Octava carta: Extraño mucho a mis profes

Queridos estudiantes, queridas madres y queridos padres de familia.

En la carta anterior di unas puntadas en el dedal de la reflexión para que el contenido de la presente tenga su justa valoración, precisamente en el Día de la Maestra y del Maestro

¡A disfrutar la lectura!

Profe, atendiendo sus buenos caprichos y teniendo en cuenta que de verdad esos manes que la profe menciona le enseñan a uno mucho, yo quiero también responderle sus cartas parafraseando a uno de esos cracs de la literatura colombiana. Ahí va. Espero que le guste.

Lo que en realidad hacen las profes, día tras día, es tomar a los niños y a las niñas de la mano y llevarla/os a pasear por las letras, por los caminos de la patria y las orillas de los mares. No se cansan ellas, las profes y los profes, de enseñarnos a viajar y a descubrir el mundo. En sus cartas por la pandemia nos invita a viajar virtualmente, a navegar por internet, pero muchas y muchos no lo podemos hacer, porque no tenemos los medios. Nuestra única herramienta es la imaginación, los dibujos en el cuaderno, sus cartas y la imaginación. Los viajes por el interior del salón de clase, por el patio de recreo, por el barrio y la vereda nos hacen mucha falta. ¡La profe no se puede sustituir por un aparato! ¡Queremos volver a estar juntos pronto profe!. Queremos volver a celebrar su día con ponqué Ramo, gaseosa, maíz pira … con un compartir.

En la fibra de los tableros, oscura pero honrada, la profe dibuja ríos y volcanes, cordilleras y sumas inocentes, hasta que nosotras y nosotros intentamos comprender, con alegría y con asombro, que son muchos los nombres de la vida. La alegría que cada día nos inyecta en el salón de clase nos hace mucha falta profe, esa es la vacuna que necesitamos; por acá la tristeza nos embarga porque no hay comida y porque el hacinamiento nos genera malestar y entonces terminamos de pelea todas y todos.

Parte de lo que somos todas y todos lo debemos a las profes dice ese crac de la literatura. Ellas y Ellos nos han dado en la infancia, y lo siguen haciendo, un poco de su sangre, mucho de su amor y de su espíritu. Lo que nos enseñaron y nos siguen enseñando, a mañana, tarde y noche, con entusiasmo y buena voluntad, se confundió con nuestra vida, con nuestros sueños y esperanzas.

Las profes y los profes no se cansan de dar clase así haya pandemia, así llueva o truene, como gritan en la calle en el paro. A cambio de muy poco entregan su existencia, a manera de una llamita diaria y generosa para que no nos falte luz en las escuelas y para que aprendamos a amar la claridad, a veces a la vera de la obscuridad. La profe rural ilumina los campos, y la que trabaja en los suburbios de las ciudades y pueblos alumbra a los hijos e hijas de los trabajadores y les enseña a construir, sobre la pizarra o en la tableta, letra por letra, las primeras palabras, los primeros versos en español y en el idioma de los gringos.

Las profes y los profes, en medio del olvido, la ingratitud, la enfermedad y la pobreza en que a veces vivimos, hacen el más noble de los oficios: amasan el futuro de la patria, al inclinarse sobre nosotras y nosotros, como los panaderos sobre el trigo, para darnos consejos amorosos y lecciones elementales. Por eso, profe Esperanza, no es fácil comprender el mundo de las profes y de los profes, como Usted profe, un mundo aparentemente pequeño, pero en realidad grande, lleno de ternura y de mucho coraje; de ahí, que es un deber y una necesidad de la nación entera quererlos, cuidarlos y tratarlos bien y no como lo sigue haciendo el gobierno.

Todos estamos en deuda con las profes y con los profes, y si es verdad que aspiramos a hacer de Colombia una fuerza noble, equilibrada y al alcance de los niñas y niños, tenemos que contar con ellas y ellos, en primera instancia, y reconocer que es en sus manos y en su corazón en donde nace el porvenir y empiezan a crecer cosechas humanas. También los días de sol, de lluvia, de frío, de dolor y de pandemia son profes de escuela, de colegio, de “trabajo en casa”: Nos agrupan a los niños, niñas y jóvenes bajo la bóveda celeste para enseñarnos historias luminosas, como las que la profe nos está mandando en estos días que nos sentimos solitas y solitos, aunque estemos con mas familia, estamos en la mala.

