Carta #29: El perdón, un antídoto para una nueva normalidad

Chicas, chicos, padres, madres y docentes. Lo que la vida te da, también te lo quita.”

Mas consciente de su situación, convencida del tesoro de fortalezas que había tenido, del cúmulo de experiencias afectivas, de la ausencia de tribulaciones y de la abundancia en oportunidades económicas, Gladys, comprende que las bondades que ofrece el mundo son transitorias, que “hay que vivir cada momento como si fuera el último”, momentos que no los podrá borrar de la biografía ni la muerte, tal como quedó expedito al comenzar la segunda parte de este libro.

¿Cómo se puede abandonar lo que la vida le ha ofrecido a un ser humano en su momento? Muy difícil, de ahí que la prédica sobre “perdón y olvido” es muy falaz, un avance loable es perdonar, porque no perdonar, decía Nelson Mandela ” es como beber un vaso de veneno y esperar que tus enemigos mueran.” (Rojas, 2010). 

La carta de despedida a esos hijos bien educados que ya no están, a ese consorte que fue pero que ya no es, a los bienes que hubo pero que ya son de otros, y  al trabajo que tantas gratificaciones aportó, es un apoyo en esta grada, junto con la extinción de temores, la dejadez de la desconfianza, sin miedo a la libertad, parafraseando a Erich Fromm, es ir más allá del umbral de lo conocido (Fromm, 1978), del reino de los Aprendizajes al reino de la Oportunidad, subrayando la fábula del pavo real. 

Ante tantas pérdidas que catapultaron la existencia de Gladys o de cualquier ser humano, el otro escalón a subir es el relativo a atenuar los temores y generar esperanzas. Para ello, conviene realizar un viaje por algunos estadios de la realidad actual. Lo primero que encontró Polo, con su paciente, fue a Ezequiel, “el compañero maravilloso”, desplazándose en una silla de ruedas. Gladys queda sin palabras, llora, balbucea e intenta devolver el tiempo, pero no, la exigencia era estar cara a cara con el cónyuge discapacitado, habido de ayuda. “Me siento miserable cuando lo miro”, le manifiesta Gladys a Polo al ver a Ezequiel en esa situación. Entretanto, el abnegado esposo experimenta emociones positivas cuando su esposa le hace masajes, le coloca la cuchara en la boca con la comida, cuando le pone la música que le gustaba y cuando lo baja de la silla en el parque, para contactarse con el suelo.                

Ante una historia como esta, viene a la memoria una de las conclusiones de Einstein, en el fragmento de la última carta enviada a su hija: “Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas: El amor. “El amor –prosigue el emisor, es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere” (González Ávila, 2015, p. 139).

Leída esta página con llanto, tristeza e impotencia, se pasa al capítulo de los hijos. Según su madre, le habían hecho mucho daño, porque ella no esperaba que “le pagaran con esa moneda”. Ante esta postura fluye la pregunta: ¿No sería que los hijos estaban sufriendo tanto, por la miserableza en que estaba su progenitor, que con la única persona que podían desahogarse era con ella, y de esa guisa, porque con él no era justo? La reflexión sacude a la madre y la induce a recordar que su relación con los chicos fue muy satisfactoria, acorde con unas condiciones y que hoy son adultos, que pueden y deben cooperar con ella y con su padre. 

En esa lógica, madre y primogénitos acuerdan un encuentro en el hospicio de está Ezequiel. Ahí Gladys ya llevaba claro los puntos a tratar. El primero, manifestarles, que como ellos, sentía mucho dolor por lo que estaba aconteciendo y que ese dolor lo compartía con los dos; lo segundo, que la decisión de llevar al padre a ese sitio se hizo con la mejor intención, más aún, acogiendo las recomendaciones de los profesionales de la medicina quienes desaconsejaron dejarlo en la casa; en tercer lugar, les perdonaría su comportamiento; y, como cuarto punto se elaboraría un plan de atención conjunto, incluyendo visitas y acciones con Ezequiel.

Hasta la siguiente oportunidad 

Su profe Esperanza

Recuerden la lectura de:

Fromm, E. (1978). ¿Tener o ser? (F. de C. Económica, Ed.). Ciudad de México.

González Ávila, M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Rojas, S. (2010). El manejo del duelo. (Planeta, Ed.). Bogotá DC.

Carta #28: ¿De qué nos ha servido todo esto?

