La verdadera crisis electoral no está vestida de verde

Los colombianos en estos momentos asistimos a una nueva crisis política de la nación, centrada específicamente en lo moral y en lo ético. Es una crisis entendida no como la culminación de un proceso, sino como el comienzo de la imposición de “algo nuevo en la sociedad” (Gutiérrez G., 1998, p. 264). Esa novedad concatena, al menos cuantitativamente, cerca de diez millones de electores que el pasado 27 de mayo optamos por propuestas en lo afín al nuevo presidente y vicepresidente, con una mirada de país distinta a la que hemos tenido durante muchos años.

Con base en los resultados electorales aparece otra crisis, sobre todo para los votantes de los candidatos perdedores. Instrumentalmente, la situación de los ciudadanos se resuelve con: el voto en blanco, la abstención o la adhesión a uno de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta presidencial. La gran mayoría de los ciudadanos prosélitos de los candidatos finalistas mantienen su apoyo.

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Hasta este punto, la situación no parece complicada, pese a la inmoralidad y falta de ética de la registraduría ante el fraude electoral que ella niega amparada en lo legal. No obstante, para quienes hemos nacido en la laguna de la violencia y hemos crecido en el cauce de los ríos de sangre, la desembocadura que pueda tener la elección del nuevo presidente es motivo de preocupación. El meollo del asunto, más allá de lo político, lo cognitivo y lo emocional, es de corte moral y ético porque se trata elegir entre dos opciones contrarias.

Una de las opciones significa el retorno a la guerra, al sostenimiento de la corrupción, mantener el atraso, la pobreza, la destrucción de lo poco que queda de lo público y de la naturaleza. Mientras que otra, prefiere mantener la Paz Positiva (Galtung, 1984) con todo lo que ella engloba: “igualdad en la distribución de la riqueza y erradicación, por lo tanto, de la pobreza, resolución pacífica de los conflictos y cooperación a todos los niveles, respeto por la naturaleza, desaparición del analfabetismo y de la fabricación de armamento, etcétera” (Kant, 2011, p. 10).

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No debería haber duda de que la mejor opción es la segunda, al menos para quienes le apostamos con el sufragio a las candidaturas alternativas. Pero la duda existe y crece exponencialmente. En este marco de reflexión pasamos de lo moral a lo ético, en cuanto que la o el ciudadano que escruta debe ser consciente del beneficio o el daño su decisión le ocasiona al país.

Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena” decía Gandhi. Ese silencio disfrazado de “neutralidad” y manifiesto a través de la abstención o del voto en blanco, no favorece al país, no en el actual momento histórico. Al contrario, coadyuva al continuismo de la guerra, al sostenimiento de la corrupción a partir del atraso, la pobreza, la destrucción de los pocos bienes públicos que nos quedan, la ruina de la naturaleza y al desmoronamiento de la esperanza, la cual se sobrepone a los males de una clase de gobernantes sin ética, sin moral y sin vergüenza.

Así que la ética nos sirve “para recordar que es más prudente cooperar que buscar el máximo beneficio individual” (Cortina, 2013, p. 93). Cooperar con el rescate de un país que durante siglos ha estado secuestrado por malos gobiernos que han buscado y logrado enriquecerse, por la imposición de la guerra y por el engaño del régimen: es el llamado que la realidad colombiana hoy pide a gritos a quienes deliberadamente promueven el voto en blanco o la abstención. “Hacer sin mirar a quien se daña, no es libertad” (Cortina, 2013, p. 100) y si algo requiere Colombia es libertad y bienestar.

El proceso electoral que ha transitado por el escenario nacional durante el 2018 y la movilización de la ciudadanía en busca del cambio de modelo de gobierno acreditan el proceso de crecimiento de colombianos, con consciencia, coraje, dignidad y decisión para dejar atrás las descoloridas franja azul y roja de los partidos tradicionales y responder, en la praxis, esa pregunta que nos está haciendo la historia: “Ahora que el rojo y el azul han dejado de ser un camino, ¿Dónde está la franja amarilla? (Ospina, 1999, p. 78)”.