Me queda mucho por decir Profe, pero eso lo haré en el colegio cuando retorne, espero que nos den el tiempo para contarles. Vendrán tiempos peores y tiempos mejores siempre y cuando los niños, niñas, jóvenes y adultos nos comportemos responsablemente, como lo dice la profe en sus bendecidas cartas sobre El viaje familiar en tiempos de pandemia.

Te quiero mucho, te mando un montón de abrazos en este día tan raro. ¡Saludos a las otras profes!

Aquiles Pinto Casas.

 

Séptima Carta: ¿Para qué sirven las y los docentes en tiempos de pandemia?

Estimadas niñas, estimados niños, jóvenes, madres y padres de familia.

Antes de comenzar esta misiva déjenme cometerles que cuando abrí el computador para escribir este mensaje me encontré con una gran sorpresa: el texto de una carta elaborada por uno de mis estudiantes remitida a mi correo electrónico. En verdad quedé muy confundida inicialmente, porque no esperaba esa maravillosa sorpresa, creía que las cartas las hacía era la profe. Algunos de esos sentimientos que jugaron bajo la dirección de la locura, consignados en la segunda carta, se avivaron, sobre todo la curiosidad, la generosidad, el deseo y el amor. Fue tanta la fogosidad espiritual que releí la carta, porque recordé esa recomendación de Jorge Luis Borges, aquel gran escritor invidente, para quien que releer es más importante que leer, salvo que, para releer, se necesita haber leído”.

Pero la lectura y relectura se vieron interrumpida varias veces por el empañamiento ocasionado por las incontenibles lagrimas que inexplicablemente brotaban de mis ojos y corrían como cristales por las laderas de mis mejillas. Lloraba como cuando enterré a mi abnegada madre, a mi ingenioso padre, a mi entrañable hijo y como cuando nos hemos encontrado y despido con mi admirable hija en varios aeropuertos del mundo. Acrecenté la ingesta de agua tibia soslayando el secamiento de la boca, los nudos en la garganta y así impidiendo la absorción de esa molécula que no se mata con antibiótico ni con bactericida, sino que se desintegra con agua caliente a temperatura superior a 50 grados y se previene bañándonos las manos con abundante agua y jabón, a mas tardar cada dos horas, usando tapabocas y manteniendo la distancia recomendada.

¡Qué dramática la profe! dirán los estudiantes y padres de familia ¡Tan bobita ponerse a llorar por eso!, asentirán algunos estudiantes. Y no faltará el varón que diga: “las mujeres lloran por todo”. Digan lo que digan, su profe Esperanza gimió y lloró no porque esa fuera la intención del emisor, ni por ser mujer, sino porque el cálido y sentido mensaje elaborado por mi educando desencadenó esa fuerte e inocultable emoción.

Con lo ocurrido, El viaje familiar en tiempos de pandemia, registra un acontecimiento educativo inesperado, en este Gran Día del Maestro y de la Maestra, que nos mueve, que nos sacude y nos incita a comprender varias cosas: la primera, que en la relación entre educandos y educadores ninguno es pasivo, tanto el primero como el segundo somos activos. Así el emisor esté distante del receptor y el canal sea un artefacto tecnológico como la internet, porque educar no es trasmitir, la educación no es un problema similar al de dar de comer a un hambriento, pues en este caso el asunto sería muy sencillo decía Estanislao Zuleta, un pensador colombiano, autodidacta, quien a temprana edad abandonó la escuela porque las interminables horas de clase no le dejaban tiempo para el estudio. Para Él el problema fundamental de la educación es combatir la ignorancia y “el verdadero problema es hacer salir a alguien de una indigestión para que pueda tener apetito”. (Vallejo, n.d.). Llorar es un acto que exterioriza y libera emociones indigestadas y despierta el apetito en cualquier ser humano sin distingo de género, ni edad ni circunstancia.

La segunda reflexión, antes de darles a conocer la carta con el consentimiento informado por mi estudiante y sus progenitores, evoca un pasaje de Umberto Eco, a propósito de la realidad virtual, en el que un estudiante le pregunta a aún quincuagenario docente: “Perdone, pero en la época de internet, ¿usted para qué sirve?” El autor de El nombre de la Rosa, sostiene que el Internet le dice casi todo al estudiante, “salvo cómo buscar, filtrar, seleccionar, aceptar o rechazar toda esa información”, y lo más importante, que un buen profesor puede enseñar a comparar, a verificar y a relacionar sistemáticamente nociones, conceptos, valores y a tener un sentido crítico basado en el conocimiento y puntualiza:

“Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera. Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí, desde la época de la civilización mesopotámica, y no en Groenlandia, es algo que sólo lo puede decir la escuela”. (Eco, 2016)

Hasta pronto chicas y chicos y los dejo con la carta anunciada.