Recordados educandos, padres y docentes: ¿De nada me sirvió todo esto? Se pregunta la profe Gladys y a renglón seguido expresa:

Es una ficticia y vacua conclusión a la que llega una persona con duelos o heridas abiertas. No obstante, hay que retomar la lección del albañil tranquilo de Neruda. Sin prisa hacer los movimientos, alzar la escalera y alistar todo para la inauguración. Dicho de otro modo, la escalera hay que contemplarla con detenimiento como el arco de Marco Polo, en la obra de Ítalo Calvino. Ya se le observaron las fisuras y se aceptó que eso es lo que se tiene. 

Ahora hay que contemplar “la línea del arco” que forman las piedras, la estructura que la sostuvo, es decir: las piedras, porque “sin piedras no hay arco”: una vida saludable, un matrimonio feliz, unos trabajos dignos y bien remunerados, unos hijos juiciosos y educados y unos bienes que se disfrutaron, todo esto no puede percibirse sino a la luz de la satisfacción. ¿De nada sirvió todo esto?  ¿Fueron en vano todos los esfuerzos?  ¿Acaso, el sentido de estar bien todos?  

Freud –devolviendo la madeja de este ovillo hasta la historia de Antares -una amiguita de la emisora de la historia de la profe Gladys-, puntualmente en la relación de la pedagogía y la siquiatría, en la perspectiva de la Crítica Antiautoritaria- parte de la tesis de que existe, en la población, la tendencia a reprimir los recuerdos desagradables, depositándolos en el inconsciente. El castigo sicosomático de esta tendencia, según los sicoanalistas, sería la neurosis. “Todos somos neuróticos”, sostenía en anti siquiatra R.D. Laing. 

Pero, la represión no se reduce a los recuerdos negativos, también cobija a los recuerdos positivos, la gente se queja, protesta, no se siente cómoda con los medios que posee, no aplaude su existencia, ni todo aquello que le rodea; no se reconoce a sí misma y menos concede reconocimiento a los demás. “Entre más tiene, más quiere”, reza el aforismo popular. Hay un síndrome de abulia económica, política, social y personal, asunto que no es benéfico sino dañino para unos y otros. Gladys, en esta grada, sube y baja, literalmente, pero se contiene en la base: el reconocimiento de las pérdidas, el avistamiento de un pasado satisfactorio y unas posibilidades para ascender en una escalera con otras particularidades”. 

Hasta luego familia.

Les recuerdo hacer la consulta de los libros que parecen en el texto.

González Ávila, M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Carta #26 ¿Es la vida, más que la muerte, lo que no tiene límites?

Carísimos estudiantes, padres, madres de familia y docentes

Ya había dado por hecho que de ahora en adelante me sentaría a esperar las cartas de mis estudiantes y padres de familia para saborearlas, así fuese con un sabor amargo por la carga de dolor que lagunas transportarían; ¡pero no!, “una cosa mira el burro y otra quien lo está enjalmando” decían los campesinos de mi pueblo.

Cómo les parece que una chicuela me escribió para decirme: <<Uf pana, seamos más breves, eso último está muy fuerte, ¡no aguanta!>> Ella me explicaba que las últimas cartas estaban muy pesadas porque se centraban en abordar algunas emociones negativas de esas que jugaron con la locura y que, si uno no pasa de ahí, se enferma y de lo que se trata es de seguir adelante, porque <<es la vida más que la muerte la que no tiene límites>>(García, 1985, p. 409). Así como nos lo enseñó Florentino Ariza después de esperar cincuenta y tres años, siete meses y once días a su amada Fermina Daza. 

La niña que me interpela con su misiva me echó una curiosa historia. Que una vez había un escultor agachado sobre un enorme bloque de piedra y que todos los días daba martillazos y picaba la piedra informe, y que de repente un día recibió la visita de un niño quien le dijo: 

Oye, ¿qué estas buscando en esa piedra? 

El escultor no le puso cuidado al niño, como suele suceder, siguió concentrado labrando el bloque. Al cabo de unos días el niño volvió. Para entonces el escultor había esculpido un hermoso caballo del bloque de granito. El niño lo miró asombrado y le dijo: 

– ¿Cómo podías saber que el caballo estaba ahí dentro?

La niña me dice que el dolor es como un bloque de piedra de donde pueden salir algunas soluciones para la resolución de las pérdidas emocionales y, después de contarme esa historia, me sugiere la historia de Gladys que es como un caballito que ella tenía en su corazón y que un escultor de los sentimientos se lo hizo salir.        

Gladys es una persona de esas que en esta sociedad suelen denominarse muy afortunada. Se casó, por la iglesia a los 19 años, con un marido muy fiel, su luna de miel tuvo lugar en una isla caribeña. Cumplidos los 26 años, además de ejercer el magisterio, en una sola jornada, complementa su actividad laboral con la contaduría. A esa edad ya tenía dos hijos varones sanos y normales, a quienes creó con dedicación. En la relación conyugal construyó una sociedad patrimonial representada en dos vehículos, uno de alta gama y el otro “de combate”, más un apartamento en la ciudad y una cabaña en las afueras de la urbe. 

