Carta # 25: La esperanza en alto

Queridísimos estudiantes y padres de familia. 

Las y los invito a que recuerden cómo iniciamos nuestra correspondencia. Lo iniciamos imaginándonos un viaje de 6 horas entre Bogotá e Ibagué; 24 horas de Bogotá a Cartagena y varios días a Quito (Ecuador) o a Santiago de Chile en bus. Igualmente, rememoramos el planeta raro de E1 principito donde un día correspondía a1440 puestas al sol y dijimos que la cuarentena o veintena de 19 días de aislamiento social equivaldrían a 16.360 días, es decir que mas de 44 años si viviésemos donde El principito. Pues bien, siguiendo con la invitación a que sigamos imaginando y con la Esperanza en alto, démosle el turno al escritor de la carta para que la lea teniendo en cuenta: 

1. Elegir un lugar privado que lo haga sentir seguro.

2. Llevar contigo unos pañuelos desechables, para evitar interrupciones en el momento en que alguien se los alcance.

3. Trae a la memoria la imagen del destinatario o persona con quien desea aclarar la relación, respira profundo, cierra los ojos antes de comenzar. 

4. Ahora, abre los ojos e inicia la lectura sin detenerse, no deje embotellar las palabras y los sentimientos. 

5. Cuando llegue al final, antes de pronunciar el adiós, vuelve a cerrar los ojos por un momento.     

6. No hay que perder de vista que se le está diciendo adiós es al dolor y a la pena de emociones pendientes. La despedida no es de los buenos recuerdos, tampoco se está despojando de sus creencias espirituales.           

7. Al terminar, si hay varias personas escuchando y si a ninguna se le ocurre darle un abrazo al lector, pide que alguien lo haga.

Y como en la cuarentena también hay tiempo para el cine, permítanme terminar haciendo el siguiente comentario sobre la película Historia sin fin– en la que se persigue a un hombre bestia que hostiga a unos niños y adolescentes que quieren salvar al reino de la Fantasía de una peste que lo está acabando, llamada “la nada” o la violencia. La Fantasía no tiene límites y por ello Atreyu, otro personaje, pregunta que por qué está muriendo. La respuesta de Gmork es: “porque los humanos están perdiendo sus esperanzas y olvidando sus sueños. Así es como la nada se vuelve más fuerte. Los habitantes de Macondo se impusieron a la peste del insomnio y del olvido escribiendo y construyendo la máquina de la memoria, logrando recuperar la luz de la memoria; los habitantes de aquella ciudad asaltada por la ceguera también lograron recuperar la visión, por encima de las vicisitudes. 

Ahora nos corresponde a nosotros por encima del dolor y de todas las pérdidas humanas y materiales salir adelante. Estas cartas apenas son 25 piezas de la 14.000 que elaboró José Arcadio Buendía para ayudar a su pueblo. Queda a merced de cada lector seguir con la segunda parte de esta iniciativa, consignando sus relatos sobre esta experiencia: El viaje familiar en tiempos de pandemia. 

Las y los quiero mucho, mucho peladas, pelaos, madres y padres de familia.

Hasta pronto.

Esta vez la fuente a consultar es la película Historia sin fin.

Su profe Esperanza

Carta #24: Escucharnos para sanarnos

Mis recordados chicos, chicas, madres y padres de familia.

¡Vamos, vamos! Ya estamos en el cuarto momento de elaboración de la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales. Una vez escrita la carta, el maestro, el orientador, el adulto o quien dirige su elaboración debe:

1. Visualizarse con un “corazón con oídos”, escuchar, solamente escuchar. Puede llorar o reír, pero no hablar. Nada de lo que se haga debe implicar juicio, crítica, análisis o comentario. El ser humano comete errores, aprende de ellos, por eso no vilifique ni divinice.  

2. Siéntese a una distancia cómoda del discípulo o escribiente, relájese y asuma el rol de ser un amigo que está escuchando algo importante. “Cuando la gente hable, escucha absolutamente todo. No estés pensando en qué es lo que va a decir. La mayoría de la gente nunca escucha. Ni observa”, sustenta Ernest Hemingway. 

3. No toque a la persona durante la lectura, porque puede detener la expresión emocional y justamente se trata de sacarlas a flote, de dejarla fluir.

4. Mantenga sus emociones bajo control, si se siente afectado, acéptalo. Si, por ejemplo, los ojos se le llenan de lágrimas por lo que escucha, deje que corran por las mejillas como el médico oftalmólogo, en la obra de Saramago, que sufrió el mal blanco o ceguera, evite limpiarse en el momento. Aliste pañuelos.

5. Permanezca todo el tiempo que dure la lectura. Escuchar con el corazón abierto.

6. Cuando el lector, alumno o adulto, pronuncie el adiós, ofrézcale un abrazo, la duración depende del nivel de emoción del uno, del otro o de la otra. 

7. Recuerde que la intelectualización de lo escuchado no tiene cabida: reiteramos: no juzgue, no analice, no critique, no comente. La carta es la culminación de una cantidad de trabajo difícil, muchas veces de la carga de emociones negativas, pero “para indagar en el alma humana es mucho más fructífero adentrarse en las cualidades negativas.”(Vernaza, 2014, p. 65) (Vernaza, 2014).

Hasta luego mis parceras y parceros.

