Carta #27: Una pausa para avanzar

Apreciados estudiantes, padres de familia y educadores: 

Esta segunda parte de la carta que envía la chica afirma que: “Nadie enseña a perder” y continúa: “Queda prohibido…no saber que cada uno tiene su camino y su dicha, no tener un momento para la gente que te necesita, no comprender que lo que la vida te da, también te lo quita” (González Blanco, 2008, p. 219). La mejor lección para quien no sabe perder ni ganar son los versos de Neruda, puestos en el poema: “Queda prohibido”. 

Es un buen comienzo en casos como el de Gladys y el de muchos niños, jóvenes y padres de familia que viven la pandemia. Reconocidas las heridas el paso siguiente no es calmar el dolor paliativamente, como tradicionalmente frecuentan hacerlo el médico con el paciente, los padres con los hijos, el maestro con el alumno. El peldaño para subir es conducir el reverso del dolor al centro de la manera cómo se está acostumbrado a pensar. Es, volviendo a Benedetti, “…hacer una pausa, contemplarse a sí mismo sin la fruición cotidiana, examinar el pasado, rubro por rubro, etapa por etapa, baldosa por baldosa y no llorarse las mentiras sino cantarse las verdades”.

Se trata, en esta fase, de valorar la escalera de la felicidad, escaño por escaño, y admirar su ascensión, acudir a los contrafactuales: habría-podría-debería (Gopnik, 2010, p. 35) de la vida, enunciados por Gopnik , volver a Viktor Frankl y asumir la postura socrática para interrogarse: 

¿Qué habría pasado si no se hubiese casado?  ¿Qué habría pasado si su marido hubiese sido un maltratador? ¿Qué habría pasado si hubiese sido estéril? ¿Qué habría pasado si uno de los niños hubiese nacido muerto? ¿Qué habría pasado si hubiese tenido que vivir en condiciones extremas de pobreza? ¿Qué habría pasado si uno de los hijos hubiese optado por el consumo de alucinógenos? ¿Qué habría pasado si no hubiese disfrutado de un apartamento citadino, de una cabaña campestre y de buenos vehículos? ¿Qué habría pasado si por alguna circunstancia, en el ejercicio de su profesión, hubiese tenido que ir a una penitenciaría? ¿Qué habría pasado, qué habría pasado, qué habría pasado sí?

Gladys nunca tuvo estas preguntas en su derrotero, siempre la pupila estaba puesta en el “deber ser”, aprendió a conseguir, pero nadie le enseñó a perder y a qué se hace cuando hay pérdidas, como las experimentadas. ¡A ningún pavo real lo preparan para vivir en el reino de los Pingüinos! Cuando una persona se pone en el plano adverso al de su statu quo, en el reino de la Oportunidad, cambia su actitud, porque el reino de la Oportunidad “más que un lugar, es un estado mental…es una actitud”, se lee en la fábula: “Un pavo real en el reino de los pingüinos”(Hateley, 2005). 

Es como Macondo: “más que un lugar en el mundo es un estado de ánimo (¿recuerdas?). Gladys logró, con el ejercicio, abrazar a la sabiduría popular: “Nadie valora lo que tiene hasta cuando lo pierde”, yendo más allá: darles sentido a las pérdidas, dentro del caos sentimental. Para ello requirió registrarlas, haciendo una Escalera de la felicidad, guardarlas en su memoria y aceptarlas completamente.” Ese es un paso por seguir después de la elaboración de la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales que deja la pandemia de la Covid-19.

Nos comunicaremos pronto chicas y chicos

Recuerden consultar:

García, G. (1985). El amor en los tiempos del cólera. (Norma, Ed.). Bogotá D.E.

Gopnik, A. (2010). El filósofo entre pañales. (Ediicones Planeta S. A, Ed.). Madrid.

Hateley, B. (2005). Un pavo real en el reino de los pingüinos. (Norma, Ed.). Bogotá.

Carta #26 ¿Es la vida, más que la muerte, lo que no tiene límites?

Carísimos estudiantes, padres, madres de familia y docentes

Ya había dado por hecho que de ahora en adelante me sentaría a esperar las cartas de mis estudiantes y padres de familia para saborearlas, así fuese con un sabor amargo por la carga de dolor que lagunas transportarían; ¡pero no!, “una cosa mira el burro y otra quien lo está enjalmando” decían los campesinos de mi pueblo.

Cómo les parece que una chicuela me escribió para decirme: <<Uf pana, seamos más breves, eso último está muy fuerte, ¡no aguanta!>> Ella me explicaba que las últimas cartas estaban muy pesadas porque se centraban en abordar algunas emociones negativas de esas que jugaron con la locura y que, si uno no pasa de ahí, se enferma y de lo que se trata es de seguir adelante, porque <<es la vida más que la muerte la que no tiene límites>>(García, 1985, p. 409). Así como nos lo enseñó Florentino Ariza después de esperar cincuenta y tres años, siete meses y once días a su amada Fermina Daza. 

La niña que me interpela con su misiva me echó una curiosa historia. Que una vez había un escultor agachado sobre un enorme bloque de piedra y que todos los días daba martillazos y picaba la piedra informe, y que de repente un día recibió la visita de un niño quien le dijo: 

Oye, ¿qué estas buscando en esa piedra? 