Su vida transcurrió sin mayores contratiempos. Pero un día, hizo un alto en el camino para visitar a Polo, un galeno especializado en siquiatría. El motivo de la consulta: su marido, ese hombre fiel, hacendoso, tierno y trabajador sin tregua, había sufrido un ataque al miocardio, que desde ese momento necesitó atención y monitoreo médico permanente. 

Gladys, menguó su fortaleza, a partir del inesperado episodio. Conoció el significado emocional y económico de los descuentos, por inasistencia al lugar de trabajo. Los clientes de la contabilidad se fueron retirando, porque la fijación de la atención estaba centrada en los problemas de su pareja y no en la acción profesional. Los hijos, a quienes “levantó” con dedicación, amor y esperanza, le “dieron la espalda”, porque ella, ante los infortunios, tuvo que internar a su cónyuge en una “pensión”, sin el consentimiento de la progenie.  

El apartamento fue embargado por un amigo de Ezequiel, su esposo. La cabaña, fue hipotecada por deudas y debido a que no había tiempo para frecuentarla, como otrora, ni dinero para sostenerla. Pero lo más delicado, Gladys es diagnosticada de una hernia discal que le impide hacer ejercicio y moverse como solía hacerlo. 

  • ¿Qué será lo que he hecho para que me pase todo esto, Dios mío? – exclamaba la atormentada mujer a las escasas amigas que, de vez en cuando, la llamaban. 
  • No puedo más doctor -le manifestó, en una ocasión al siquiatra, llorando y estrujando un pañuelo con sus manos- estoy destrozada, ¡mi vida es una carga y usted mandándome a hacer balneoterapia! ¡No tengo ganas de nada…ojalá ya estuviera muerta!       

Soledad, melancolía, desilusión, ganas de no seguir existiendo, limitaciones físicas y descenso en los ingresos y en las finanzas, en una mujer que subió por la escalera de la felicidad y aún con menos de medio siglo de existencia. 

Muy poco por hacer, salvo que la dolida maestra llegase a la conclusión –con Elisabeth Lukas, <<de que perder y ganar tiene un sentido, que la vida está incondicionalmente llena de sentido y que a todos nos depara siempre un deber cuya realización puede proporcionar, por lo menos, un atisbo de alegría>> (Lukas, 2001).

Efectivamente, Polo, con su mirada logoterapeútica, traza una visión con interrogatorio que contiene el siguiente itinerario: primero, examinar las grandes pérdidas expuestas: ya no podía disfrutar de ese matrimonio feliz. La relación armoniosa con los hijos y el acogedor hogar habían perdido su esplendor; su salud y la de su marido estaban deterioradas; el trabajo ya no convocaba como antes y los bienes se estaban esfumado, esa era la cruda realidad, es la herida para airear. 

Feliz día

Recuerden siempre complementar la lectura con las fuentes citadas. 

González Ávila, M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Lukas, E. (2001). Paz vital, plenitud y placer de vivir. (Paidós, Ed.). Barcelona.

Carta # 25: La esperanza en alto

Queridísimos estudiantes y padres de familia. 

Las y los invito a que recuerden cómo iniciamos nuestra correspondencia. Lo iniciamos imaginándonos un viaje de 6 horas entre Bogotá e Ibagué; 24 horas de Bogotá a Cartagena y varios días a Quito (Ecuador) o a Santiago de Chile en bus. Igualmente, rememoramos el planeta raro de E1 principito donde un día correspondía a1440 puestas al sol y dijimos que la cuarentena o veintena de 19 días de aislamiento social equivaldrían a 16.360 días, es decir que mas de 44 años si viviésemos donde El principito. Pues bien, siguiendo con la invitación a que sigamos imaginando y con la Esperanza en alto, démosle el turno al escritor de la carta para que la lea teniendo en cuenta: 

1. Elegir un lugar privado que lo haga sentir seguro.

2. Llevar contigo unos pañuelos desechables, para evitar interrupciones en el momento en que alguien se los alcance.

3. Trae a la memoria la imagen del destinatario o persona con quien desea aclarar la relación, respira profundo, cierra los ojos antes de comenzar. 

4. Ahora, abre los ojos e inicia la lectura sin detenerse, no deje embotellar las palabras y los sentimientos. 

5. Cuando llegue al final, antes de pronunciar el adiós, vuelve a cerrar los ojos por un momento.     

6. No hay que perder de vista que se le está diciendo adiós es al dolor y a la pena de emociones pendientes. La despedida no es de los buenos recuerdos, tampoco se está despojando de sus creencias espirituales.           