La consulta es la misma de la carta anterior. 

Vernaza, C. (2014). Reflexiones y herramientas sobre el dolor, el duelo y el sufrimiento humano. Bogotá Colombia.

Carta #23 Cabeza fría, corazón caliente y mano larga para escribir

Apreciados estudiantes y padres y madres de familia.

La carta que acaban de leer contiene un decálogo metodológico que señala cómo hacer el ejercicio, pero también contiene otro decálogo acerca del qué y con qué hacer el escrito durante El viaje familiar en tiempos de pandemia. Sin más que agregar, “papel y lápiz”. Parafraseando a Confucio: cabeza fría, corazón caliente y larga la mano. (Vernaza, 2014, p. 11).  

Querido papá:

He estado analizando nuestra relación y he descubierto algunas cosas que quiero decirte:

Papá, quiero disculparme por…

Papá, quiero disculparme por…

Papá, quiero disculparme por…

Papá, te perdono por…

Papá, te perdono por…

Papá, te perdono por…

Papá, quiero que sepas que…

Papá, quiero que sepas que…

Papá, quiero que sepas que…

Te quiero mucho, te hecho de menos.

Adiós papá.

Si hay más de tres mensajes en el “quiero disculparme por”, en el “te perdono por” o en el “quiero que sepas que”, se pueden colocar. Ahora, si la persona no se siente representada en estas frases, use otras. Lo que sí debe ser constante es el: Adiós papá o en el ejemplo precedente: “Adiós mi entrañable hijo” o adiós mamá. El decir adiós finalmente resuelve y cierra la comunicación, más no el final de la relación con el destinatario. Hay quienes aseveran que “no decir adiós deja la comunicación abierta, arriesgándote a dilatar el proceso” (Vernaza, 2014). La palabra adiós es muy potente para esa acción.

Hasta luego mis pupilas y pupilos.

Les recuerdo visitar la siguiente fuente.

Vernaza, C. (2014). Reflexiones y herramientas sobre el dolor, el duelo y el sufrimiento humano. Bogotá Colombia.

Carta #20 Los duelos son parte de la vida.

Notables estudiantes y padres de familia.

No todo en la vida es color de rosa, aunque siendo justos las rosas si se dejan ver dónde hay alegría y donde hay tristeza. En la Segunda carta quedó explícito que en el juego que organizó la locura, fue una rama de rosa la que hirió al amor, no obstante, admiramos inconmensurablemente las rosas. En estos 19 relatos de este ejercicio nombrado como El viaje familiar en tiempos de pandemia nos hemos topado con situaciones propias de la cotidianidad, excepto la pandemia del Covid-19. La última carta les parecerá inaudita, por su contenido y lo sugerente. Se refiere a una realidad que nos resistimos a reconocer: la muerte. 

Y me perdonarán que escriba sobre lo que no querrán leer, porque como lo escribe Isa Fonnegra, pionera de la tanatología en Colombia, “la nuestra es una cultura negadora de la muerte…jugamos a ser inmortales” (Fonnegra, 1999, p. 22) , Pareciera una verdad de apuño, que dos de cada tres colombianos prefieren no hablar de la muerte, aunque el 99% haya tenido alguna conexión con el dolor por ese motivo. En una reciente entrevista a Rodolfo Llinás le preguntaron que si le tenía miedo a la muerte, ante lo cual respondió: “Qué le voy a tener miedo a la muerte si nunca voy a conocerla. La única muerte que yo no voy a conocer es la mía. La muerte para mí no existe. De todas maneras, me voy a morir” (González Ávila, 2015). El conocimiento de la muerte –aducía Estanislao Zuleta (Zuleta, 1996)- “es la condición absoluta del conocimiento de la vida”  

Fonegra de Jaramillo, citada en un párrafo anterior señala: “nuestros hijos necesitan, desde pequeños, aprender a afrontar la separación, el dolor, la culpa, la rabia y el temor al futuro” (Fonegra, 1999, p. 291), eso que en los países de vanguardia se conoce como “Educación para la muerte y las pérdidas emocionales”, dando lugar a superar creencias populares como la de no llevar a los niños a las funerarias ni a los entierros y más embarazoso decirles que el occiso “está dormido”, “se fue de viaje”, entre otras mentiras, nefastas para la elaboración del duelo en los pequeños. Igualmente, conduce a sensibilizar a padres y educadores en el sentido en que el conocimiento de la muerte no es más que la condición del conocimiento de la vida. Los únicos que no tienen conciencia –evocando a Vicktor Frankl (Frankl, 2004)- de vivir y de la muerte son la mayoría de los animales y las plantas. 

Una de las huellas más dolorosas que deja en el mundo el Covid es un mar de dolores tal como la llamada Peste española de 1918 y otras epidemias y pandemias de histórica recordación. Y son duelos a lo que estamos llamados a ayudar a tramitar, a elaborar y a acompañar sobre todo porque muchos de los huérfanos son niños, niñas y adolescentes. 

En ese sentido, la siguiente carta es una técnica de la que puede echar mano el docente, el padre de familia u otra persona que crea que lo puede hacer. Me refiero a la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales sea cual fuese el modo de morir, porque la muerte es una, mientras que los modos de morir tienen disímiles expresiones. El texto comienza con un ejemplo y sigue con las recomendaciones para su aplicación en la siguiente carta.   