El escultor no le puso cuidado al niño, como suele suceder, siguió concentrado labrando el bloque. Al cabo de unos días el niño volvió. Para entonces el escultor había esculpido un hermoso caballo del bloque de granito. El niño lo miró asombrado y le dijo: 

– ¿Cómo podías saber que el caballo estaba ahí dentro?

La niña me dice que el dolor es como un bloque de piedra de donde pueden salir algunas soluciones para la resolución de las pérdidas emocionales y, después de contarme esa historia, me sugiere la historia de Gladys que es como un caballito que ella tenía en su corazón y que un escultor de los sentimientos se lo hizo salir.        

Gladys es una persona de esas que en esta sociedad suelen denominarse muy afortunada. Se casó, por la iglesia a los 19 años, con un marido muy fiel, su luna de miel tuvo lugar en una isla caribeña. Cumplidos los 26 años, además de ejercer el magisterio, en una sola jornada, complementa su actividad laboral con la contaduría. A esa edad ya tenía dos hijos varones sanos y normales, a quienes creó con dedicación. En la relación conyugal construyó una sociedad patrimonial representada en dos vehículos, uno de alta gama y el otro “de combate”, más un apartamento en la ciudad y una cabaña en las afueras de la urbe. 

Su vida transcurrió sin mayores contratiempos. Pero un día, hizo un alto en el camino para visitar a Polo, un galeno especializado en siquiatría. El motivo de la consulta: su marido, ese hombre fiel, hacendoso, tierno y trabajador sin tregua, había sufrido un ataque al miocardio, que desde ese momento necesitó atención y monitoreo médico permanente. 

Gladys, menguó su fortaleza, a partir del inesperado episodio. Conoció el significado emocional y económico de los descuentos, por inasistencia al lugar de trabajo. Los clientes de la contabilidad se fueron retirando, porque la fijación de la atención estaba centrada en los problemas de su pareja y no en la acción profesional. Los hijos, a quienes “levantó” con dedicación, amor y esperanza, le “dieron la espalda”, porque ella, ante los infortunios, tuvo que internar a su cónyuge en una “pensión”, sin el consentimiento de la progenie.  

El apartamento fue embargado por un amigo de Ezequiel, su esposo. La cabaña, fue hipotecada por deudas y debido a que no había tiempo para frecuentarla, como otrora, ni dinero para sostenerla. Pero lo más delicado, Gladys es diagnosticada de una hernia discal que le impide hacer ejercicio y moverse como solía hacerlo. 

  • ¿Qué será lo que he hecho para que me pase todo esto, Dios mío? – exclamaba la atormentada mujer a las escasas amigas que, de vez en cuando, la llamaban. 
  • No puedo más doctor -le manifestó, en una ocasión al siquiatra, llorando y estrujando un pañuelo con sus manos- estoy destrozada, ¡mi vida es una carga y usted mandándome a hacer balneoterapia! ¡No tengo ganas de nada…ojalá ya estuviera muerta!       

Soledad, melancolía, desilusión, ganas de no seguir existiendo, limitaciones físicas y descenso en los ingresos y en las finanzas, en una mujer que subió por la escalera de la felicidad y aún con menos de medio siglo de existencia. 

Muy poco por hacer, salvo que la dolida maestra llegase a la conclusión –con Elisabeth Lukas, <<de que perder y ganar tiene un sentido, que la vida está incondicionalmente llena de sentido y que a todos nos depara siempre un deber cuya realización puede proporcionar, por lo menos, un atisbo de alegría>> (Lukas, 2001).

Efectivamente, Polo, con su mirada logoterapeútica, traza una visión con interrogatorio que contiene el siguiente itinerario: primero, examinar las grandes pérdidas expuestas: ya no podía disfrutar de ese matrimonio feliz. La relación armoniosa con los hijos y el acogedor hogar habían perdido su esplendor; su salud y la de su marido estaban deterioradas; el trabajo ya no convocaba como antes y los bienes se estaban esfumado, esa era la cruda realidad, es la herida para airear. 

Feliz día

Recuerden siempre complementar la lectura con las fuentes citadas. 

González Ávila, M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Lukas, E. (2001). Paz vital, plenitud y placer de vivir. (Paidós, Ed.). Barcelona.

Carta # 25: La esperanza en alto

Queridísimos estudiantes y padres de familia. 

Las y los invito a que recuerden cómo iniciamos nuestra correspondencia. Lo iniciamos imaginándonos un viaje de 6 horas entre Bogotá e Ibagué; 24 horas de Bogotá a Cartagena y varios días a Quito (Ecuador) o a Santiago de Chile en bus. Igualmente, rememoramos el planeta raro de E1 principito donde un día correspondía a1440 puestas al sol y dijimos que la cuarentena o veintena de 19 días de aislamiento social equivaldrían a 16.360 días, es decir que mas de 44 años si viviésemos donde El principito. Pues bien, siguiendo con la invitación a que sigamos imaginando y con la Esperanza en alto, démosle el turno al escritor de la carta para que la lea teniendo en cuenta: 

1. Elegir un lugar privado que lo haga sentir seguro.

2. Llevar contigo unos pañuelos desechables, para evitar interrupciones en el momento en que alguien se los alcance.

3. Trae a la memoria la imagen del destinatario o persona con quien desea aclarar la relación, respira profundo, cierra los ojos antes de comenzar. 