Nota. Les recuerdo consultar a:

  • Eco, U. (2016). De la estupidez a la locura. (Penguin Random House Grupo Editorial S.A.U, Ed.). Bogotá DC.
  • Vallejo, J. (n.d.). Estanislao Zuleta, el habitante de la montaña. Caliartes, 3, 94–96.

Sexta carta: es posible el viaje familiar en confinamiento

Admirados, admiradas estudiantes, padres y madres de familia.

Tal como lo anuncié (aquí pueden acceder a la quinta carta), la sexta carta también se ocupa de las condiciones que caracterizan el viaje familiar en tiempos de pandemia en dos situaciones específicas a saber:

1.     Ya les pasó a otras personas, aprendamos de ellas.

La sabiduría está en aprender de la experiencia de los demás

Adagio popular

reza un adagio popular. En China murieron miles de personas y gracias a las autopsias que los médicos hicieron a los muertos se logró conocer qué daños causaba el Coronavid -19 y en qué partes del cuerpo. Igualmente estudiaron todo el proceso desde que ingresa al cuerpo hasta que mata a la persona y con base en ese conocimiento es que nos han indicado qué hacer. Como leerán más adelante, el virus entra en contacto con la célula, hace que ella lea algo y repita aquello que lee y, además, que le copie muchas veces, y finalmente se destruya por lo que ha leído y repetido.

Hasta ahora no hay una vacuna como la hubo para la viruela, el sarampión, la rubeola, la influenza, entre otras enfermedades, pero está el remedio más barato que es la prevención con los cuidados enunciados. Sin vacuna y sin cuidados la mortalidad parece incontrolable, pero sin vacunas y con cuidados coexistiremos con los virus controlando la mortalidad y la morbilidad.

Las autopsias de los médicos también nos advierten que las personas más débiles ante el virus son los ancianos, aunque las y los más jóvenes no están fuera de riesgo. Por esa razón se requiere cuidar de manera especial a las personas mayores de 60 años, pero esto no quiere decir que haya personas de otros grupos poblacionales exentas, pues es el sistema inmune es el juez definitivo en el nivel de riesgo. 

2.     Esta no es la primera ni será la última vez que habrá pandemia o epidemias. 

La viruela, el sarampión, el tifo, la peste, la rubeola, la tuberculosis, la influenza, el SIDA y el cáncer (Sontag, 2003), el dengue, el Ébola, la malaria, la fiebre amarilla, el insomnio y la peste del olvido en Macondo (Ospina, 2001), la locura de la venganza, la ignorancia de nosotros  mismos que nos hace incapaces de resistir a la dependencia, a la depredación y al saqueo y otras enfermedades que han atacado a la humanidad… y la humanidad sigue su rumbo, no se ha dejado destruir. El mundo ya ha pasado por esto y lo ha sobrellevado, la ciencias de la salud han avanzado e incluso han eliminado algunas de la faz de la tierra, como la viruela de la cual pueden compartir relatos los abuelos.    

Cierro esta carta coligiendo que hasta acá nuestro equipaje está bien aforado con trajes que nos dan protección de las inclemencias del viaje, a lucir sentimientos, inteligencia, emociones y capacidades, a airear nuestras emociones negativas para desintoxicarnos y seguir adelante en el viaje familiar en tiempos de pandemia.

En adelante los contenidos de las cartas se ocuparán del acercamiento de ustedes: estudiantes y padres de familia con experiencias narradas en textos literarios como Cien años de soledad, La peste, el Ensayo sobre la ceguera, el Decamerón, entre otros, porque de lo que se trata es que comprendamos el por qué son tan potentes las pandemias y el cómo salir de ellas sin pagar altos costos económicos, sociales y sobre todo en vidas humanas.    

Hasta pronto chicas y chicos.

Aquí pueden acceder a la séptima carta

Recuerden consultar: 

Ospina, W. (2001). Colombia en el planeta. (Imprenta departamental de Antioquia, Ed.), Gobernación de Antioquia. Medellín.