7. Al terminar, si hay varias personas escuchando y si a ninguna se le ocurre darle un abrazo al lector, pide que alguien lo haga.

Y como en la cuarentena también hay tiempo para el cine, permítanme terminar haciendo el siguiente comentario sobre la película Historia sin fin– en la que se persigue a un hombre bestia que hostiga a unos niños y adolescentes que quieren salvar al reino de la Fantasía de una peste que lo está acabando, llamada “la nada” o la violencia. La Fantasía no tiene límites y por ello Atreyu, otro personaje, pregunta que por qué está muriendo. La respuesta de Gmork es: “porque los humanos están perdiendo sus esperanzas y olvidando sus sueños. Así es como la nada se vuelve más fuerte. Los habitantes de Macondo se impusieron a la peste del insomnio y del olvido escribiendo y construyendo la máquina de la memoria, logrando recuperar la luz de la memoria; los habitantes de aquella ciudad asaltada por la ceguera también lograron recuperar la visión, por encima de las vicisitudes. 

Ahora nos corresponde a nosotros por encima del dolor y de todas las pérdidas humanas y materiales salir adelante. Estas cartas apenas son 25 piezas de la 14.000 que elaboró José Arcadio Buendía para ayudar a su pueblo. Queda a merced de cada lector seguir con la segunda parte de esta iniciativa, consignando sus relatos sobre esta experiencia: El viaje familiar en tiempos de pandemia. 

Las y los quiero mucho, mucho peladas, pelaos, madres y padres de familia.

Hasta pronto.

Esta vez la fuente a consultar es la película Historia sin fin.

Su profe Esperanza

Carta #24: Escucharnos para sanarnos

Mis recordados chicos, chicas, madres y padres de familia.

¡Vamos, vamos! Ya estamos en el cuarto momento de elaboración de la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales. Una vez escrita la carta, el maestro, el orientador, el adulto o quien dirige su elaboración debe:

1. Visualizarse con un “corazón con oídos”, escuchar, solamente escuchar. Puede llorar o reír, pero no hablar. Nada de lo que se haga debe implicar juicio, crítica, análisis o comentario. El ser humano comete errores, aprende de ellos, por eso no vilifique ni divinice.  

2. Siéntese a una distancia cómoda del discípulo o escribiente, relájese y asuma el rol de ser un amigo que está escuchando algo importante. “Cuando la gente hable, escucha absolutamente todo. No estés pensando en qué es lo que va a decir. La mayoría de la gente nunca escucha. Ni observa”, sustenta Ernest Hemingway. 

3. No toque a la persona durante la lectura, porque puede detener la expresión emocional y justamente se trata de sacarlas a flote, de dejarla fluir.

4. Mantenga sus emociones bajo control, si se siente afectado, acéptalo. Si, por ejemplo, los ojos se le llenan de lágrimas por lo que escucha, deje que corran por las mejillas como el médico oftalmólogo, en la obra de Saramago, que sufrió el mal blanco o ceguera, evite limpiarse en el momento. Aliste pañuelos.

5. Permanezca todo el tiempo que dure la lectura. Escuchar con el corazón abierto.

6. Cuando el lector, alumno o adulto, pronuncie el adiós, ofrézcale un abrazo, la duración depende del nivel de emoción del uno, del otro o de la otra. 

7. Recuerde que la intelectualización de lo escuchado no tiene cabida: reiteramos: no juzgue, no analice, no critique, no comente. La carta es la culminación de una cantidad de trabajo difícil, muchas veces de la carga de emociones negativas, pero “para indagar en el alma humana es mucho más fructífero adentrarse en las cualidades negativas.”(Vernaza, 2014, p. 65) (Vernaza, 2014).

Hasta luego mis parceras y parceros.

La consulta es la misma de la carta anterior. 

Vernaza, C. (2014). Reflexiones y herramientas sobre el dolor, el duelo y el sufrimiento humano. Bogotá Colombia.

Carta #23 Cabeza fría, corazón caliente y mano larga para escribir

Apreciados estudiantes y padres y madres de familia.

La carta que acaban de leer contiene un decálogo metodológico que señala cómo hacer el ejercicio, pero también contiene otro decálogo acerca del qué y con qué hacer el escrito durante El viaje familiar en tiempos de pandemia. Sin más que agregar, “papel y lápiz”. Parafraseando a Confucio: cabeza fría, corazón caliente y larga la mano. (Vernaza, 2014, p. 11).  