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La franja amarilla está ondeando la transformación de la injusticia en justicia social, la inequidad en equidad social, la violencia y la guerra en paz positiva, la corrupción en manejo honrado de lo público, la ignorancia en educación gratuita para todos, la exclusión en inclusión, y despertando la potencialidad de ese “90 por ciento de la gente colombiana” que “es amorosa” (Llinás, citado en González, 2016). La franja amarilla le está apostando a la democracia auténtica a través de una nueva forma y un nuevo fondo de gobernar, en esta coyuntura, mediante la Colombia Humana.

La Franja amarilla ha nacido y ha crecido con la violencia pero no se resigna a seguir en ella. Ha comprendido el juego perverso que la oligarquía colombiana ha instaurado durante siglos para sotenerse een el poder: desde la Guerra de Los Mil Días, pasando por El Bogotazo, la dictadura de Rojas Pinilla, el Frente Nacional y la “paz” represiva( Ramírez-Orozco, 2012). Si, la misma que, agenciada por los gobiernos de López Michelsen y Turbay Ayala, promovía la criminalización de la protesta liderada por movimientos sociales.

Esa Franja Amarilla también ha atravesado el intento de “la paz objetiva” de Betancur, la desmovilización del M-19, del Quintín Lame, de una parte del Ejército Popular de Liberación (epl) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores; la constituyente de 1991; “El plan garrote”, en el que Bogotá y Washington firman el Plan Colombia y como consecuencia el fenómeno del narcotráfico entra a afectar la lucha armada; los episodios de el Caguán en el gobierno de Pastrana; las desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y el nacimiento de la Bacrim; y, por último, los Acuerdos firmados en la Habana con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

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La Franja Amarilla, en estos tiempos de crisis moral tiene claro que ni la “neutralidad”, ni la pasividad, ni la pusilanimidad le sirven a Colombia para salir de la violencia y poder avanzar en la conquista de la democracia auténtica. La Franja Amarilla, recordando a algunos pasajes de la Divina comedia (Alighieri, 1963), tiene conciencia de que, en tiempos de crisis moral: “los confines más oscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen mantenerse neutrales”, por medio del voto en blanco o la abstención.

Para la mayoría de colombianos que estamos en la Franja Amarilla “todavía nos queda un país de fondo por descubrir en medio del desastre, una Colombia secreta que ya no cabe en los moldes que nos habíamos forjado con nuestros desatinos históricos” (García, 2003). El país de fondo es como el molusco y la concha del molde forjado con los desatinos históricos. En ese sentido, es en los momentos actuales que “hay que vivir para edificar la casa (Bachelard, 2000, p. 142). Esa es la invitación: dejemos atrás el molde, apostémosle a la vida, aprovechemos esta oportunidad que venimos construyendo y transformemos los destinos históricos que dibuja la guerra en una Colombia Humana.

Referencias

Alighieri, D. (1963). La divina comedia. (Ediciones Selectas S.R.L, Ed.). Buenos Aires.

Bachelard, G. (2000). La poética del espacio. (F. de C. Económica, Ed.). Santa Fe de Bogotá.

Cortina, A. (2013). ¿Para qué sirve realmente la ética? (Paidós, Ed.). Madrid.

Galtung, J. (1984). Hay alternativas. (Técnos, Ed.). Madrid.

García, G. (2003). La patria amada aunque distante. Universidad de Antioquia. Retrieved from https://books.google.com.co/books/about/La_patria_amada_aunque_distante.html?id=N_tCYgEACAAJ&redir_esc=y

González, J. I. (2016). Escuela, conflicto y paz. (Instituto para la Investigación Educativa y Desarrollo Pedagógico, Ed.). Bogotá DC.

Gutiérrez G., R. (1998). Insistencias. (A. S.A, Ed.). Santa Fe de Bogotá.

Kant, I. (2011). Kant. Por la paz perpetua & ¿cómo orientarse en el pensamiento? (E. B. S.L, Ed.). Barcelona.

Ospina, W. (1999). ¿Dónde está la franja amarilla? (Editorial Norma, Ed.). Santa Fe de Bogotá.

Ramírez-Orozco, M. (2012). La paz sin engaños. Estrategias de solución para el conflicto colombiano. (Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)., Ed.). México.