4. Ahora, abre los ojos e inicia la lectura sin detenerse, no deje embotellar las palabras y los sentimientos. 

5. Cuando llegue al final, antes de pronunciar el adiós, vuelve a cerrar los ojos por un momento.     

6. No hay que perder de vista que se le está diciendo adiós es al dolor y a la pena de emociones pendientes. La despedida no es de los buenos recuerdos, tampoco se está despojando de sus creencias espirituales.           

7. Al terminar, si hay varias personas escuchando y si a ninguna se le ocurre darle un abrazo al lector, pide que alguien lo haga.

Y como en la cuarentena también hay tiempo para el cine, permítanme terminar haciendo el siguiente comentario sobre la película Historia sin fin– en la que se persigue a un hombre bestia que hostiga a unos niños y adolescentes que quieren salvar al reino de la Fantasía de una peste que lo está acabando, llamada “la nada” o la violencia. La Fantasía no tiene límites y por ello Atreyu, otro personaje, pregunta que por qué está muriendo. La respuesta de Gmork es: “porque los humanos están perdiendo sus esperanzas y olvidando sus sueños. Así es como la nada se vuelve más fuerte. Los habitantes de Macondo se impusieron a la peste del insomnio y del olvido escribiendo y construyendo la máquina de la memoria, logrando recuperar la luz de la memoria; los habitantes de aquella ciudad asaltada por la ceguera también lograron recuperar la visión, por encima de las vicisitudes. 

Ahora nos corresponde a nosotros por encima del dolor y de todas las pérdidas humanas y materiales salir adelante. Estas cartas apenas son 25 piezas de la 14.000 que elaboró José Arcadio Buendía para ayudar a su pueblo. Queda a merced de cada lector seguir con la segunda parte de esta iniciativa, consignando sus relatos sobre esta experiencia: El viaje familiar en tiempos de pandemia. 

Las y los quiero mucho, mucho peladas, pelaos, madres y padres de familia.

Hasta pronto.

Esta vez la fuente a consultar es la película Historia sin fin.

Su profe Esperanza

Carta #24: Escucharnos para sanarnos

Mis recordados chicos, chicas, madres y padres de familia.

¡Vamos, vamos! Ya estamos en el cuarto momento de elaboración de la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales. Una vez escrita la carta, el maestro, el orientador, el adulto o quien dirige su elaboración debe:

1. Visualizarse con un “corazón con oídos”, escuchar, solamente escuchar. Puede llorar o reír, pero no hablar. Nada de lo que se haga debe implicar juicio, crítica, análisis o comentario. El ser humano comete errores, aprende de ellos, por eso no vilifique ni divinice.  

2. Siéntese a una distancia cómoda del discípulo o escribiente, relájese y asuma el rol de ser un amigo que está escuchando algo importante. “Cuando la gente hable, escucha absolutamente todo. No estés pensando en qué es lo que va a decir. La mayoría de la gente nunca escucha. Ni observa”, sustenta Ernest Hemingway. 

3. No toque a la persona durante la lectura, porque puede detener la expresión emocional y justamente se trata de sacarlas a flote, de dejarla fluir.

4. Mantenga sus emociones bajo control, si se siente afectado, acéptalo. Si, por ejemplo, los ojos se le llenan de lágrimas por lo que escucha, deje que corran por las mejillas como el médico oftalmólogo, en la obra de Saramago, que sufrió el mal blanco o ceguera, evite limpiarse en el momento. Aliste pañuelos.

5. Permanezca todo el tiempo que dure la lectura. Escuchar con el corazón abierto.

6. Cuando el lector, alumno o adulto, pronuncie el adiós, ofrézcale un abrazo, la duración depende del nivel de emoción del uno, del otro o de la otra. 

7. Recuerde que la intelectualización de lo escuchado no tiene cabida: reiteramos: no juzgue, no analice, no critique, no comente. La carta es la culminación de una cantidad de trabajo difícil, muchas veces de la carga de emociones negativas, pero “para indagar en el alma humana es mucho más fructífero adentrarse en las cualidades negativas.”(Vernaza, 2014, p. 65) (Vernaza, 2014).

Hasta luego mis parceras y parceros.

La consulta es la misma de la carta anterior. 

Vernaza, C. (2014). Reflexiones y herramientas sobre el dolor, el duelo y el sufrimiento humano. Bogotá Colombia.

Carta #23 Cabeza fría, corazón caliente y mano larga para escribir

Apreciados estudiantes y padres y madres de familia.

La carta que acaban de leer contiene un decálogo metodológico que señala cómo hacer el ejercicio, pero también contiene otro decálogo acerca del qué y con qué hacer el escrito durante El viaje familiar en tiempos de pandemia. Sin más que agregar, “papel y lápiz”. Parafraseando a Confucio: cabeza fría, corazón caliente y larga la mano. (Vernaza, 2014, p. 11).  

Querido papá:

He estado analizando nuestra relación y he descubierto algunas cosas que quiero decirte:

Papá, quiero disculparme por…

Papá, quiero disculparme por…

Papá, quiero disculparme por…

Papá, te perdono por…

Papá, te perdono por…

Papá, te perdono por…

Papá, quiero que sepas que…

Papá, quiero que sepas que…

Papá, quiero que sepas que…

Te quiero mucho, te hecho de menos.

Adiós papá.