Querido papá:

He estado analizando nuestra relación y he descubierto algunas cosas que quiero decirte:

Papá, quiero disculparme por…

Papá, quiero disculparme por…

Papá, quiero disculparme por…

Papá, te perdono por…

Papá, te perdono por…

Papá, te perdono por…

Papá, quiero que sepas que…

Papá, quiero que sepas que…

Papá, quiero que sepas que…

Te quiero mucho, te hecho de menos.

Adiós papá.

Si hay más de tres mensajes en el “quiero disculparme por”, en el “te perdono por” o en el “quiero que sepas que”, se pueden colocar. Ahora, si la persona no se siente representada en estas frases, use otras. Lo que sí debe ser constante es el: Adiós papá o en el ejemplo precedente: “Adiós mi entrañable hijo” o adiós mamá. El decir adiós finalmente resuelve y cierra la comunicación, más no el final de la relación con el destinatario. Hay quienes aseveran que “no decir adiós deja la comunicación abierta, arriesgándote a dilatar el proceso” (Vernaza, 2014). La palabra adiós es muy potente para esa acción.

Hasta luego mis pupilas y pupilos.

Les recuerdo visitar la siguiente fuente.

Vernaza, C. (2014). Reflexiones y herramientas sobre el dolor, el duelo y el sufrimiento humano. Bogotá Colombia.

Carta #22 Escribir: liberar las emociones y limpiar el alma

Inolvidables chicas, chicos, padres y madres de familia. 

La lectura de la anterior carta nos pone en el plano de las emociones negativas, porque uno siente mucha tristeza, rabia y hasta impotencia. En cartas anteriores tocamos tangencialmente la tristeza y el malestar que genera el estar aislados, lejos de la escuela, distantes unas y unos de otras y de otros. 

El principito lo expresaba: “Yo me sentía triste”, pero sus compañeros se alegraron al verlo vivo. Y eso lo que hay que celebrar, que estamos vivos, que sobrevivimos a la pandemia y que en adelante nos seguiremos cuidando sin necesidad de que nos obliguen a estar aislados sino juntos. Somos testigos del aprendizaje de una dura y dolorosa experiencia. 

La alegría que cada mañana y cada tarde disfrutamos en el salón de clase volverá a salir como el sol, sin desconocer que para algunos el crepúsculo en la pandemia nos dejó una mancha de obscuridad. La pandemia ha dejado heridas como las ramas de rosal en los ojos del amor; peor como nos lo enseñó Ernesto Sábato: “A la vida le basta el espacio de una grieta para renacer.”

En una de las últimas cartas (decimonovena) quedó sugerido un ejercicio de escritura. Para hacerlo se plasmaron las siguientes recomendaciones: tener a la mano una hoja de papel, 2 cucharadas de sentimientos, 4 manojos de ideas silvestres, 5 copitas de gramática española, 6 esencias de saberes especiales, 7 paquetes de finas letras, 8 gotas de felicidad, 9 trozos de sentido común, 1 o 2 recuerdos al gusto…

Y ahora sí, ¡a escribir! muchachos, chicas y padres de familia indicando que con esta epístola cerramos el salón de clase transitoriamente; es decir, la escritura de cartas continuará en otros momentos, porque hay mucho que escribir y gran parte del torrente escritural provendrá de las experiencias de esta pandemia. El tiempo para escribir, para leer y para amar es un tiempo robado -apunta Daniel Pennac-, robado a la tele, a las veladas familiares, al sueño, a las tareas escolares cuando estas no tienen esa finalidad, al juego. La clave es poner la escritura “al servicio de los placeres” (Pennac, 2002, p. 50) de seres humanos, particularmente de niños y niñas y muy pronto se aplicará a pesar de la ausencia de la maestra     

  Es una producción de la autoría de quien escribe. Aunque la información de una carta de Resolución de Pérdida Emocional es privada y confidencial se pone en este texto, de una parte, como ejemplo a consultar y, de otra, hace parte de la recuperación de la pérdida emocional de uno de los autores: la muerte de un hijo de 17 años, estudiante de Derecho de la U. Nacional de Colombia. 

Sobre la metodología sugerida entonces:

1. Tome la decisión consciente de escribir la carta

2. Escoja un lugar sin interferencias.

3. Dedique mínimo una hora.

4. Escribir la carta solo y en una sola sesión, como se dice: “de una”.  

5. Tenga al frente la Historia Gráfica de su relación con el destinatario. 

6. No hay límite. Es la oportunidad de decir las cosas que han sido calladas durante mucho tiempo. Vomitar para tener volver a tener apetito, como ya quedó consignado.