 

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Escuela, Conflicto y Paz…

Presentación

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El proceso de paz que se vive en Colombia en la actualidad, a pesar de las múltiples dificultades, se presiente como posible y esperanzador. Buenos son los augurios, la senda ya está marcada. La consolidación de una paz duradera requiere de la participación y el compromiso de todos los colombianos. Son bienvenidos los aportes que contribuyan a este que hoy es el gran propósito nacional, en especial aquellos de naturaleza reflexiva y crítica que, además de señalar derroteros, adviertan sobre la complejidad de lo que está en juego y el tesón necesario para asumir los retos que se vislumbran.

Es en este contexto donde la escuela y los maestros pueden contribuir con aportes serenos y reflexivos, surgidos del acontecer diario de la vida en la escuela y configurados a partir de esfuerzos sostenidos en el tiempo, que adquieren una importancia vital en esta coyuntura de la historia política de nuestro país. Es en este momento en el que se hace necesario proponer ideas y llenar de sentido cada uno de los retos que demandará avanzar en el marco del posacuerdo.

El libro escrito por el profesor José Israel González es una respuesta concreta a estos requerimientos mediante una opción cercana a la escuela y a las prácticas que allí habitan. En sus páginas el lector encontrará dieciséis relatos, que el autor concibe a manera de claves para abordar un tema complejo e impostergable: el derecho a la paz. La intención del texto no es la de un tratado para disertar, ni la de una guía para instruir; su propósito es esencialmente el de mostrar enunciados «claves» para la reflexión, invocando el diálogo y la opinión documentada, en la perspectiva de recuperar el debate ético desde la escuela como aporte para la construcción de paz en su conjunto.

Cabe anotar que la obra Escuela, conflicto y paz: dieciséis claves para la acción del maestro en el posconflicto se presentó a una convocatoria abierta por el Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (IDEP) en el año 2015, que estaba dirigida a maestros y maestras del Distrito con el propósito central de visibilizar su producción intelectual.

Luego de una valoración de los trabajos presentados, el texto del maestro José Israel González fue seleccionado para su edición y publicación, para contribuir de esta manera a la política de incentivos del IDEP, promovida desde el componente de comunicación, socialización y divulgación.

Bienvenido este justo reconocimiento al profesor González, quien en el trabajo desarrollado durante tres años nos muestra un ejercicio ejemplar desde la condición intelectual del maestro, que él mismo describe con las siguientes palabras: «escuchar, escribir, leer, confrontar, consultar, borrar, releer y editar».En buena hora llega esta publicación a las bibliotecas de escuelas y colegios, de universidades e institutos; tejida desde la pasión de un maestro y su compromiso político con la educación de su tiempo“.

Jorge Orlando Castro Villlarraga. Asesor de Dirección IDEP, 2016

Este libro está constituido por dieciséis claves. Los textos emergen del campus escolar y tienen como propósito convocar a los agentes de la comunidad educativa, al Estado y a la sociedad Civil a recuperar el debate ético y documentado, afín al papel de la escuela en la construcción del derecho a la paz. La situación de salud mental del magisterio, los trastornos psíquicos de los estudiantes, las crisis emocionales de los padres de familia y el descuido en que el Estado sigue manteniendo a estos agentes, en cuanto a la atención digna en el tratamiento, promoción y prevención de su salud, constituyen un tropiezo serio en la consecución de la paz.

Los relatos, fruto de las conversaciones permanentes, de registros sistemáticos y entrevistas desestructuradas con integrantes de las comunidades educativas; las observaciones etnográficas de la cotidianidad escolar, en algunos centros educativos, además de la consulta de fuentes primarias y secundarias, exhortan al magisterio a valorar las situaciones conflictivas de los agentes de la comunidad educativa como escenarios para la escritura, el análisis, la investigación y la acción pedagógica, sobre la base del reconocimiento de la realidad familiar, individual, institucional y urbana. El estilo en el que están elaborados los relatos es una propuesta metodológica que contribuye a la comprensión del posconflicto y su lugar en la consolidación del derecho a la paz.

Las claves no fueron escritas de manera lineal. Son el producto de tres largos años de ejercicio de escuchar, escribir, leer, confrontar, consultar, borrar, releer y editar. En esta lógica de producción textual, algunos documentos están en primera persona, otros en un tono reflexivo y otros en plural. La lectura puede realizarse haciendo uso de Los derechos del lector de Daniel Pennac, advirtiendo que hay algunas claves están vinculadas, y que exigen de la lectura de otras para su comprensión.