Si hay más de tres mensajes en el “quiero disculparme por”, en el “te perdono por” o en el “quiero que sepas que”, se pueden colocar. Ahora, si la persona no se siente representada en estas frases, use otras. Lo que sí debe ser constante es el: Adiós papá o en el ejemplo precedente: “Adiós mi entrañable hijo” o adiós mamá. El decir adiós finalmente resuelve y cierra la comunicación, más no el final de la relación con el destinatario. Hay quienes aseveran que “no decir adiós deja la comunicación abierta, arriesgándote a dilatar el proceso” (Vernaza, 2014). La palabra adiós es muy potente para esa acción.

Hasta luego mis pupilas y pupilos.

Les recuerdo visitar la siguiente fuente.

Vernaza, C. (2014). Reflexiones y herramientas sobre el dolor, el duelo y el sufrimiento humano. Bogotá Colombia.

Carta #20 Los duelos son parte de la vida.

Notables estudiantes y padres de familia.

No todo en la vida es color de rosa, aunque siendo justos las rosas si se dejan ver dónde hay alegría y donde hay tristeza. En la Segunda carta quedó explícito que en el juego que organizó la locura, fue una rama de rosa la que hirió al amor, no obstante, admiramos inconmensurablemente las rosas. En estos 19 relatos de este ejercicio nombrado como El viaje familiar en tiempos de pandemia nos hemos topado con situaciones propias de la cotidianidad, excepto la pandemia del Covid-19. La última carta les parecerá inaudita, por su contenido y lo sugerente. Se refiere a una realidad que nos resistimos a reconocer: la muerte. 

Y me perdonarán que escriba sobre lo que no querrán leer, porque como lo escribe Isa Fonnegra, pionera de la tanatología en Colombia, “la nuestra es una cultura negadora de la muerte…jugamos a ser inmortales” (Fonnegra, 1999, p. 22) , Pareciera una verdad de apuño, que dos de cada tres colombianos prefieren no hablar de la muerte, aunque el 99% haya tenido alguna conexión con el dolor por ese motivo. En una reciente entrevista a Rodolfo Llinás le preguntaron que si le tenía miedo a la muerte, ante lo cual respondió: “Qué le voy a tener miedo a la muerte si nunca voy a conocerla. La única muerte que yo no voy a conocer es la mía. La muerte para mí no existe. De todas maneras, me voy a morir” (González Ávila, 2015). El conocimiento de la muerte –aducía Estanislao Zuleta (Zuleta, 1996)- “es la condición absoluta del conocimiento de la vida”  

Fonegra de Jaramillo, citada en un párrafo anterior señala: “nuestros hijos necesitan, desde pequeños, aprender a afrontar la separación, el dolor, la culpa, la rabia y el temor al futuro” (Fonegra, 1999, p. 291), eso que en los países de vanguardia se conoce como “Educación para la muerte y las pérdidas emocionales”, dando lugar a superar creencias populares como la de no llevar a los niños a las funerarias ni a los entierros y más embarazoso decirles que el occiso “está dormido”, “se fue de viaje”, entre otras mentiras, nefastas para la elaboración del duelo en los pequeños. Igualmente, conduce a sensibilizar a padres y educadores en el sentido en que el conocimiento de la muerte no es más que la condición del conocimiento de la vida. Los únicos que no tienen conciencia –evocando a Vicktor Frankl (Frankl, 2004)- de vivir y de la muerte son la mayoría de los animales y las plantas. 

Una de las huellas más dolorosas que deja en el mundo el Covid es un mar de dolores tal como la llamada Peste española de 1918 y otras epidemias y pandemias de histórica recordación. Y son duelos a lo que estamos llamados a ayudar a tramitar, a elaborar y a acompañar sobre todo porque muchos de los huérfanos son niños, niñas y adolescentes. 

En ese sentido, la siguiente carta es una técnica de la que puede echar mano el docente, el padre de familia u otra persona que crea que lo puede hacer. Me refiero a la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales sea cual fuese el modo de morir, porque la muerte es una, mientras que los modos de morir tienen disímiles expresiones. El texto comienza con un ejemplo y sigue con las recomendaciones para su aplicación en la siguiente carta.   

Hasta luego chicas y chicos.

Recuerda consultar:

Fonnegra, I. (1999). De cara a la muerte. (Intermedio Editores, Ed.). Bogotá DC.

Frankl, V. (2004). El hombre en busca de sentido. (Herder, Ed.). Barcelona.

González Ávila, M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Carta #18 Contagiar alegría y Esperanza

Carísimos estudiantes, madres y padres de familia.

Parto del supuesto que aún siguen jugando al “gallo capón” o a otros juegos, pero en todo caso jugando. Y no solamente los estudiantes sino también los adultos, el juego también es para nosotras y nosotros. Solo se requiere dejar que ese niño o esa niña que cargamos adentro salga y nos ayude a contagiar de alegría, porque la alegría, como lo decía Emerson, es la felicidad.

En este ir y venir de acontecimientos hubo un padre de familia, vecino de Don Tomás, que me pidió que en una carta resaltara el valor de cada una de nosotras y de nosotros y que lo hiciera con un escrito de Jorge Luis Borges que, como dijimos antes, era un escritor invidente, pero no por causa del mal blanco del que se ocupa José Saramago. El texto se conoce como “Valgo”. El padre de familia aclara que lo bajó de internet y que no se acuerda de qué página.       