Sontag, S. (2003). La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. (S. L. Suma de Letras, Ed.). Madrid España.

Quinta carta: La cuarentena es inevitable, el sufrimiento es opcional. El Covid-19 es evitable

Queridos estudiantes, madres y padres de familia

En las cartas anteriores ya se hice alusión a determinadas características del viaje y a la motivación para realizar la travesía. En esta nueva epístola y en la sexta los emplazo a que miremos algunas condiciones que caracterizan el viaje familiar en tiempos de pandemia.

  1. La situación es grave, pero tiene solución. Lo primero que debemos tener en cuenta chicas, chicos, madres y padres de familia es que estamos pasando por una situación calamitosa, dura de resolver, dolorosa y muy fuerte, pero que pese a la gravedad tiene solución. La pregunta que hay que responder, parafraseando a Michael Serres, es ¿dónde estamos? antes de decidir ¿adónde ir?
  2. ¿Dónde estamos? La respuesta es elemental: Estamos en la casa reunidos todos: hijas, hijos, madre, padre, hermanos, abuelos, tíos, mascotas. Es la primera vez que nos ha tocado estar en casa aislados de los vecinos con tal de salvaguardar la vida de ellos, de nosotros y de muchas personas. Hasta hace unos días la noche nos juntaba, la comida nos hermanaba, pero hoy nos juntamos y nos hermanamos las 24 horas del día, los 7 días de la semana y si aplicamos el remedio que, como nos lo dicen hasta el cansancio, está en nuestras manos, pronto volveremos a abrazarnos, a jugar, a mercar, a saludarnos con las palmas de la mano, a conversar frente a frente sin tapabocas y a reponernos de las consecuencias de este aislamiento social.
  3. ¡Sabemos cuál es el mal y cuál es el remedio! Si sabemos que lo mejor para calmar la sed es el agua, pues tomamos agua. Si sabemos que el fuego quema, pues no metemos las manos al fuego. Es una ventaja enorme saber cuál es la enfermedad y también cuál es el remedio. No siempre las personas saben qué enfermedad tienen y menos cómo curarla. Si un animal se fractura una extremidad está condenado a morir por desangre, por infección o porque algún depredador se aprovecha de su inmovilidad para atacarlo y devorarlo. El ser humano es el único que sabe que existen enfermedades y sabe cómo tratarlas.

Los animales no saben que la muerte existe ni siquiera saben que viven, nosotros sí. El ser humano es el único ser que sabe que va a morir. “El conocimiento de la muerte es la condición absoluta del conocimiento de la vida” (Zuleta, 1996), por eso valoramos la vida y nos da miedo morir. La planta de café no tiene movimiento propio como los animales ni como el ser humano, de tal modo que si le llega a caer la roya la destruye, pero como el agricultor es quien cultiva y se beneficia de ella entonces la salva de morir.

Si el ser humano salva animales y plantas de morir ¿Por qué no salva a sus hijos, a sus padres y a sus vecinos con unas exigencias tan sencillas y nada costosas como bañarse las manos, toser sobre el codo, tomar agua tibia, hidratarse, no llevar las manos a la cara, porque el virus ingresa por las membranas de los ojos, la nariz y la boca? Si no supiéramos eso pues nos contaminaríamos rápido como sucedió con la nominada Peste española o con otras epidemias. Este es el remedio individual, pero también está el remedio colectivo: reitero, aislarnos socialmente de todas las personas durante varios días hasta que el virus vaya desapareciendo. Esa es la llamada cuarentena que no es más que un tiempo de cuidado y autoprotección. No es la trinchera para atacar a un enemigo inexistente, ni para ganar una batalla imaginaria, es el tiempo para impedirle ser buenos huéspedes a esa molécula que al ingresar a nuestro organismo entra en contacto con la célula, hace que ella lea algo y repita aquello que lee y, además, que le copie muchas veces, y finalmente se destruya por lo que ha leído y repetido. el Coronavirus

¡Chao pescados!

Nota. Recuerden consultar los siguientes libros para ampliar el contenido de la carta:

Zuleta, E. (1996). Lógica y crítica. Lecciones de filosofía. (U. del Valle, Ed.). Calí.

Zuleta, E. (1997). La Educación un Campo de Combate. (Fundación Estanislao Zuleta, Ed.). Cali.