7. Preferiblemente no ser repetitivo. 

8. Puede ser una experiencia emocional fuerte, que podrá impedir pasear los ojos sobre las letras.

9. Encabece la carta con el nombre de la persona o con la forma como se dirigía a Él o Ella. 

10. La trama puede organizarse teniendo en cuenta las sugerencias de la vigésima tercera carta.

Bueno, a escribir niñas, niños y padres de familia. Chao.

Recuerden ir a la siguiente fuente: 

Pennac, D. (2002). Como una novela. Bogotá Colombia.

Carta #21 La emotividad, una experiencia humana de fortaleza

Mis inolvidables estudiantes y padres de familia:

Como les prometí, les traje una técnica de la que puede echar mano el docente, el padre de familia u otra persona que crea que lo puede hacer. Me refiero a la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales sea cual fuese el modo de morir, porque la muerte es una, mientras que los modos de morir tienen disímiles expresiones.

“El amor nos hace poetas y el acercamiento a la muerte nos hace filósofos”. Santayana.

Hola Juanjo, amigo del alma, compañeros de viaje, ruiseñor de la alegría, vendaval de la tristeza, guerrero de la mediocridad, colibrí de la tecnología, mago de la dulzura… hijo inolvidable e insustituible…

Juanjo: quiero disculparme por no haberte podido disfrutar más de lo que te disfruté, en verdad, esos momentos de juerga son los que hoy siguen dándole sentido a mi existencia, a la existencia de algunos familiares y amigos.

Juanjo: quiero disculparme por no haber podido estar más tiempo contigo, esa compañera inseparable de la vida, la muerte, nos lo arrebató literalmente antes del amanecer… Luego de tu muerte, he llegado a comprender que la vida es algo que pasa mientras uno está haciendo otras cosas y que, si el amor nos hace poetas, el acercamiento a la muerte nos hace filósofos.

Juanjo, te perdono que te hayas ido tan temprano, jamás imaginé que ese 25 de octubre del 2010 me darías el último abrazo y me acariciaras para siempre, con las palabras que todas las noches pronunciabas: “que duermas rico”. Te confieso, que ese día sentí rabia, impotencia y desesperación, porque mi interlocutor preferido, mi maestro y mi amigo fiel, había partido sin el boleto de retorno, sabía que no ibas para la Nacho, sino para no se dónde…  

Juanjo, te perdono que en algunas ocasiones te hayas alterado conmigo, con tu hermanita y con tu mamá, pues eras un mortal, no eras un ser perfecto.

Juanjo, quiero que sepas que me siento muy orgulloso de ti, que por donde quiera que camino hablo de ti, expongo tus rigurosas enseñanzas y procuro vivir feliz como fue siempre tu deseo.

Juanjo, quiero que sepas que he seguido el ejemplo de la lectura, la escritura y la reflexión, pero esta vez sobre una dimensión importante, la de tu vida y la de tu obra.

Juanjo quiero que sepas que no me he acercado a la tumba, porque tú me dirás: Yo no estoy allí, no duermo ahí, soy como mil vientos soplando. Tu respuesta será como la plegaria indígena: “Soy como un diamante en la nieve, brillando. Soy la luz del sol sobre el grano dorado. Soy la lluvia gentil del otoño esperado… Soy la bandada de pájaros que trina en la tranquila mañana, cuando tú te levantas… Soy también el haz de estrellas que titilan, mientras cae la noche en tu ventana. Por eso, no te acerques a mi tumba sollozando. No estoy allí. Yo no morí…”

Juanjo, quiero que sepas que te llevaré en mi corazón por siempre y propenderé, porque otros mortales continúen recordándote, a través de tus enseñanzas. El libro que me ayudaste a diseñar: El cuento de la Ley de Infancia (González, 2009), es una de esas mediaciones de la inmortalidad tuya. Porque escribiste, con tu puño y con tu ejemplo, seguirás vivo. 

Juanjo, te sigo admirando

Adiós mi entrañable hijo“.

Chicas y chicos, les digo hasta luego con el corazón arrugado, pero un poco más aliviado porque la emotividad es una experiencia humana que nos da fortaleza. Sentir nos hace fuertes.

Recuerden consultar:

González, J. I. (2009). El cuento de la ley de infancia. (Códice Ltda, Ed.). Bogotá DC.