De tanto perder, aprendí a ganar; de tanto llorar, se me dibujó la sonrisa que tengo. Conozco tanto el piso que sólo miro el cielo. Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Me asombro tanto cómo es el ser humano, que aprendí a ser yo mismo. Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo y saber que soy buena compañía. Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a esperar que me pidieran ayuda. Traté siempre que todo fuese perfecto y comprendí que realmente todo es tan imperfecto, como debe ser (incluyéndome). Hago sólo lo que debo, de la mejor forma que puedo, y los demás que hagan lo que quieran. Vi tantos perros correr sin sentido, que aprendí a ser tortuga y apreciar el recorridoAprendí que en esta vida nada es seguro, sólo la muerte… por eso disfruto el momento y lo que tengo. Aprendí que nadie me pertenece, y aprendí que estarán conmigo el tiempo que quieran y deban estar, y quien realmente está interesado en mí me lo hará saber a cada momento y contra lo que sea. Que la verdadera amistad sí existe, pero no es fácil encontrarla. Que quien te ama te lo demostrará siempre sin necesidad de que se lo pidas. Que ser fiel no es una obligación, sino un verdadero placer cuando el amor es el dueño de ti. Eso es vivir…La vida es bella con su ir y venir, con sus sabores y sinsabores… Aprendí a vivir y disfrutar cada detalle, aprendí de los errores, pero no vivo pensando en ellos, pues siempre suelen ser un recuerdo amargo que te impide seguir adelante, pues, hay errores irremediables. Las heridas fuertes nunca se borran de tu corazón, pero siempre hay alguien realmente dispuesto a sanarlas.” 

Los contenidos de esta carta lo mismo que la carta en la que nos ocupamos del juego de los sentimientos, la otra conexa con la máquina de la memoria y en si las dieciocho que llevamos hasta ahora, nos otorgan muchas pistas sobre la experiencia que estamos viviendo con la pandemia del Covid-2019. Borges, además de hacernos sentir el valor de la vida y de todo lo que de ella pende también nos convoca a releer cada misiva para aprovechar al máximo su contenido (Borges, 1974). Parafraseando a Paulo Freire, en el título de uno de sus tantos libros (Freire, 1994), podríamos titular estas misivas como Cartas de Esperanza a quien pretende aprender. Les dejo esa inquietante tarea. 

Hasta luego chicas, chicos, madres y padres de familia.  

Les recuerdo consultar los autores citados y sugerirles a sus profes que lean las Cartas de Paulo Freire A quien pretende enseñar. Ahí está el enlace.  

Borges, J. (1974). Obras completas. (Emecé, Ed.). Buenos Aires.

Freire, P. (1994). Cartas a quien pretende enseñar. (S. X. Editores, Ed.), Educación. Madrid. https://doi.org/10.1017/CBO9781107415324.004

Duodécima carta: lecciones de Rebeca para el autocuidado

Buenas tardes inolvidables estudiantes, madres y padres de familia.

Bueno familia, llegamos a la primera docena de cartas. Se trata de un esfuerzo que tanto ustedes padres, madres de familia, educandos y docentes estamos haciendo, desde nuestros hogares, para conservar la vida de todos los seres humanos cuidándonos y auto cuidándonos. Y digo que cuidándonos y auto cuidándonos, porque algunos estudiantes, madres y padres de familia me han hecho saber que esa palabra confinamientoes muy fea” y que la del encierro, “peor”, porque les trae muy malos recuerdos de la niñez, la infancia y la adolescencia cuando sus padres los dejaban con candado, con un tetero y con el televisor prendido. 

Son palabras que deprimen, agobian y evocan dolor, miedo y la tristeza. Muy sugestivo me ha parecido el reclamo, tanto que me llevó a traer al presente la sabiduría de Vicente García Huidobro cuando dice: “Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; el adjetivo, cuando no da vida, mata”. Y efectivamente mis interlocutores no se quedaron en la queja sino proponen que a cambio de usar esas “horribles” palabras mejor adoptar vocablos como cuidado, autocuidado, prevención, porque eso es lo que estamos haciendo. Nos estamos cuidando, previniendo el contagio y la enfermedad. 

No me había puesto a pensar en esos significados, tal vez porque yo me crié en el campo y los únicos límites que una tenía eran las noches obscuras, lo demás era libertad y ocupación. Probablemente como puede estar sucediendo hoy o si no ¿cómo se producen los alimentos y cómo nos los hacen llegar los campesinos a la ciudad? Así como este comentario hay otros que la extensión de la carta no me deja transcribir. En todo caso, a pesar de las dificultades y de no tener a mis estudiantes al frente, no me siento mal. 

Y, a propósito de no tener a los estudiantes al frente, al lado o encima aglomerados como abejas sobre mi diminuta humanidad so pretexto de preguntar, jugar y hacer camaradería; dos de mis entrañables alumnos me expresaron que no le pusiera cuidado a eso que dijeron unos niños en la carta anterior con unas frases también feas: 

¡profe, no se dé garra! con esas cartas tan largas! No nos la vaya a montar porque estamos en la mala, tirándole el yugulazo a uno

Nosotras respaldamos a la profe, porque ella está haciendo su trabajo como miles de profes. Lo peor sería que no tuviéramos clases así sea mediante cartas mientras…¡que se pongan ellos como profes haber cómo les va con sus alumnos!” Dijo un grupo

Y finalmente desde otro grupo apuntan: 

– “Lo que pasa es que esos niños, que nosotras nos imaginamos cuáles son, están acostumbrados a estar fuera del puesto, a quitarle las cosas a los demás, a tratar mal a las niñas en el salón, pero como están en la casa con los padres es muy distinto…¡eso sí de malas! Del corazón habla la lengua, como dicen por ahí profe”                 

El viaje familiar en tiempos de pandemia con todos estos apuntes y muchos que están por hacerse me traslada a Macondo, aquella aldea de veinte casas de barro y caña brava “construido a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos” (García, 2007, p. 9). 