Hasta luego chicas y chicos.

Recuerda consultar:

Fonnegra, I. (1999). De cara a la muerte. (Intermedio Editores, Ed.). Bogotá DC.

Frankl, V. (2004). El hombre en busca de sentido. (Herder, Ed.). Barcelona.

González Ávila, M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Carta #18 Contagiar alegría y Esperanza

Carísimos estudiantes, madres y padres de familia.

Parto del supuesto que aún siguen jugando al “gallo capón” o a otros juegos, pero en todo caso jugando. Y no solamente los estudiantes sino también los adultos, el juego también es para nosotras y nosotros. Solo se requiere dejar que ese niño o esa niña que cargamos adentro salga y nos ayude a contagiar de alegría, porque la alegría, como lo decía Emerson, es la felicidad.

En este ir y venir de acontecimientos hubo un padre de familia, vecino de Don Tomás, que me pidió que en una carta resaltara el valor de cada una de nosotras y de nosotros y que lo hiciera con un escrito de Jorge Luis Borges que, como dijimos antes, era un escritor invidente, pero no por causa del mal blanco del que se ocupa José Saramago. El texto se conoce como “Valgo”. El padre de familia aclara que lo bajó de internet y que no se acuerda de qué página.       

De tanto perder, aprendí a ganar; de tanto llorar, se me dibujó la sonrisa que tengo. Conozco tanto el piso que sólo miro el cielo. Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Me asombro tanto cómo es el ser humano, que aprendí a ser yo mismo. Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo y saber que soy buena compañía. Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a esperar que me pidieran ayuda. Traté siempre que todo fuese perfecto y comprendí que realmente todo es tan imperfecto, como debe ser (incluyéndome). Hago sólo lo que debo, de la mejor forma que puedo, y los demás que hagan lo que quieran. Vi tantos perros correr sin sentido, que aprendí a ser tortuga y apreciar el recorridoAprendí que en esta vida nada es seguro, sólo la muerte… por eso disfruto el momento y lo que tengo. Aprendí que nadie me pertenece, y aprendí que estarán conmigo el tiempo que quieran y deban estar, y quien realmente está interesado en mí me lo hará saber a cada momento y contra lo que sea. Que la verdadera amistad sí existe, pero no es fácil encontrarla. Que quien te ama te lo demostrará siempre sin necesidad de que se lo pidas. Que ser fiel no es una obligación, sino un verdadero placer cuando el amor es el dueño de ti. Eso es vivir…La vida es bella con su ir y venir, con sus sabores y sinsabores… Aprendí a vivir y disfrutar cada detalle, aprendí de los errores, pero no vivo pensando en ellos, pues siempre suelen ser un recuerdo amargo que te impide seguir adelante, pues, hay errores irremediables. Las heridas fuertes nunca se borran de tu corazón, pero siempre hay alguien realmente dispuesto a sanarlas.” 

Los contenidos de esta carta lo mismo que la carta en la que nos ocupamos del juego de los sentimientos, la otra conexa con la máquina de la memoria y en si las dieciocho que llevamos hasta ahora, nos otorgan muchas pistas sobre la experiencia que estamos viviendo con la pandemia del Covid-2019. Borges, además de hacernos sentir el valor de la vida y de todo lo que de ella pende también nos convoca a releer cada misiva para aprovechar al máximo su contenido (Borges, 1974). Parafraseando a Paulo Freire, en el título de uno de sus tantos libros (Freire, 1994), podríamos titular estas misivas como Cartas de Esperanza a quien pretende aprender. Les dejo esa inquietante tarea. 

Hasta luego chicas, chicos, madres y padres de familia.  

Les recuerdo consultar los autores citados y sugerirles a sus profes que lean las Cartas de Paulo Freire A quien pretende enseñar. Ahí está el enlace.  

Borges, J. (1974). Obras completas. (Emecé, Ed.). Buenos Aires.

Freire, P. (1994). Cartas a quien pretende enseñar. (S. X. Editores, Ed.), Educación. Madrid. https://doi.org/10.1017/CBO9781107415324.004

Duodécima carta: lecciones de Rebeca para el autocuidado

Buenas tardes inolvidables estudiantes, madres y padres de familia.

Bueno familia, llegamos a la primera docena de cartas. Se trata de un esfuerzo que tanto ustedes padres, madres de familia, educandos y docentes estamos haciendo, desde nuestros hogares, para conservar la vida de todos los seres humanos cuidándonos y auto cuidándonos. Y digo que cuidándonos y auto cuidándonos, porque algunos estudiantes, madres y padres de familia me han hecho saber que esa palabra confinamientoes muy fea” y que la del encierro, “peor”, porque les trae muy malos recuerdos de la niñez, la infancia y la adolescencia cuando sus padres los dejaban con candado, con un tetero y con el televisor prendido. 

Son palabras que deprimen, agobian y evocan dolor, miedo y la tristeza. Muy sugestivo me ha parecido el reclamo, tanto que me llevó a traer al presente la sabiduría de Vicente García Huidobro cuando dice: “Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra; el adjetivo, cuando no da vida, mata”. Y efectivamente mis interlocutores no se quedaron en la queja sino proponen que a cambio de usar esas “horribles” palabras mejor adoptar vocablos como cuidado, autocuidado, prevención, porque eso es lo que estamos haciendo. Nos estamos cuidando, previniendo el contagio y la enfermedad. 

