “observador del alumno”. Esa es la cuota inicial que aporta el educando para la convivencia en el año que inicia.

Como en toda ración, los aditamentos no hacen falta. En el caso de las cápsulas el menú puede contener una dosis considerable de sopa de letras, circunscrita en asuntos de al convivencia.  La sopa de letras puede estar acompañada con un crucigrama alusivo a derechos y deberes  de los educandos. Los tres componentes coadyuvan con el afianzamiento de las reglas de comportamiento.

¿Cuál es el sentido de esta didáctica?

Despertar el interés del estudiante y del maestro en el abordaje de los contenidos del Manual de Convivencia, contenidos que con el paso del tiempo se han vuelto tediosos y estériles, pese al valor educativo que tienen. Llegarle al estudiante y al educador con símbolos como las capsulas, provocan motivación y ganas de tocar las normas de convivencia de una manera lúdica.

La didáctica también busca estimular la conversación, explicitar los deseos, intenciones, propósitos y compromisos de los estudiantes con una pautas que, en algunos caos, son más invención de los adultos que de ellos mismos, particularmente en aquellos centros escolares que son de inspiración autoritaria.  Refrendar los cánones en la alborada del año, es como sembrar una semilla que sin duda dará fruto, si y solo si en el transcurso del año se le riega con el agua de la praxis y con el sol de la autopoiesis.

Y, no puede quedar al margen el sentido autopoieitico y teleológico de este ejercicio, cual es el que los maestros y directivos ingenien didácticas y las compartan para abonar el terreno escolar, para así poder seguir sembrando la semilla de los valores y principios, llegando, en un calendario no muy lejano, a cosechar la convivencia.

 Luego del encapsulamiento…

La convivencia es el terreno sobre el cual se gobierna una familia, una sociedad, la calle y, por supuesto, el colegio. Siendo así, el gobierno de una institución es constitutivamente una tarea de coordinación emocional- evocando a Maturana (1997: 226)- que se logra en el conversar cuando se apuntala una congruencia entre algo que ya se dijo: los deseos, las intenciones y los propósitos, entre el gobernante de la institución y sus miembros, de modo que estos participen de hecho en las conversaciones que las definen.

En los colegios donde los gobernantes fundan su accionar en la inspiración democrática, muy pocos por cierto, no se manda sino se conduce en armonía, el gobernante lleva a sus miembros a participar de una manera consciente y reflexiva en su realización, haciéndose, de esta guisa, cargo de su participación en las acciones que la constituyen, asunto que no puede ocurrir en un colegio donde el inri del rector(a)  es la sumisión y la reflexión está atrapada por la corona de espinas.

Pero frente a ese inri y por encima de esa corona de espinas, la acción reflexiva consciente y la emancipación personal y profesional deben ser el huerto y no la cruz del quehacer educativo. El ejercicio, parafraseando a Gonzalo Arango (1994, 42-44), muestra la existencia de maneras de no matar los deseos ni de sepultar la participación de los agentes de al comunidad educativa, sino de hacerlos dignos de vivir en convivencia.  Así, Desquite no resucitará y la tierra no seguirá mojándose de sangre, dolor y lágrimas.

¿Y dónde se consiguen las cápsulas?

No hay pregunta tonta, ni hay respuesta definitiva, decía Paulo Freire. No es fácil conseguir etas envolturas; lo difícil es que quien tiene la respuesta la comparta con quien pregunta. Estos materiales se consiguen en los almacenes que distribuyen productos químicos. San Victorino es el lugar del desvare.

Referencias bibliográficas.

Arango, Gonzalo (1993) Obra negra. Santa fe de Bogotá, Plaza y Janes.

Maturana, Humberto (1997) Santa fe de Bogotá, Tercer Mundo Editores.      

José Israel González Blanco.