A la casa de José Arcadio Buendía, uno de los fundadores de la aldea, llega, proveniente de Manaure, una niña de once años quien responde al nombre de Rebeca, bajo el encargo de unos traficantes de pieles. Ella era una niña huérfana que cargaba, en un talego, los huesos de sus padres Nicanor Ulloa y Rebeca Montiel, sus progenitores. A la niña Rebeca le gustaba comer la tierra húmeda del patio y arrancar, con las uñas, tortas de cal de las paredes para merendar. 

En el rincón más apartado de la casa se sentaba en una mecedora a chuparse los dedos a escondidas, porque si Úrsula, la otra fundadora de Macondo, se percataba, al día siguiente, le daba una pócima de jugo de naranja con ruibarbo para que la niña la tomara en ayunas. Un menjurje serenada la noche anterior para que el hígado reaccionara y rebeca dejara de comer tierra y cal. 

Úrsula, también ungía la hiel de vaca en el patio y untaba de ají las paredes, contrarrestando la actitud de Rebeca. Esa traslación me insta a pensar sobre la situación de muchas y muchos estudiantes con problemas similares a los de Rebeca incluso sin ellos, porque en la angustia, como decía otro gran filósofo, Bertrand Russell: “volvemos a los estadios iniciales, donde no existe la humanidad sino el Yo que busca ansiosamente satisfacerse” (Russell, 1985)

Lo único que le llamaba la atención a la niña guajira era la música de los relojes de madera labrada, que su pariente José Arcadio Buendía había mandado a colocar en reemplazo de los pájaros que, desde la época de la fundación de Macondo, alegraban el tiempo con sus flautas. 

A pesar de la ingesta diaria de una pócima de jugo de naranja con ruibarbo, serenada la noche anterior para que el hígado de Rebeca le reaccionara, a pesar de la ungida del patio con hiel de vaca y de la embebida de las paredes con ají, a pesar de las tundas y los correazos; a pesar de todo ello, la niña no se desalentó sino que fue grande, porque se ganó el espacio como integrante de estirpe de la familia Buendía, fue recibida como la hermana mayor de Amaranta y Arcadio con quienes jugaba, logró dormir en el cuarto con los otros niños. Encima de todo, hacía manualidades, era partícipe de las comidas, se distinguía por hablar muy bien el castellano y se ganó el afecto de su prima Úrsula, demostrando que Macondo, como lo dijo Gabriel García Márquez, “más que un lugar en el mundo, es un estado de ánimo.” (García M., 2007).

Hasta la próxima chicuelas y chicuelos.

Fuerza y ánimo para estos días difíciles,

Con cariño,

Su profe Esperanza

Nota. Les recuerdo volver a consultar:

Russell, B. (1985). Las funciones de un maestro. En Ensayos educativos (pp. 69–80).

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

Undécima Carta: apelar a la paciencia en tiempos difíciles

Inolvidables estudiantes y padres de familia.

Más me demoré en mandarles la carta que en recibir mensajes por el WhatsApp diciéndome: <<¡Uy relájese profe, no se de garra con esas cartas tan largas>> << no nos la vaya a montar porque estamos en la mala, lo que nosotros queremos es su apoyo, sus palabras de aliento, porque déjeme decirle, hay profes que se están dando garra con esas tareas, tirándole el yugulazo a uno”>>. 

Bueno estimadas y estimados, no pensé que la lección de la guacamaya la pusieran en práctica tan prontamente. Eso me gusta y a cambio de molestarme, me alienta porque esos comentarios sirven para crecer: <<Lo más difícil de enseñar es dejar aprender>> decía un eminente filósofo alemán llamado Martín Heidegger. Ahora bien, luego de compartir estos puntos de vista, les tengo otra buena noticia: ¡me ha llegado otra carta al correo! Es una carta que llama mucho la atención, porque es de la madre de un egresado del colegio y de uno de mis díscolos estudiantes. Esta vez no lloré, quedé asombrada por la manera como esta progenitora relaciona los hechos diacrónicamente, es decir, el presente con el pasado.

Ella comienza la epístola relatando el comportamiento de un médico que es conducido a un antiguo manicomio porque una epidemia de ceguera invade a la población donde habita, lo llaman el o mal blanco porque todo lo ven blanco incluidos los semáforos. A ese galeno, al igual que a la profe de su hijo, le brotan las lágrimas y le corren en cristales por sus mejillas al escuchar a los pacientes que están siendo infectados por el mal blanco, sin poder hacer nada, porque nadie sabe qué es, quién lo produce y menos cómo afrontarlo, a diferencia nuestra que lo sabemos todo tal como lo dijimos en la Quinta carta: “Sabemos cuál es el mal y cuál es el remedio” y que el remedio principal está en nuestras manos.  