No me había puesto a pensar en esos significados, tal vez porque yo me crié en el campo y los únicos límites que una tenía eran las noches obscuras, lo demás era libertad y ocupación. Probablemente como puede estar sucediendo hoy o si no ¿cómo se producen los alimentos y cómo nos los hacen llegar los campesinos a la ciudad? Así como este comentario hay otros que la extensión de la carta no me deja transcribir. En todo caso, a pesar de las dificultades y de no tener a mis estudiantes al frente, no me siento mal. 

Y, a propósito de no tener a los estudiantes al frente, al lado o encima aglomerados como abejas sobre mi diminuta humanidad so pretexto de preguntar, jugar y hacer camaradería; dos de mis entrañables alumnos me expresaron que no le pusiera cuidado a eso que dijeron unos niños en la carta anterior con unas frases también feas: 

¡profe, no se dé garra! con esas cartas tan largas! No nos la vaya a montar porque estamos en la mala, tirándole el yugulazo a uno

Nosotras respaldamos a la profe, porque ella está haciendo su trabajo como miles de profes. Lo peor sería que no tuviéramos clases así sea mediante cartas mientras…¡que se pongan ellos como profes haber cómo les va con sus alumnos!” Dijo un grupo

Y finalmente desde otro grupo apuntan: 

– “Lo que pasa es que esos niños, que nosotras nos imaginamos cuáles son, están acostumbrados a estar fuera del puesto, a quitarle las cosas a los demás, a tratar mal a las niñas en el salón, pero como están en la casa con los padres es muy distinto…¡eso sí de malas! Del corazón habla la lengua, como dicen por ahí profe”                 

El viaje familiar en tiempos de pandemia con todos estos apuntes y muchos que están por hacerse me traslada a Macondo, aquella aldea de veinte casas de barro y caña brava “construido a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos” (García, 2007, p. 9). 

A la casa de José Arcadio Buendía, uno de los fundadores de la aldea, llega, proveniente de Manaure, una niña de once años quien responde al nombre de Rebeca, bajo el encargo de unos traficantes de pieles. Ella era una niña huérfana que cargaba, en un talego, los huesos de sus padres Nicanor Ulloa y Rebeca Montiel, sus progenitores. A la niña Rebeca le gustaba comer la tierra húmeda del patio y arrancar, con las uñas, tortas de cal de las paredes para merendar. 

En el rincón más apartado de la casa se sentaba en una mecedora a chuparse los dedos a escondidas, porque si Úrsula, la otra fundadora de Macondo, se percataba, al día siguiente, le daba una pócima de jugo de naranja con ruibarbo para que la niña la tomara en ayunas. Un menjurje serenada la noche anterior para que el hígado reaccionara y rebeca dejara de comer tierra y cal. 

Úrsula, también ungía la hiel de vaca en el patio y untaba de ají las paredes, contrarrestando la actitud de Rebeca. Esa traslación me insta a pensar sobre la situación de muchas y muchos estudiantes con problemas similares a los de Rebeca incluso sin ellos, porque en la angustia, como decía otro gran filósofo, Bertrand Russell: “volvemos a los estadios iniciales, donde no existe la humanidad sino el Yo que busca ansiosamente satisfacerse” (Russell, 1985)

Lo único que le llamaba la atención a la niña guajira era la música de los relojes de madera labrada, que su pariente José Arcadio Buendía había mandado a colocar en reemplazo de los pájaros que, desde la época de la fundación de Macondo, alegraban el tiempo con sus flautas. 

A pesar de la ingesta diaria de una pócima de jugo de naranja con ruibarbo, serenada la noche anterior para que el hígado de Rebeca le reaccionara, a pesar de la ungida del patio con hiel de vaca y de la embebida de las paredes con ají, a pesar de las tundas y los correazos; a pesar de todo ello, la niña no se desalentó sino que fue grande, porque se ganó el espacio como integrante de estirpe de la familia Buendía, fue recibida como la hermana mayor de Amaranta y Arcadio con quienes jugaba, logró dormir en el cuarto con los otros niños. Encima de todo, hacía manualidades, era partícipe de las comidas, se distinguía por hablar muy bien el castellano y se ganó el afecto de su prima Úrsula, demostrando que Macondo, como lo dijo Gabriel García Márquez, “más que un lugar en el mundo, es un estado de ánimo.” (García M., 2007).

Hasta la próxima chicuelas y chicuelos.

Fuerza y ánimo para estos días difíciles,

Con cariño,

Su profe Esperanza

Nota. Les recuerdo volver a consultar:

Russell, B. (1985). Las funciones de un maestro. En Ensayos educativos (pp. 69–80).

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

Undécima Carta: apelar a la paciencia en tiempos difíciles

Inolvidables estudiantes y padres de familia.

Más me demoré en mandarles la carta que en recibir mensajes por el WhatsApp diciéndome: <<¡Uy relájese profe, no se de garra con esas cartas tan largas>> << no nos la vaya a montar porque estamos en la mala, lo que nosotros queremos es su apoyo, sus palabras de aliento, porque déjeme decirle, hay profes que se están dando garra con esas tareas, tirándole el yugulazo a uno”>>. 