Carta #19 Alimentar el cuerpo y el corazón también es productividad

Recordados niños, niñas y padres de familia

Ustedes se preguntarán: ¿A qué horas la profe Esperanza escribe las cartas? ¿Será que la profe no hace aseo? ¿Será que no tiene nada más que hacer? ¿A qué horas cocina? ¿A qué horas duerme? ¿Tiene abandonados a los hijos? ¿Y el marido qué le dirá? Bueno, ¿Por dónde empezamos?, pregunta Cipriano Algor, el alfarero, el conductor de la camioneta, el sexagenario personaje de la Caverna (Saramago, 2000), otra novela para leer en tiempos de pandemia. 

¿Por dónde quiere su majestad que comience le preguntó el Conejo Blanco al rey:“Comienza por el comienzo” continúa con la continuación y finaliza con el final” (Carrol, 1999, p. 160). “Nunca ha habido más comienzo que el que hay ahora, – dirá Walt Whitman -ni más juventud ni vejez que la que hay ahora; y nuca habrá más perfección que la que hay ahora, ni más cielo ni infierno que el que hay ahora” (Whitman, 2014, p. 20)

Todos los oficios del cuidado, asignados socialmente a las mujeres, sin ninguna recomendación, ¡los hacemos!, no es que los hacen las mujeres de la casa. ¡Uf qué fuerte profe! dirá algún díscolo chico o chica. Pero, además, los hacemos juntos, no por separado, todos hacemos todo y así contribuimos según nuestras capacidades (¿recuerdan de cuáles capacidades hablamos en la Decimocuarta carta?, saberes y deseos. 

Eso nos ha dado mejores resultados que repartir tareas individualmente y menos otorgarlas obligatoriamente. ¡Así no se vale! Establecer acuerdos, trabajar con principios, reírnos, “echar chisme”, narrar cuentos, jugar, cantar y leer hacen parte de nuestro repertorio. En el aseo, por ejemplo, el niño pequeño recoge los objetos que están en el piso, el papá trapea y saca la basura, el hermanito mayor barre y la mamá limpia el polvo. Así todas y todos participamos haciendo el aseo. 

La cocina es un lugar de inspiración y creación. No es “una jartera” como suelen decir algunas personas. Y los hombres en la cocina no “huelen a lila de gallina”. La cocina es también un espacio para la lectura y para la escritura. Hoy día nadie puede decir que no sabe preparar unos frijoles veganos, coliflor en nieblas, espaguetis al dente con guiso de ajo, tomate y ají o una tortilla de huevos de tiranosaurio con un libro abierto al lado izquierdo y con otro al lado derecho con olor a poesía, como lo sugiere Héctor Abad Faciolince en el Tratado de culinaria para mujeres tristes (Faciolince, 1997, p. 17). 

O, la ingesta de una leche dorada elaborada con cúrcuma rayada, jengibre y pimienta en leche de coco y cero azúcares, para fortalecer el sistema nervioso autónomo. O, sencillamente, una agüita tibia con limón alcalinizada imitando el “jarabe de tuétano” que les dio Úrsula Iguarán a los niños luego de superar la peste del olvido, en fin, la cocina colombiana, aunque no es patrimonio de la humanidad como la mexicana, la peruana y la mediterránea, ofrece mucha variedad de platos y bebidas para preparar y el lugar más seguro para conseguirlos es la web, la historia y los libros. No solo de hacer tareas en pandemia viven los estudiantes y padres de familia, viven de disfrutar oficios del cuidado como el aseo y la cocina.

Así que, chicas, chicos y padres de familia, la cocina es el principal detonante de la escritura y de la lectura para la profe Esperanza, de ahí la cantidad de ingredientes que le dan sabor y color a cada carta. Eso sí, he tenido el cuidado de que la carta no indigeste al lector, sino que le genere apetito, pero si en algún momento ello llegase a ocurrir, por favor dese la segunda oportunidad de releerla -recordando la recomendación de Borges- para condenarla o absolverla y que no ocurra como en Alicia en el País de la Maravillas que primero se condena y después se hace el juicio. “¡La sentencia primero! … ¡Tiempo habrá para el veredicto!” (Carrol, 1999, p. 164) 

La cocina, que tantas veces hemos frecuentado en esta cuarentena todos los integrantes de la familia, ha sido inspiración de escritores y metodólogos de la escritura como Daniel Cassany, quien en una ocasión aceptó enseñarle a escribir a un ramillete de mujeres adultas, porque le pareció fácil hacerlo; pero, cuando estuvo al frente de ellas, no supo por dónde empezar y acordándose de la pregunta que le hizo el Conejo Blanco al rey: comenzó “por el comienzo” (Carrol, 1999, p. 160), es decir, por lo que sabían hacer a la perfección el manojo de mujeres cursillistas: cocinar muy delicioso. De esa experiencia escribió un manual de redacción titulado: La cocina de la escritura muy útil para cualquier persona que quiere escribir como Yo. 