Cuarta carta: la fuerza de la miniatura en tiempos de pandemia

Queridas y queridos estudiantes,

estimadas madres y estimados padres de familia,

Ya he compartido con ustedes tres cartas,la primera, como lo recordarán, versa acerca de lo que significa el viaje familiar en tiempos de pandemia dentro de la cuarentena relacionando el tiempo y el espacio en algunos ejemplos como el desplazamiento a ciudades, países y al planeta de El Principito. Los contenidos de la segunda carta están afirmados en los sentimientos y su pertinencia en el manejo de la cuarentena de manera individual y colectiva. La tercera hace referencia a los viajes de personajes de la historia universal y colombiana como Odiseo, Colón y Fermina Daza y Florentino Ariza en los tiempos de la epidemia del cólera.

Hecho este somero recuento quiero manifestarles en esta misiva que con el viaje familiar en tiempos de pandemia pretendemos, como ya se ha enfatizado, evitar que el virus entre a nuestro cuerpo y que en caso de que llegase a ocurrir el reto es desintegrarlo.

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– ¿Cómo así que desintegrarlo profe? preguntará alguna de mis imaginarias estudiantes. Se aduce que desintegrarlo, porque el virus no es un organismo vivo, no es una bacteria, ni un hongo, no tiene padres ni hermanos, es una molécula de proteína cubierta por una capa o corona (por eso la denominación de coronavirus) protectora de grasa, que al ser absorbida por la mucosa nasal, bucal u ocular ingresa al cuerpo y ataca principalmente al sistema respiratorio.

A esa molécula no se le mata con antibiótico ni con bactericida (porque no es bacteria) sino hay que desintegrarla con agua caliente a temperatura superior a 50 grados, vapor superior a dicha temperatura, jabón espumoso, alcohol, agua oxigenada y con algunos remedios farmacológicos que están siendo objeto de estudio y experimentación para su aplicación en próximos meses.

¡Qué paradoja que algo tan pequeño tenga tanta fuerza que pone en riesgo la existencia humana en el planeta! Esto me lleva a recordar a Bachelard cuando afirma en La poética del espacio: “que lo grande surja de lo pequeño es una de las fuerzas de la miniatura” (Bachelard, 2000) La pandemia es lo grande y lo pequeño el Coranavid-19. Que un incendio emane de una cerilla encendida o del impalpable roce de dos cables eléctricos con polos opuestos o, en nuestro caso, de una persona portadora del Coronavirus que en poco tiempo puede contagiar a decenas y centenares de personas, es la fuerza de la miniatura o de lo poco sobre lo bastante.

Y finalmente, miren lo potente y lo curioso de la miniatura. Es análogo, en la parte inicial a las prácticas de enseñanza: el virus entra en contacto con la célula, hace que ella lea algo y repita aquello que lee y, además, que le copie muchas veces, y finalmente se destruya por lo que ha leído y repetido. La diferencia, en la parte final del proceso de la miniatura, está en que lo que ha leído y memorizado el educando no lo destruye sino lo construye, le potencia la existencia, no se aniquila. Los virus crean anticuerpos el organismo.

 

Hasta la próxima chicas, chicos, madres y padres de familia.

 

Nota. Recuerda ampliar la lectura consultando el libro que sugiero enseguida:

Bachelard, G. (2000). La poética del espacio. (F. de C. Económica, Ed.). Santa Fe de Bogotá.

Tercera carta: retomemos la idea del viaje

Hola lector, lectora:

Como se pudieron dar cuenta, no pude seguir con la carta anterior porque uno de mis estudiantes, desde la imaginación, me interrumpió, como sucede en clase, con otro tema: el de la locura. Pero esa interrupción nos permitió recordar algunos sentimientos para aplicar en El viaje familiar en tiempos de pandemia. Dicho esto, los invito a retomar la idea del viaje con otras preguntas formulada por otros inquietos educandos desde la imaginación. ¿Pero un viaje no es el desplazamiento de un lugar hacia otro lugar? ¿Un viaje con la pandemia del Coronavirus? ¿Acaso lo que nos piden no es quietud, aislamiento social, estar en lugar de vivienda? Estas y otras preguntas hacen parte del equipaje que cada una de las familias colombianas y que los colombianos cargamos en nuestro morral, rumbo al puerto de la cuarentena.