Bueno estimadas y estimados, no pensé que la lección de la guacamaya la pusieran en práctica tan prontamente. Eso me gusta y a cambio de molestarme, me alienta porque esos comentarios sirven para crecer: <<Lo más difícil de enseñar es dejar aprender>> decía un eminente filósofo alemán llamado Martín Heidegger. Ahora bien, luego de compartir estos puntos de vista, les tengo otra buena noticia: ¡me ha llegado otra carta al correo! Es una carta que llama mucho la atención, porque es de la madre de un egresado del colegio y de uno de mis díscolos estudiantes. Esta vez no lloré, quedé asombrada por la manera como esta progenitora relaciona los hechos diacrónicamente, es decir, el presente con el pasado.

Ella comienza la epístola relatando el comportamiento de un médico que es conducido a un antiguo manicomio porque una epidemia de ceguera invade a la población donde habita, lo llaman el o mal blanco porque todo lo ven blanco incluidos los semáforos. A ese galeno, al igual que a la profe de su hijo, le brotan las lágrimas y le corren en cristales por sus mejillas al escuchar a los pacientes que están siendo infectados por el mal blanco, sin poder hacer nada, porque nadie sabe qué es, quién lo produce y menos cómo afrontarlo, a diferencia nuestra que lo sabemos todo tal como lo dijimos en la Quinta carta: “Sabemos cuál es el mal y cuál es el remedio” y que el remedio principal está en nuestras manos.  

 La señora madre de mi educando, además de contar este episodio y de hacer la similitud con el lloriqueo de la profe, se puso en la tarea de indagar qué hicieron en ese país para impedir el contagio, para tratar ciegos, contagiados y para impedir la mortalidad. ¿Para qué hace Ella todo esto? Lo hace para avizorar de qué manera los colombianos y el mundo no sale tan mal librado de la pandemia de la Covid-19. ¡Excelente iniciativa! y buen ejemplo a seguir. La madre admirable se aferra de una verdad de Perogrullo coreada por uno de los enfermos de la ceguera: <<el peor ciego es el que no quiere ver>> (Saramago, 1995, p. 398) y dice que le quedó sonando mucho una frase que leyó en la Segunda carta aludiendo a uno de los sentimientos: <<el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña>>    

Cuenta la señora que el gobierno encomendó a los ministros de atender el brote epidémico del mal blanco y nombró a una Comisión para encargarse del aislamiento, el transporte y auxilios a los ciegos propiamente dichos y de los contaminados. La Comisión recomendó que se echara mano de un manicomio que estaba en desuso, unas instalaciones militares, la feria y un hipermercado. La Feria y el hipermercado fueron descartados, la primera porque al ministro de Industria le disgustaba la iniciativa y el segundo tampoco porque exigía trámites legales engorrosos.

El primero en ser internado en el manicomio fue el médico y su esposa. ¿Recuerdan que en la Novena carta hablamos de un <<impaciente médico que no podía recuperar la visión>>? Estamos hablando del mismo médico, de ese ser humano que lloró al no poder hacer nada por sus pacientes, tal como lloró la locura cuando hirió al amor y tampoco pudo recuperarle la vista al amor, o como lloró la profe al recibir la carta de su estudiante. Las lágrimas exteriorizan dolor, aunque en ocasiones se llora de alegría de felicidad, porque la alegría es la felicidad según el filosofo pesimista Arthur Schopenhauer.

Con este médico oftalmólogo– relata la señora- con su esposa, con el niño estrábico, con viejo de la venda negra y con la chica de las gafas oscuras quien dijo que “la paciencia es buena para la vista”; con ellas y ellos, severamente aislados, empezó la cuarenta sin la esperanza de salir del manicomio hasta que se descubriera la cura para la enfermedad. Entre las principales instrucciones destaca la madre de familia en su relato:

<<Las luces debían permanecer encendidas y era inútil intentar encenderlas porque los interruptores no funcionaban. La persona que se retirara del manicomio sin autorización podía morir en el acto, en cada sala había un teléfono que solo se podía usar para pedir reposición de productos higiénicos y aseo, cada persona debía lavar su ropa. Entre todos debían elegir a un responsable de sala. Tres veces al día les llevaban cajas de comida que se dejaban a la entrada de cada puerta para cada uno de los ciegos y contagiados. Todos los residuos se debía quemar teniendo el cuidado de no causar incendio, y  en caso de que hubiera un incendio fortuito o provocado los bomberos no intervendrían. Si alguna persona que sufra dolencias o agresiones no contaba con ayuda externa. Si uno de los enfermos o contagiados moría, debían enterrarlo adentro del manicomio. La persona contagiada que quedara ciega debía pasar al lado de los ciegos inmediatamente. Y, como si todas estas normas no fuesen suficientes, todos los días, a una misma hora, el ministro les repetía esta cantaleta>>     

No podemos controlar la pandemia y debemos recordar que es inútil sufrir por lo incontroloable, lo que podemos controlar es la manera en la que hacemos frente a esta difícil situación y para ello, como dice la madre de mi estudiante, la paciencia es nuestra aliada.

Nos veremos peladas y pelados.

Nota. Les recuerdo volver a leer a: 

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Nomos S.A, Ed.). Bogotá DC.

Décima carta: Del SI y el NO a los matices, la potencia de conversar.