 La señora madre de mi educando, además de contar este episodio y de hacer la similitud con el lloriqueo de la profe, se puso en la tarea de indagar qué hicieron en ese país para impedir el contagio, para tratar ciegos, contagiados y para impedir la mortalidad. ¿Para qué hace Ella todo esto? Lo hace para avizorar de qué manera los colombianos y el mundo no sale tan mal librado de la pandemia de la Covid-19. ¡Excelente iniciativa! y buen ejemplo a seguir. La madre admirable se aferra de una verdad de Perogrullo coreada por uno de los enfermos de la ceguera: <<el peor ciego es el que no quiere ver>> (Saramago, 1995, p. 398) y dice que le quedó sonando mucho una frase que leyó en la Segunda carta aludiendo a uno de los sentimientos: <<el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña>>    

Cuenta la señora que el gobierno encomendó a los ministros de atender el brote epidémico del mal blanco y nombró a una Comisión para encargarse del aislamiento, el transporte y auxilios a los ciegos propiamente dichos y de los contaminados. La Comisión recomendó que se echara mano de un manicomio que estaba en desuso, unas instalaciones militares, la feria y un hipermercado. La Feria y el hipermercado fueron descartados, la primera porque al ministro de Industria le disgustaba la iniciativa y el segundo tampoco porque exigía trámites legales engorrosos.

El primero en ser internado en el manicomio fue el médico y su esposa. ¿Recuerdan que en la Novena carta hablamos de un <<impaciente médico que no podía recuperar la visión>>? Estamos hablando del mismo médico, de ese ser humano que lloró al no poder hacer nada por sus pacientes, tal como lloró la locura cuando hirió al amor y tampoco pudo recuperarle la vista al amor, o como lloró la profe al recibir la carta de su estudiante. Las lágrimas exteriorizan dolor, aunque en ocasiones se llora de alegría de felicidad, porque la alegría es la felicidad según el filosofo pesimista Arthur Schopenhauer.

Con este médico oftalmólogo– relata la señora- con su esposa, con el niño estrábico, con viejo de la venda negra y con la chica de las gafas oscuras quien dijo que “la paciencia es buena para la vista”; con ellas y ellos, severamente aislados, empezó la cuarenta sin la esperanza de salir del manicomio hasta que se descubriera la cura para la enfermedad. Entre las principales instrucciones destaca la madre de familia en su relato:

<<Las luces debían permanecer encendidas y era inútil intentar encenderlas porque los interruptores no funcionaban. La persona que se retirara del manicomio sin autorización podía morir en el acto, en cada sala había un teléfono que solo se podía usar para pedir reposición de productos higiénicos y aseo, cada persona debía lavar su ropa. Entre todos debían elegir a un responsable de sala. Tres veces al día les llevaban cajas de comida que se dejaban a la entrada de cada puerta para cada uno de los ciegos y contagiados. Todos los residuos se debía quemar teniendo el cuidado de no causar incendio, y  en caso de que hubiera un incendio fortuito o provocado los bomberos no intervendrían. Si alguna persona que sufra dolencias o agresiones no contaba con ayuda externa. Si uno de los enfermos o contagiados moría, debían enterrarlo adentro del manicomio. La persona contagiada que quedara ciega debía pasar al lado de los ciegos inmediatamente. Y, como si todas estas normas no fuesen suficientes, todos los días, a una misma hora, el ministro les repetía esta cantaleta>>     

No podemos controlar la pandemia y debemos recordar que es inútil sufrir por lo incontroloable, lo que podemos controlar es la manera en la que hacemos frente a esta difícil situación y para ello, como dice la madre de mi estudiante, la paciencia es nuestra aliada.

Nos veremos peladas y pelados.

Nota. Les recuerdo volver a leer a: 

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Nomos S.A, Ed.). Bogotá DC.

Décima carta: Del SI y el NO a los matices, la potencia de conversar.

Admiradas y admirados estudiantes, madres y padres de familia.Espero que al recibir esta carta la paciencia y la videncia sean las compañeras de El viaje familiar en tiempos de pandemia, pues, a decir verdad, todas y todos estamos en la mala. Pero, como ya lo leyeron en la Quinta carta: La situación es grave, pero tiene solución y en estos momentos hasta las fábulas nos auxilian con enseñanzas prácticas.

Es por esta razón que, además de la lección que nos da el quinteto de tortugas en cuanto al respeto de los ritmos, la forma de asumir las situaciones con serenidad y firmeza, quiero compartir con cada una, cada uno de los estudiantes, madres y padres de familia un ejemplo de convivencia en el que lo decisivo es la organización y el respeto. Sobre el respeto son bastantes los pasajes que recorrimos y las vivencias que hemos tenido en el aula de clase, empero, quiero enfatizarlo:

Respeto significa tomar en serio el pensamiento del otro y de la otra: discutir, debatir con él o ella sin agredir, sin violentar, sin ofender, sin intimidar, sin desacreditar su punto de vista, sin aprovechar los errores que cometa o los malos ejemplos que presente; respeto es esforzarnos por comprender por qué piensa así, evaluar el grado de acuerdo que tenemos y posicionarnos desde nuestros pensamiento propio (Zuleta, 1997)       

En cierta ocasión se reunieron los animales para tratar asuntos graves de interés general para todo el reino animal. Era algo así como un simposio, una constituyente o la reunión del Consejo estudiantil, nada que ver en todo caso con una cuarentena.

El constituyente primario o pueblo soberano -es decir, todos los animales representados en él- eligió sus dignatarios, dándole la presidencia al rey jaguar más por una costumbre política ancestral que por méritos del jaguar.
 