El viaje familiar en tiempos de pandemia no es cualquier viaje, es un viaje riesgoso en el que pocas personas tienen experiencia. Los protagonistas de esta experiencia somos cada una de nosotras y de nosotros. Así como Homero nos relató el largo viaje de Odiseo a través del océano de la isla Ítaca a Ilión y viceversa, también la historia de Colombia narra el viaje de Cristóbal Colón desde España hasta América en tres embarcaciones: La pinta, La niña y la Santamaría. Gabriel García Márquez, nuestro premio Nobel de literatura, nos narra, con lujo de detalles, el viaje de una pareja de enamorados que no pudieron desembarcar en ningún puerto del río Magdalena, porque había en todos esos puertos la epidemia del cólera. Esa pareja de enamorados fue Fermina Daza y Florentino Ariza de los cuales se ocupa la novela: El amor en los tiempos del cólera. (García, 1985).

Aunque El viaje familiar en tiempos de pandemia es una experiencia nueva, para chicos y adultos, hay huellas que nos han dejado quienes han pasado por situaciones disímiles y de esas situaciones nos podemos agarrar para salir adelante. Odiseo estuvo confinado en una balsa durante más de diez años, Colón también, Fermina Daza y Florentino Ariza lo mismo; no obstante, aguantaron el viaje y llegaron a buen puerto. En ese sentido el viaje es desplazamiento sin movimiento.

Un barco dura meses en el mar desplazándose, pero los pasajeros o navegantes no se salen de la embarcación, están aislados físicamente del resto del mundo más no mentalmente. Penélope la consorte, su hijo Telémaco y Laertes (Homero, 1999, p. 400) el padre, están con Odiseo, de pensamiento no de cuerpo presente en el océano; en esa lógica, el viaje familiar en tiempos de pandemia es el camino que conduce al reconocimiento de si mismas y de si mismos, es una aventura del pensamiento y de los sentimientos, por eso es factible hacerlo así haya pandemia y así haya normas que lo prohíban, para el pensamiento no hay fronteras delimitadas ni es asequible la contaminación con el Coronavirus, salvo que nos dejemos invadir por el pesimismo, por el miedo, por la desesperanza, por la desconfianza y por todos esos sentimientos negativos que puso a jugar a las escondidas la locura.

En el viaje familiar en tiempos de pandemia va mucha gente, millones de personas en Colombia y en el mundo, pero cada hogar o familia va en su propia embarcación, en concordancia con las demás embarcaciones y con un comando unificado que orienta la flota. Dentro de esas orientaciones está el interactuar con protección: distantes a dos metros unas de otras y unos de otros, preferiblemente usar mascarilla o tapabocas, toser sobre el codo, no salir del lugar, hidratarnos, bañarnos las manos por mucho cada dos horas y en los momentos en que se ingresa a la vivienda, tomar agua caliente, hacer evaporaciones, alimentarse lo mejor posible, hacer ejercicios físicos y mentales, ser tolerantes entre sí, y tener claro que vamos a llegar a buen puerto como Odiseo quien demoró 10 años; como Florentino que esperó a Fermina 53 años, 7 meses 11 días y como Colón, y como el coronel, que no tenía quien le escribiera, esperó diez años a que se cumplieran las promesas de Neerlandia (García M., 1958, p. 49).

Y que esa llegada bien depende de nuestra actitud individual y colectiva. En este viaje no hay competencia sino ayuda mutua, cooperación y solidaridad, porque la vida de unos depende de la actitud de los demás y la de los demás pende la mía.

Con base en lo expuesto queridos estudiantes, padres y madres de familia espero que las preguntas por el viaje se vayan resolviendo y así el equipaje de las preocupaciones, dudas y angustias vaya disminuyendo su peso para evitar el cansancio y así no tengamos que repetir la segunda parte de la siguiente expresión de El Principito: “cuando volví… los compañeros que me vieron se sintieron muy contentos de volver a verme vivo. Yo me sentía triste, pero les decía: es el cansancio.” (Saint-Exuspery, 2001)

 

Con mucho cariño su profe Esperanza.

Nota. Recuerda ampliar la lectura de la carta consultando los libros que sugiero enseguida:

García, G. (1958). El coronel no tiene quien le escriba. (L. M. Mágica, Ed.). Bogotá

García, G. (1985). El amor en los tiempos del cólera. (Norma, Ed.). Bogotá D.E

Homero. (1999). Odisea. (Panamericana, Ed.). Bogotá Colombia.