Admiradas y admirados estudiantes, madres y padres de familia.Espero que al recibir esta carta la paciencia y la videncia sean las compañeras de El viaje familiar en tiempos de pandemia, pues, a decir verdad, todas y todos estamos en la mala. Pero, como ya lo leyeron en la Quinta carta: La situación es grave, pero tiene solución y en estos momentos hasta las fábulas nos auxilian con enseñanzas prácticas.

Es por esta razón que, además de la lección que nos da el quinteto de tortugas en cuanto al respeto de los ritmos, la forma de asumir las situaciones con serenidad y firmeza, quiero compartir con cada una, cada uno de los estudiantes, madres y padres de familia un ejemplo de convivencia en el que lo decisivo es la organización y el respeto. Sobre el respeto son bastantes los pasajes que recorrimos y las vivencias que hemos tenido en el aula de clase, empero, quiero enfatizarlo:

Respeto significa tomar en serio el pensamiento del otro y de la otra: discutir, debatir con él o ella sin agredir, sin violentar, sin ofender, sin intimidar, sin desacreditar su punto de vista, sin aprovechar los errores que cometa o los malos ejemplos que presente; respeto es esforzarnos por comprender por qué piensa así, evaluar el grado de acuerdo que tenemos y posicionarnos desde nuestros pensamiento propio (Zuleta, 1997)       

En cierta ocasión se reunieron los animales para tratar asuntos graves de interés general para todo el reino animal. Era algo así como un simposio, una constituyente o la reunión del Consejo estudiantil, nada que ver en todo caso con una cuarentena.

El constituyente primario o pueblo soberano -es decir, todos los animales representados en él- eligió sus dignatarios, dándole la presidencia al rey jaguar más por una costumbre política ancestral que por méritos del jaguar.
 
Antes de iniciar la sesión se suscitó un alboroto porque faltaba al animal humano, entonces el presidente puso sobre el tapete esta pregunta: "¿se invita o no al animal humano?"

La asamblea se dividió en dos: unos por el SI, otros por el NO. El jaguar presidente rugió: “hablen primero los del SÍ”.

Se subió al podio una hormiga y dijo: “El humano es inteligente, ha construido cosas que nosotros no hemos podido edificar; ilumina y calienta su vivienda con energía eléctrica, mientras nosotras vivimos en socavones oscuros y fríos. Refrigera y conserva sus alimentos, construye puentes y túneles que acortan distancias, por consiguiente, debemos invitar al animal humano”.

A continuación, cantó un turpial y se expreso así: “nosotros creíamos tener la voz, pero el humano nos superó. No es sino escuchar los dúos, tríos, óperas, conjuntos y orquestas para convencernos de la realidad. También deseo que se invite al animal humano”.

Enseguida la serpiente opinó: “el animal humano es esbelto y hermoso; tan erguido que mira de frente al cielo y desde la altura vuelve sus ojos hacia la tierra; no es como nosotras que nos arrastramos por el polvo, escondiéndonos de vergüenza ya que sólo inspiramos temor. Estoy de acuerdo, no podemos excluir al animal humano”.

Voló un águila, tomó el micrófono y afirmo: “nosotras junto con el cóndor somos del aire y del viento, pero un humano nos aventajó, construyó nidos volantes que llevan cientos de personas a alturas increíbles y a velocidades fantásticas, supersónicas. No se puede dejar a un lado al animal humano”.

Estando en estas, se acercó bramando un toro y con rabia mal disimulada se expreso así: “Estoy de acuerdo en que invitemos a este cobarde, porque a pesar de su osadía no es más que un cobarde. Reúne gente en un circo para que aplauda su valentía y en medio del licor, el colorido y los pasodobles vestido como un payaso se burla con jactancia de nosotros, y solo se nos acerca cuando ya estamos heridos y desangrados, para matarnos. Invitémoslo para que aprenda a respetar y se avergüence ante nosotros”.

Y en esta forma continuaron hablando, chillando, rugiendo y aullando mientras defendían la convivencia del SÍ a favor del animal humano.

Ahora corresponde el turno al NO”, rugió el jaguar.
 
Astuta y sagaz saltó una guacamaya, tomó el micrófono y gritó: "¡Por Dios, colegas! ¿Qué es lo que están proponiendo? ¿Se han vuelto brutos como los animales humanos? Me opongo rotundamente a invitar al animal humano a nuestras reuniones y para que no piensen que estoy parcializada o manipulada por el clientelismo y la corrupción, estos son mis motivos:
  1. El animal humano nunca ha podido vivir en paz. Si lo invitamos podrá desencadenar la guerra y nos hará pelear.
  2. Los animales humanos no respetan lo ajeno, acaban de firmar un acuerdo de Paz y el conflicto sigue; si se roban entre ellos mismos ¿qué harán con nosotros? A lo peor hasta terminarán eliminándonos como a los líderes sociales.
  3. El animal humano pocas veces dice la verdad y trata de engañarse y engañar a los demás por todos los medios a su disposición.
  4. No respeta las leyes, se excede, se embrutece, violenta a los demás, y hasta hace alarde de su maldad.
  5. Construye con esfuerzo casas y edificios, ciudades enteras y luego, en la guerra, con violencia explosiva, destruye las obras de sus propias manos.
  6. Se ataca con odio, con rabia, con locura; la venganza entre ellos es cosa común, no respetan ni a sus hembras ni a sus crías.
  7. Nosotros buscamos lo necesario para vivir con modestia, pero ellos suspiran por acumular y acumular, no hay límites a su ambición, por eso no viven en paz y por eso los atacan los virus y bacterias.
  8. Y por último y es lo más grave, el humano no respeta a la mujer, es un macho que ejerce el patriarcado; además, el humano no respeta la vida, vicia el aire, contamina las fuentes de agua, ensucia las ciudades, arrasa los bosques e inclusive mata irresponsablemente plantas, insectos, peces, mamíferos y aves -de las que me gustan como las gallinas-, cosa execrable aún para el reino animal y vegetal. Por eso, repito, me opongo a que el animal humano se siente con nosotros y nos degrade con su presencia.