Restaría decir que los errores que el lector halle en este texto podrían ser una lección potenciadora de la escritura de un nuevo documento que supere las falencias, como lo hizo Steven Mithen con La arqueología de la mente, rectificando imprecisiones de Merlin Donald. «Un sutil pensamiento erróneo puede dar lugar a una indagación fructífera, que revela verdades de gran valor», decía Isaac Asimov“.

José Israel González Blanco

Trabajador social/orientador

Colegio Distrital Nuevo Horizonte, Bogotá, Colombia.

2016

¿Cuál es la relación entre reunirse en red y la cualificación docente?

El trabajo en red es una modalidad de cualifucación del docente, la cual no está sujeta al tiempo, ni depende del espacio. Pero sí tiene una dependencia de la organización tanto del primero como del segundo, por parte maestro.

La cualifucación del maestro, a través de las redes, es una transgresión al status quo que, de antaño, lo ha considerado como un funcionario a quien se le hace “capaz de”, desconociendo su singularidad, ignorando su potencialidad, intentando homogenizarlo, ansiando favorecerlo en la pasividad intelectual y recusando sus saberes como sujeto sintiente-pensante.

La red produce un efecto del que adolece la llamada “capacitación”, ofrecida in situ por los intelectuales e instituciones tradicionales con el fin de controlar el proceso de enseñanza y someter al maestro a los intereses, no de la pedagogía, del mercado. Así, el profesor Renán Vega (2015) indica que es como esta proletariza técnicamente su labor y somete al maestro a la ‘pobretarización’. El efecto de la red, en palabras de Dabas (1995,85) “es la creación permanente de respuestas novedosas y creativas para satisfacer las necesidades e intereses de los miembros de una comunidad, de forma solidaria y autogestora”.

Al concebirse las redes sociales como sistemas abiertos y dinámicos, donde los maestros intercambiamos: conocimientos, valores, iniciativas, dudas, sufrimientos, alegrías, hipótesis, problemas de investigación y teorías; estamos potenciando nuestro quehacer, y rompiendo esos ‘bordes rígidos y ‘borrosos’ utilizados por el sistema educativo para encadenar la ontología del maestro. En las redes, el es quien maestro impugna al poder hegemónico y aspira a extenderse como la enredadera, a incorporarse en nuevos territorios, a crecer… “En eso consiste exactamente la potencia“, nos diría Nietzsche.

José Israel González Blanco

Los cinco sentidos de un maestro…

Los cinco sentidos de un maestro a la colombiana

Una reflexión para la conmemoración del día del MAESTRO

El 13 de octubre de 1989, Brecha, un periódico de Montevideo, publicó el escrito de Corina Gobbi, intitulado: Los cinco sentidos de una maestra. Buceando en el océano de la literatura educativa, el escrito llegó a mis manos y con base en éste se elaboró una ponencia a dos manos para el seminario Evaluación Nacional de Docentes, organizado por la Cooperativa Editorial Magisterio en 1999.

Dada la importancia del 15 de Mayo para maestros y maestras, coloco en el corazón de mis colegas la versión del escrito, como un gesto de reconocimiento, respeto y admiración por el trabajo que, día a día, realizan para hacer de Colombia una patria al alcance de quienes la amamos.

 La vista

Tengo ante mí, 40 niños y niñas. La mayoría están nerviosos, inquietos. Se mueven sin cesar. Sus miradas no corresponden a su físico, porque delatan dialécticamente la pobreza material y la riqueza mental; sus gestos denuncian el humor, las ganas de salir adelante, el amor hacia sus maestros, como también el malestar de no poder gozar de mejores condiciones de vida. Sólo unos pocos tienen esa expresión serena de la gente que está satisfecha consigo misma.

Las manos en ocasiones dejan entrever la mugre que se pega en la piel como producto del trabajo y del juego; la ropa no disimula el desgaste ocasionado por el uso y el abuso de unos niños y jóvenes briosos, indomables y a veces agresivos. Si miramos por debajo de los bancos y en el estrecho patio, aparece una colección de papeles corrugados, vestigios de cuadernos, lápices deformados y hasta segmentos de trapo.