Saint-Exuspery, A. de. (2001). El principito. (E. Salamandra, Ed.). Bogotá.

Segunda carta: viajemos desde casa

Recordados y recordadas estudiantes, madres y padres de familia.

Hola

Hoy, a través de esta segunda carta, quiero invitarlos a que hagamos el viaje familiar por la pandemia del Covid-19

– ¿Un viaje, profe? Si, un viaje.
– Perdón: ¿estás loca?

Tanto como loca no me siento, aunque si me valgo de una frase que circula por ahí en la que se lee que la locura es hacer siempre lo mismo esperando algo distinto., precisamente, yo les propongo hacer algo distinto para que obtengamos resultados distintos. Pero déjenme decirles algo sobre la locura episodio que puede afectar a varias personas en la pandemia por falta de control emocional.

Mario Benedetti, un recordado escritor uruguayo, cuenta que alguna vez se reunieron, en algún lugar de la tierra, todos los sentimientos y cualidades de los seres humanos. Entre otros asistieron: el aburrimiento, la intriga, la curiosidad, la duda, la euforia, el entusiasmo, la apatía, la verdad, la soberbia, la cobardía, la pereza, la envidia, el triunfo, la generosidad, la timidez, la belleza, la fe, la libertad, la voluptuosidad, el egoísmo, la mentira, la pasión, el deseo, el olvido y por supuesto el amor. Estando todos juntos llegó un personaje (adivinen cómo se llama) y como los vio un poco desorganizados les propuso que jugaran a las escondidas. Como ustedes en algún momento han jugado a las escondidas no me detengo a explicarles el juego. Lo cierto es que los sentimientos aceptaron jugar, la “integrada”-como dicen ustedes- inició el conteo de 1 a 1.000.000. Los sentimientos comenzaron a esconderse y a no dejarse encontrar para no pagar la penitencia.

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Uno de los sentimientos se escondió debajo de un rosal tan bien escondido que el personaje, cuyo nombre ya deben saber, movió fuertemente las ramas, tan fuerte que con las espinas hirió los ojos de ese sentimiento que estaba ahí escondido. El personaje al ver al sentimiento herido se afanó, no hallaba qué hacer, lloró, le pidió perdón y se ofreció a ser su lazarillo; por eso, desde que ocurrió ese accidente, la humanidad viene diciendo que: “el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña”.

Por echarles el cuento de Mario Benedetti se me alargó la carta y todavía me quedan dos asuntos pendientes para completarla. El primero es que cada persona que haya escuchado el contenido de mi carta, debe adivinar en qué orden se escondieron los sentimientos que se reunieron, escribirlo en un cuaderno y luego entre todos los miembros de la familia, con las manos bien bañadas, manteniendo las distancias y evitando toser, estornudar y expulsar saliva, compartir las respuestas. Uno de los participantes puede coger una hoja, rayarla en columnas (nombres de personas) y en filas (sentimientos) para ir consignado y encontrando coincidencias. Finalizado este ejercicio, pueden ir a donde el profe Google, y escribir: “La locura, Mario Benedetti” y le dan clic. Una vez encontrado el texto alguien lo lee y cada cual sobre su cuaderno va corrigiendo. Finalmente, despejan la incógnita sobre quién era el personaje y cuál era fue el sentimiento herido.

Recordados estudiantes y padres de familia, como se han podido dar cuenta ya hicimos nuestro primer viaje imaginario por el sembradío de los sentimientos. Ya los identificamos y de lo que se trata ahora es de escoger cuáles me sirven para afrontar la pandemia y de cuales me debo sustraer. Guarde el cuaderno con la lista y cada día póngalos a jugar, eso si cuidando de no herir a nadie ni física ni emocional ni psicológicamente. La pandemia nos convoca al cuidado de unos con otros, de unas con otras y de cada una y cada uno. Y la varita del cuidado es el amor.

Espero que hayan disfrutado el viaje por el sembradío de los sentimientos y que todos los días nutran a los buenos sentimientos y debiliten a aquellos que nos causan daño a nosotros y a los demás.

Amorosamente. La profe Esperanza.

José Israel González Blanco

Nota 1: ¡Escucha el podcast!