La guacamaya bajó del podio y un gran silencio se extendió por la región. Todos cambiaron de parecer, votaron por el NO y esta es la razón por la cual jamás los animales nos invitan a sus reuniones.

Luego de este fenomenal relato, cierro la epístola teniendo claro que podemos salir delante de esta pandemia pero tenemos que cuestionar y reflexionar sobre lo que como humanos hacemos y erramos, así que no desfalleceremos. Y que el mensaje de cambio de actitud que nos mandan los animales hay que acatarlo, tomarlo en serio, porque en verdad son muchos los daños que como humanidad le hemos causado a la naturaleza.

Hasta pronto estimadas y estimados,

Con cariño,

Su profe Esperanza

Nota. Les recuerdo volver a leer a: 

Zuleta, E. (1996). Lógica y crítica. Lecciones de filosofía. (U. del Valle, Ed.). Calí.

Zuleta, E. (1997). La Educación un Campo de Combate. (Fundación Estanislao Zuleta, Ed.). Cali.

Cuarta carta: la fuerza de la miniatura en tiempos de pandemia

Queridas y queridos estudiantes,

estimadas madres y estimados padres de familia,

Ya he compartido con ustedes tres cartas,la primera, como lo recordarán, versa acerca de lo que significa el viaje familiar en tiempos de pandemia dentro de la cuarentena relacionando el tiempo y el espacio en algunos ejemplos como el desplazamiento a ciudades, países y al planeta de El Principito. Los contenidos de la segunda carta están afirmados en los sentimientos y su pertinencia en el manejo de la cuarentena de manera individual y colectiva. La tercera hace referencia a los viajes de personajes de la historia universal y colombiana como Odiseo, Colón y Fermina Daza y Florentino Ariza en los tiempos de la epidemia del cólera.

Hecho este somero recuento quiero manifestarles en esta misiva que con el viaje familiar en tiempos de pandemia pretendemos, como ya se ha enfatizado, evitar que el virus entre a nuestro cuerpo y que en caso de que llegase a ocurrir el reto es desintegrarlo.

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– ¿Cómo así que desintegrarlo profe? preguntará alguna de mis imaginarias estudiantes. Se aduce que desintegrarlo, porque el virus no es un organismo vivo, no es una bacteria, ni un hongo, no tiene padres ni hermanos, es una molécula de proteína cubierta por una capa o corona (por eso la denominación de coronavirus) protectora de grasa, que al ser absorbida por la mucosa nasal, bucal u ocular ingresa al cuerpo y ataca principalmente al sistema respiratorio.

A esa molécula no se le mata con antibiótico ni con bactericida (porque no es bacteria) sino hay que desintegrarla con agua caliente a temperatura superior a 50 grados, vapor superior a dicha temperatura, jabón espumoso, alcohol, agua oxigenada y con algunos remedios farmacológicos que están siendo objeto de estudio y experimentación para su aplicación en próximos meses.

¡Qué paradoja que algo tan pequeño tenga tanta fuerza que pone en riesgo la existencia humana en el planeta! Esto me lleva a recordar a Bachelard cuando afirma en La poética del espacio: “que lo grande surja de lo pequeño es una de las fuerzas de la miniatura” (Bachelard, 2000) La pandemia es lo grande y lo pequeño el Coranavid-19. Que un incendio emane de una cerilla encendida o del impalpable roce de dos cables eléctricos con polos opuestos o, en nuestro caso, de una persona portadora del Coronavirus que en poco tiempo puede contagiar a decenas y centenares de personas, es la fuerza de la miniatura o de lo poco sobre lo bastante.

Y finalmente, miren lo potente y lo curioso de la miniatura. Es análogo, en la parte inicial a las prácticas de enseñanza: el virus entra en contacto con la célula, hace que ella lea algo y repita aquello que lee y, además, que le copie muchas veces, y finalmente se destruya por lo que ha leído y repetido. La diferencia, en la parte final del proceso de la miniatura, está en que lo que ha leído y memorizado el educando no lo destruye sino lo construye, le potencia la existencia, no se aniquila. Los virus crean anticuerpos el organismo.

 

Hasta la próxima chicas, chicos, madres y padres de familia.

 

Nota. Recuerda ampliar la lectura consultando el libro que sugiero enseguida:

Bachelard, G. (2000). La poética del espacio. (F. de C. Económica, Ed.). Santa Fe de Bogotá.