Antes de iniciar la sesión se suscitó un alboroto porque faltaba al animal humano, entonces el presidente puso sobre el tapete esta pregunta: "¿se invita o no al animal humano?"

La asamblea se dividió en dos: unos por el SI, otros por el NO. El jaguar presidente rugió: “hablen primero los del SÍ”.

Se subió al podio una hormiga y dijo: “El humano es inteligente, ha construido cosas que nosotros no hemos podido edificar; ilumina y calienta su vivienda con energía eléctrica, mientras nosotras vivimos en socavones oscuros y fríos. Refrigera y conserva sus alimentos, construye puentes y túneles que acortan distancias, por consiguiente, debemos invitar al animal humano”.

A continuación, cantó un turpial y se expreso así: “nosotros creíamos tener la voz, pero el humano nos superó. No es sino escuchar los dúos, tríos, óperas, conjuntos y orquestas para convencernos de la realidad. También deseo que se invite al animal humano”.

Enseguida la serpiente opinó: “el animal humano es esbelto y hermoso; tan erguido que mira de frente al cielo y desde la altura vuelve sus ojos hacia la tierra; no es como nosotras que nos arrastramos por el polvo, escondiéndonos de vergüenza ya que sólo inspiramos temor. Estoy de acuerdo, no podemos excluir al animal humano”.

Voló un águila, tomó el micrófono y afirmo: “nosotras junto con el cóndor somos del aire y del viento, pero un humano nos aventajó, construyó nidos volantes que llevan cientos de personas a alturas increíbles y a velocidades fantásticas, supersónicas. No se puede dejar a un lado al animal humano”.

Estando en estas, se acercó bramando un toro y con rabia mal disimulada se expreso así: “Estoy de acuerdo en que invitemos a este cobarde, porque a pesar de su osadía no es más que un cobarde. Reúne gente en un circo para que aplauda su valentía y en medio del licor, el colorido y los pasodobles vestido como un payaso se burla con jactancia de nosotros, y solo se nos acerca cuando ya estamos heridos y desangrados, para matarnos. Invitémoslo para que aprenda a respetar y se avergüence ante nosotros”.

Y en esta forma continuaron hablando, chillando, rugiendo y aullando mientras defendían la convivencia del SÍ a favor del animal humano.

Ahora corresponde el turno al NO”, rugió el jaguar.
 
Astuta y sagaz saltó una guacamaya, tomó el micrófono y gritó: "¡Por Dios, colegas! ¿Qué es lo que están proponiendo? ¿Se han vuelto brutos como los animales humanos? Me opongo rotundamente a invitar al animal humano a nuestras reuniones y para que no piensen que estoy parcializada o manipulada por el clientelismo y la corrupción, estos son mis motivos:
  1. El animal humano nunca ha podido vivir en paz. Si lo invitamos podrá desencadenar la guerra y nos hará pelear.
  2. Los animales humanos no respetan lo ajeno, acaban de firmar un acuerdo de Paz y el conflicto sigue; si se roban entre ellos mismos ¿qué harán con nosotros? A lo peor hasta terminarán eliminándonos como a los líderes sociales.
  3. El animal humano pocas veces dice la verdad y trata de engañarse y engañar a los demás por todos los medios a su disposición.
  4. No respeta las leyes, se excede, se embrutece, violenta a los demás, y hasta hace alarde de su maldad.
  5. Construye con esfuerzo casas y edificios, ciudades enteras y luego, en la guerra, con violencia explosiva, destruye las obras de sus propias manos.
  6. Se ataca con odio, con rabia, con locura; la venganza entre ellos es cosa común, no respetan ni a sus hembras ni a sus crías.
  7. Nosotros buscamos lo necesario para vivir con modestia, pero ellos suspiran por acumular y acumular, no hay límites a su ambición, por eso no viven en paz y por eso los atacan los virus y bacterias.
  8. Y por último y es lo más grave, el humano no respeta a la mujer, es un macho que ejerce el patriarcado; además, el humano no respeta la vida, vicia el aire, contamina las fuentes de agua, ensucia las ciudades, arrasa los bosques e inclusive mata irresponsablemente plantas, insectos, peces, mamíferos y aves -de las que me gustan como las gallinas-, cosa execrable aún para el reino animal y vegetal. Por eso, repito, me opongo a que el animal humano se siente con nosotros y nos degrade con su presencia.

La guacamaya bajó del podio y un gran silencio se extendió por la región. Todos cambiaron de parecer, votaron por el NO y esta es la razón por la cual jamás los animales nos invitan a sus reuniones.

Luego de este fenomenal relato, cierro la epístola teniendo claro que podemos salir delante de esta pandemia pero tenemos que cuestionar y reflexionar sobre lo que como humanos hacemos y erramos, así que no desfalleceremos. Y que el mensaje de cambio de actitud que nos mandan los animales hay que acatarlo, tomarlo en serio, porque en verdad son muchos los daños que como humanidad le hemos causado a la naturaleza.

Hasta pronto estimadas y estimados,

Con cariño,

Su profe Esperanza

Nota. Les recuerdo volver a leer a: 

Zuleta, E. (1996). Lógica y crítica. Lecciones de filosofía. (U. del Valle, Ed.). Calí.

Zuleta, E. (1997). La Educación un Campo de Combate. (Fundación Estanislao Zuleta, Ed.). Cali.