Nota. Para ampliar el contenido de la carta recuerden buscar en Google el escrito de Mario Benedetti: La locura.

Primera carta: a cuidarnos y ayudar a cuidar.

Hola niña, hola niño, hola joven, hola mamá, hola papá:

Buenos días, tardes o noches (según leas esta carta)

Soy la profe Esperanza. He estado pensando mucho en cada una, cada uno de ustedes y en algunos momentos del día me pongo a imaginar cómo transcurren los minutos, las horas, los días de cuarentena para mis estudiantes y sus familias. Es un tiempo muy corto si lo relacionamos con una centena de días, con medio año, o con un año de aislamiento social.

Eso en el tiempo…. en el espacio podríamos imaginarnos un viaje de Bogotá a Ibagué, un viaje para el cual necesitamos cerca de 6 horas montados en un bus, a la velocidad permitida y haciendo las paradas reglamentarias. –¡Uf, seis horas es mucho tiempo profe! me dirá cualquiera de ustedes, pero en verdad es poco si lo comparamos con un viaje a Cartagena, en el que requerimos cuatro veces más tiempo, es decir, un día completo, o un viaje a Quito (Ecuador), o a Santiago de Chile en bus.

Y ahora que hablo de días viene a mi memoria uno de los relatos de El Principito, ¿si se acuerdan de ese inquieto personaje que decía que “lo esencial es invisible a los ojos”? ¿O sea que la esencia de lo material y de lo mental no lo pueden ver nuestros ojos? Lo dejo ahí para que lo piensen y dialoguen como familia, porque lo que quiero decir, volviendo al viaje a Ibagué la ciudad musical y a Cartagena la ciudad heroica, es que El Principito decía que Él pertenecía al quinto planeta “el planeta raro y pequeño, donde solamente se pueden alojar el farol y el farolero, donde cada minuto nace un día y donde se presentan mil cuatrocientas cuarenta puestas al sol al día” (Saint-Exuspery, 2001).

Nosotras y nosotros somos terrícolas, pertenecemos a un planeta hermoso que tiene alrededor de 7.500 millones de habitantes de los cuales Colombia aporta apenas el 1,5% de ese universo poblacional. Acá, en nuestro territorio, los días son de 24 horas, 60 minutos componen una hora y no 1.440 puestas al sol o días como en el planeta raro de El Principito. Si viviéramos en el planeta raro donde mora El Principito, la cuarentena o los 19 días de aislamiento social equivaldrían a 16.360 días, es decir que mas de 44 años y medio de nuestra existencia la pasaríamos encerrados para evitar el contagio con el Coronavirus. Afortunadamente son apenas 40 días, eso sí acatando las recomendaciones que nos hacen, porque si no cumplimos entonces ahí si no será veintena sino cuarentena, es decir el doble de tiempo.

Como lo pueden percibir, el asunto no es tan complicado, se requiere voluntad para hacerlo, “querer es poder” dicen muchas personas. Si queremos todo nos saldrá bien: volveremos a la escuela y al colegio, nos saludaremos con las palmas de las manos y con el puño como hace unas semanas, los abrazos volverán a ser nuestra expresión física de afecto, las actividades laborales y escolares retornarán a su cotidianidad, las personas mayores dejarán de estar en riesgo de muerte, seguiremos hidratándonos, cuidando nuestra salud y sobre todo valorando nuestra vida y la de las demás personas, las plantas, los animales, la naturaleza y todas aquellas cosas que nos parecían insignificantes como bañarnos las manos bien.

Como lo verán en algunas de las cartas que les estaré enviando, esta no es la primera vez que a la humanidad le ocurre esta situación de pandemia, tampoco será la última, de ahí la importancia de valorar esta experiencia. Ojalá escribirla para que cuando vuelva a ocurrir le contemos a la gente cómo la afrontamos. Nosotros no lo sabemos, estamos aprendiendo de los demás países y también de la historia. Sin duda, es la primera vez que nos pasa una situación tan grave y dolorosa en la que, si no nos cuidamos y no ayudamos a cuidar a los demás, muchos serán las perdidas materiales y en vidas humanas.

Con mucho cariño su profe Esperanza.

 

José Israel González Blanco

Nota. Para ampliar el mensaje sobre El principito pueden buscar el libro en internet con la siguiente referencia:

Saint-Exuspery, A. de. (2001). El principito. (E. Salamandra, Ed.). Bogotá.