Los pupitres declaran su deterioro porque están desajustados, rayados, sucios y con una señal que potencia: la escritura clandestina manifestando el amor y el currículo oculto de la copialina. Las paredes explicitan el acervo eucliniano de la geometría, pues se impone en las paredes la figura rectangular de los ladrillos arrebolados, junto al frío y a la ausencia de murales que alteren esa linealidad. Más allá, el pequeño patio de cemento, insuficiente para tantos niños y niñas que ven frustrado el Derecho a la recreación abierta y al disfrute del espacio público.

Ante esta disimilitudes, no falta la sonrisa de la maestra que incita a los pequeños y jóvenes a respetar el medio ambiente y a embellecer la segunda casa de la comunidad.

Pero, además, 40 niños y niñas transgreden todas las leyes de La Gestalt y de la Teoría Conductista, no hay estímulo natural que valga. No hay configuraciones posibles para un guarismo tan grande de cuerpos movedizos, frágiles y fieros. Mis pobres ojos son sólo dos, fijos y frontales. La naturaleza tendría que sabiamente modificárnoslos, en una mezcla de caracol y gallina, por ejemplo, para poder captar parte los acontecimientos.

Por ahora, siguen siendo apropiados para enfocar abarcativamente sólo a 25 o menos, como ocurre en Cuba y en Estados Unidas. ¡Ah! casi se nos olvida, esos ojos gustan más de las pantallas y de los ciberespacios que de nuestra presencia; de eso no cabe la menor duda. Reunidos los 300.000 maestros y maestras de Colombia, no podríamos en un minuto fijar la atención que produce una pantalla, puesto que son millones y millones los estímulos que ella produce. Ahí, tenemos una desventaja de centurias. No obstante, los maestros y maestras tenemos mirada de lince.

El oído

El ruido que soportamos supera ampliamente los 90 decibeles que un ser humano puede tolerar, el salón de clase es como un lugar donde hay más de media docena de locutores  con sendos radios encendidos con prédicas distintas. Pero no es sólo  esto. Hay 40 y más voces que llaman: “profe, no tengo lápiz”: “profe, esta niña me molesta”, “profe, ¿me deja ir al baño.?” ”, profe, ¿ya vamos a salir al recreo?. Pues, no todo el tiempo la clase es activa y ordenada, ni se sumerge en una pasión creativa y unificadora.
La entropía anuncia la existencia del Caos y la Complejidad, teorías emergentes en el siglo XX  y augurales en el siglo XXI. Además, hay ruido en el patio, en la calle, siempre aparece “algún acontecimiento” distractor. Un niño se lastimó, otro se escapó de la clase, a fulanito le robaron el mendrugo de pan, aquélla perdió la moña, a perencejo le dio la pálida, porque su estómago está vacío, a la niña del rincón se le bajaron las defensas por la infección renal, a un buen número de educandos les motivan otras cosas menos los contenidos de clase. Pero, sobre todo, estos niños exigen atención, requieren afecto, que se les hable al oído, que su maestro o su maestra les diga palabras que dan vida, buscan hallar en la voz del maestro algo que no han encontrado aún en su experiencia del mundo ni en la de su familia, persiguen por todos los medios el amor. Y yo estoy ahí, horas a su disposición y a veces me toman por asalto para que los escuche con cualquier pretexto. Es cuando uno dice, para ser maestro se necesita además tener oídos atentos, porque aquí se invierte la ecuación: mil palabras valen más que una imagen, entre otras cosas porque las imágenes que  a diario ven no satisfacen sus deseos como sí las palabras amorosas de sus maestros y maestras.

El tacto

Y cuando digo por asalto, es en un sentido literal; 40 niños son 80 manos,  400 dedos y millares de sinapsis que se producen; te acarician, te alcanzan el cuaderno para corregir, te interrumpen el paso, te dejan las huellas del sudor y del dulce en el vestido y las de sus desgracias en el corazón y en el cerebro. Mi cuerpo no da para 80 manos y para más de 40 cuerpos que se recargan ,momento a momento, sobre los hombros. ¿Y tantos estímulos, cómo llegan a mi rica corteza cerebral?. Yo qué sé. Pero, eso no es todo. Yo también quisiera acariciarlos, tener un gesto, abrazarlos, ser tierno o tierna, sentirlos y ayudarles a ser mejores personas, excelentes ciudadanos, brillantes profesionales, diligentes padres y madres de familia en el mediano plazo.