Tercera carta: retomemos la idea del viaje

Hola lector, lectora:

Como se pudieron dar cuenta, no pude seguir con la carta anterior porque uno de mis estudiantes, desde la imaginación, me interrumpió, como sucede en clase, con otro tema: el de la locura. Pero esa interrupción nos permitió recordar algunos sentimientos para aplicar en El viaje familiar en tiempos de pandemia. Dicho esto, los invito a retomar la idea del viaje con otras preguntas formulada por otros inquietos educandos desde la imaginación. ¿Pero un viaje no es el desplazamiento de un lugar hacia otro lugar? ¿Un viaje con la pandemia del Coronavirus? ¿Acaso lo que nos piden no es quietud, aislamiento social, estar en lugar de vivienda? Estas y otras preguntas hacen parte del equipaje que cada una de las familias colombianas y que los colombianos cargamos en nuestro morral, rumbo al puerto de la cuarentena.

El viaje familiar en tiempos de pandemia no es cualquier viaje, es un viaje riesgoso en el que pocas personas tienen experiencia. Los protagonistas de esta experiencia somos cada una de nosotras y de nosotros. Así como Homero nos relató el largo viaje de Odiseo a través del océano de la isla Ítaca a Ilión y viceversa, también la historia de Colombia narra el viaje de Cristóbal Colón desde España hasta América en tres embarcaciones: La pinta, La niña y la Santamaría. Gabriel García Márquez, nuestro premio Nobel de literatura, nos narra, con lujo de detalles, el viaje de una pareja de enamorados que no pudieron desembarcar en ningún puerto del río Magdalena, porque había en todos esos puertos la epidemia del cólera. Esa pareja de enamorados fue Fermina Daza y Florentino Ariza de los cuales se ocupa la novela: El amor en los tiempos del cólera. (García, 1985).

Aunque El viaje familiar en tiempos de pandemia es una experiencia nueva, para chicos y adultos, hay huellas que nos han dejado quienes han pasado por situaciones disímiles y de esas situaciones nos podemos agarrar para salir adelante. Odiseo estuvo confinado en una balsa durante más de diez años, Colón también, Fermina Daza y Florentino Ariza lo mismo; no obstante, aguantaron el viaje y llegaron a buen puerto. En ese sentido el viaje es desplazamiento sin movimiento.

Un barco dura meses en el mar desplazándose, pero los pasajeros o navegantes no se salen de la embarcación, están aislados físicamente del resto del mundo más no mentalmente. Penélope la consorte, su hijo Telémaco y Laertes (Homero, 1999, p. 400) el padre, están con Odiseo, de pensamiento no de cuerpo presente en el océano; en esa lógica, el viaje familiar en tiempos de pandemia es el camino que conduce al reconocimiento de si mismas y de si mismos, es una aventura del pensamiento y de los sentimientos, por eso es factible hacerlo así haya pandemia y así haya normas que lo prohíban, para el pensamiento no hay fronteras delimitadas ni es asequible la contaminación con el Coronavirus, salvo que nos dejemos invadir por el pesimismo, por el miedo, por la desesperanza, por la desconfianza y por todos esos sentimientos negativos que puso a jugar a las escondidas la locura.

En el viaje familiar en tiempos de pandemia va mucha gente, millones de personas en Colombia y en el mundo, pero cada hogar o familia va en su propia embarcación, en concordancia con las demás embarcaciones y con un comando unificado que orienta la flota. Dentro de esas orientaciones está el interactuar con protección: distantes a dos metros unas de otras y unos de otros, preferiblemente usar mascarilla o tapabocas, toser sobre el codo, no salir del lugar, hidratarnos, bañarnos las manos por mucho cada dos horas y en los momentos en que se ingresa a la vivienda, tomar agua caliente, hacer evaporaciones, alimentarse lo mejor posible, hacer ejercicios físicos y mentales, ser tolerantes entre sí, y tener claro que vamos a llegar a buen puerto como Odiseo quien demoró 10 años; como Florentino que esperó a Fermina 53 años, 7 meses 11 días y como Colón, y como el coronel, que no tenía quien le escribiera, esperó diez años a que se cumplieran las promesas de Neerlandia (García M., 1958, p. 49).

Y que esa llegada bien depende de nuestra actitud individual y colectiva. En este viaje no hay competencia sino ayuda mutua, cooperación y solidaridad, porque la vida de unos depende de la actitud de los demás y la de los demás pende la mía.

Con base en lo expuesto queridos estudiantes, padres y madres de familia espero que las preguntas por el viaje se vayan resolviendo y así el equipaje de las preocupaciones, dudas y angustias vaya disminuyendo su peso para evitar el cansancio y así no tengamos que repetir la segunda parte de la siguiente expresión de El Principito: “cuando volví… los compañeros que me vieron se sintieron muy contentos de volver a verme vivo. Yo me sentía triste, pero les decía: es el cansancio.” (Saint-Exuspery, 2001)

 

Con mucho cariño su profe Esperanza.

Nota. Recuerda ampliar la lectura de la carta consultando los libros que sugiero enseguida:

García, G. (1958). El coronel no tiene quien le escriba. (L. M. Mágica, Ed.). Bogotá

García, G. (1985). El amor en los tiempos del cólera. (Norma, Ed.). Bogotá D.E

Homero. (1999). Odisea. (Panamericana, Ed.). Bogotá Colombia.

Saint-Exuspery, A. de. (2001). El principito. (E. Salamandra, Ed.). Bogotá.