Pero son muchos, insisto, son cerca de medio millar de dedos. Así, mi cuerpo recibe órdenes contradictorias.  Eso es lo que explica por qué a los docentes nos duele tanto la espalda y el cuello. Puro estrés, la transducción se vuelve corto circuito. Encima el frío, el polvo, los problemas familiares, laborales, personales, ambientales y a veces cuando llueve, las goteras, la música desafinada que produce la caída de la lluvia sobre las tejas de zinc o de eternit. El frío nos tensa, nos encierra, nos distancia, pero nos convoca a unirnos. Estamos a 2689 metros más cerca de las estrellas. ¡Ah !, ¿cómo lo sienten? Pese a las adversidades, mi tacto sigue esparciendo sin reparo el calor humano que demandan las prolongaciones de los maestros y maestras conocidos como educandos.

El olfato

Esta es la parte más difícil de explicar. Hay que amar verdaderamente, amar lo que se hace, o no tener más remedio, para poder husmear lo que los maestros y maestras olemos. Es que la mugre y la miseria huelen, y huelen fétido, son los olores del capitalismo rampante. Son los olores más recónditos, inhóspitos, más íntimos, más regresivos, más estimulantes del rechazo. Aquellos que la civilización ha aprendido a sublimar. Cada parte del cuerpo, cada intercambio no controlado, huele. Y nosotros les decimos: “tienes que bañarte, tienes que lavar la ropa, tienes que usar desodorante, hay que lavar las medias, los pantis, los dientes y los calzoncillos. En una palabra, hay que quererse más y tratarse mejor, hay que luchar por la dignidad. Se necesita verdaderamente amor y coraje en este asunto.

En no pocas ocasiones está el olor a “picho”. No controlan los esfínteres, porque tienen frío, toman mucha agua para mitigar el hambre, porque el hambre da sed; piden ir mucho al baño; se angustian porque, los niños más grandes los asustan, les quitan las onces, los amenazan  “a la salida nos vemos”; porque tal vez, en su casa se les generaron miedos y formas de sobrevivencia a través de la agresión al otro, incluso hasta de la eliminación física. Pero claro, ¿quién no se asusta cuando lo amenazan o cuando lo  maltratan?. Cualquiera, ¿no es cierto?. No es un secreto para los maestros que, “la extorsión, el insulto, la amenaza, el coscorrón, la paliza, el azote, el cuarto oscuro, la ducha helada, el ayuno obligatorio, la comida obligatoria, la prohibición de salir, la prohibición de decir lo que se piensa, la prohibición de hacer lo que se piensa, la prohibición de hacer lo que se siente y la humillación públic”a, son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales de la vida familiar.

Les asiste la razón a un grupo de escritores latinoamericanos, quienes en el año 2000 expresaron: “En las puertas del próximo milenio el hombre está conquistando las estrellas, pero aquí en la tierra no ha llegado al corazón de los niños”.Sin embargo, la enseñanza de los Derechos Humanos comienza en la familia.

El gusto

Después de todo ésto, ¿qué sabor le puede quedar a un maestro o a una maestra en la boca?. Cuando tomamos una aguadepanela hirviendo, cafecito, tinto, o aromática para reconfortarnos un poco, en un lugar estrecho, donde casi no hay condiciones locativas para intercambiar entre nosotros, o conversar o para chismosear pacíficamente y casi ni un saludo, apenas si lo disfrutamos. Junto con el líquido caliente nos tragamos la angustia. No está previsto. La masticamos como un cuero que no se puede tragar, como un borrador, junto con la frustración, la humillación, el desasosiego. Y cuando llegamos a casa ¿qué?. Más angustias, más temores, más sospechas, más tensiones, más trabajos, más psicosis, porque en nuestro cuerpo están encarnados los 40 y más seres humanos y todo lo que implica la humanidad de unos pequeños educandos, que si bien es cierto sus casas son humildes- como lo expresó un día el viejito de las Cenizas de Ángela, en una escuela de Irlanda, -“sus mentes pueden ser como palacios”, que exigen mejores posibilidades de desarrollo emocional, intelectual, moral, ético, político y cultural.

Pero las glándulas salivales también se alteran al escuchar expresiones como ésta de un  padre hacia el hijo: “Ama a tu maestro porque pertenece a esa gran familia de trescientos mil maestros de educación preescolar,  primaria  y media esparcidos por toda Colombia, los cuales son como los padres intelectuales de millones de muchachos que crecen contigo; trabajadores no reconocidos y mal pagos que preparan para nuestro país un pueblo mejor que el presente.

Yo no estoy satisfecho del cariño que me tienes si no tienes también para todos los que te ayudan, y entre éstos, tu maestro es el primero, después de tus padres. “Ámalo como amarías a un hermano mío, ámalo cuando te acaricia, cuando es justo y cuando te parece que es injusto, ámalo cuando es alegra y afable, y ámalo todavía más cuando lo ves triste. Ámalo siempre. Y  pronuncia siempre con respeto este nombre: maestro, que después del de padre es el más noble, el más dulce nombre que pueda dar un hombre a otro hombre”.

“Nosotros no somos apóstoles ni mártires,– decía un maestro a los padres de familia -somos trabajadores y trabajadoras de la cultura, de la pedagogía, somos los arquitectos del saber: los apóstoles eran tipos muy macanudos; pero a ellos no le llegaban los recibos de teléfono, energía, gas, acueducto y alcantarillado, sin subsidio y upaquizados, ni pagaban arriendo, ni colegio, ni universidad, ni  les tocó padecer la privatización ni la globalización, ni la revolución de la información, ni sufrieron la catástrofe neoliberal”. Pensemos que a nuestro alrededor tenemos dulzura, algo que nos incita a golosinear, digamos amorosamente que se trata de 40 postres.
¿Cómo podemos saborear esas cuarenta inteligencias?; ¿será posible realizarlo en tan poco tiempo?, ¿si los consumo todos o la mayoría me indigestaré?. Los maestros somos un cuerpo cuyo sentidos a diario se ponen en juego abarcando otros dimensiones como el sentido del humor, el sentido de la responsabilidad, el sentido de pertenencia y el sentido pedagógico de nuestras prácticas. Los  maestros  no estudiamos para ser la “segunda mamá”, ni el “segundo papá”, y sin embargo, en ocasiones toca serlo. Hoy, los padres y madres de nuestros educandos trabajan, tienen muchos hijos, están sobrecargados de problemas, siendo los maestros y las maestras el apoyo invaluable en la formación de sus hijos e hijas.

La persona que no ha tenido la oportunidad de olfatear en la práctica pedagógica, quien no ha escuchado sus ruidos, quien no ha degustado los sabores y sinsabores, quien no ha visto su panorama in situ, y quien no ha sabido qué es tener la piel erizada en el arduo trabajo de enseñar y de dejar aprender, difícilmente puede hacer juicios de valor justos con los maestros y maestras.

Lo que diferencia al proceso de enseñanza y aprendizaje de otros procesos, su peculiaridad, es que la transformación no acontece con objetos materiales inanimados como en una fábrica, sino con seres humanos particulares, con personas que se modifican a sí mismas con la ayuda de otras personas más capaces; es decir, con los pedagogos, sujetos preparados para guiar, orientar, mediar, compartir, investigar, comprender y afirmar la cultura, el conocimiento, los valores, la tecnología y el amor.

En un panorama como este, la importancia del magisterio no tiene discusión, el valor de su trabajo es colosal, porque prácticamente los maestros y maestras somos los únicos que le estamos dando al niño lo mejor que puede dárseles. Los maestros en medio de la ingratitud y el olvido, como lo escribe Castro Saavedra, hacemos el más noble de los oficios: cultivar la inteligencia de los niños, niñas y jóvenes, estimular su pensamiento, animarlos a encontrar la rosa de la razón en la cruz del presente, como lo dijese Hegel. Un abrazo para todos y todas en este inconmensurable día.

Con sentimientos de aprecio.

José Israel González Blanco

Nota: Este artículo fue publicado por la Revista Latinoamericana de Estudios Educativos, Vol XXXVII, 1 y 2 trimestres. México DF, 2007, p..141-146. Aparece como coautora Gloria Helena González P.