Escribir significa mucho más que conocer el abecedario, que saber juntar letras o firmar. La escritura se hace de letras, palabras, oraciones, verbos, adjetivos, artículos, sustantivos, signos de puntuación, párrafos y textos en general, pero las letras solas, las palabras solas, las oraciones solas, los adjetivos solos, los verbos solos, frases solas y los párrafos solos no son la escritura. Pasa algo análogo con la ciencia y con las casas. 

La ciencia, decía Henry Poincaré, “está hecha de datos, como una casa de piedras. Pero un montón de datos no es ciencia, así como un montón de piedras no es una casa.” Preparar un buen plato de comida no consiste en sumar un poco de ingredientes y ponerlos al fuego. Quienes escribimos trajinamos sobre el papel como un chef en la cocina: “limpiamos la vianda de las ideas y la sazonamos con un poco de pimienta retórica, sofreímos las frases y las adornamos con tipografía variada.” (Cassany, 1995, p. 15) 

No me quisiera salir de la cocina, pero tenemos otras actividades organizadas en nuestra agenda diaria de cuarentena que no podemos descuidar. Para no desvincularlos de la cocina de la escritura los dejo con una receta para que la preparen.  

  • 1 hoja de papel
  • 2 cucharadas de sentimientos
  • 4 manojos de ideas silvestres
  • 5 copitas de gramática española (¡cuidado! Deben ser pequeñas para que no amarguen la mezcla)
  • 6 esencias de saberes especiales
  • 7 paquetes de finas letras
  • 8 gotas de felicidad
  • 9 trozos de sentido común
  • 1 o 2 recuerdos al gusto….

Y, ¡a escribir” muchachos, chicas y padres de familia. Eso sí tengan en cuenta que para escribir se necesita leer y para preparar los alimentos se requieren vasijas, calor, agua y los vegetales, animales y minerales que cada menú exige. Y no olviden que el tiempo para leer es un tiempo robado y el tiempo para cocinar es un tiempo muy preciado. 

Chao pelaos.

Vulelvo a recordarles que completen la lectura d ela carta consultando: 

Cassany, D. (1995). La cocina de la escritura. (Anagrama, Ed.). Barcelona.

Carrol, L. (1999). Alicia en el País de las Maravillas. (Educar cultural recreativa, Ed.). Santa Fe de Bogotá.

Faciolince, H. (1997). Tratado de culinaria para mujeres tristes. (Alfaguara, Ed.) (Primera). Santafé de Bogotá.

Whitman, W. (2014). Hojas de hierba. (S. L. U. E. Libros, Ed.). Barcelona.

Carta # 17 Profes a contracorriente, gracias

Estimados estudiantes y padres de familia

Estaba cerrando la anterior carta con esa extraordinaria recomendación de Sancho Panza cuando me llega otro escrito a mi WhatsApp. No es de estudiantes, ni de padres de familia ni de docentes, es nada más y nada menos que de un escritor y va dirigido al trabajo que venimos realizando los docentes, en el marco de la pandemia. La comparto, porque su contenido es afín a esta “máquina de la memoria” que venimos construyendo estudiantes, padres, madres de familia y comunidad educativa en general. Él valora nuestras iniciativas y nos impulsa a seguir leyendo y escribiendo. Espero que la lean, hagan sus propios análisis y compartan sus puntos de vista. La misiva, está rubricada por Mario Mendoza, el autor de Satanás, de la travesía del vidente (nosotros nos referimos a los ciegos), Scorpio City (Mendoza, 2004), donde también escribe sobre el manicomio. La carta puesta en La Bagatela, dice:  

De un día para otro, los docentes, sin ninguna ayuda, han tenido la capacidad divina de crear de la nada, y en esa suerte de “creatio ex nihilo”, de la que hasta ahora Dios tenía la exclusiva, han montado todo un sistema de educación a distancia, para seguir prestando sus servicios desde casa.

¿Materiales? Su ordenador particular, privado y personal; y su internet, pagado de su bolsillo.

¿Espacios? El salón de su casa, que vuelve pública la intimidad de su hogar.

¿Derechos de autor? Cedidos, imagen, textos, tareas…

¿Formación? La propia, investigando contrarreloj.

¿Apoyo de las consejerías? Anecdótico. ¿Vigilancia? Toda.

¿Exigencias? Absolutas.

La escuela en el salón de casa no termina nunca.

¿Un millón de correos que atender? ¿A quién le importa? Para eso cobran.

Pero nadie les aplaudirá, casi nadie dará las gracias, y pocos reconocerán su labor. De hecho habrá padres y madres que se quejarán porque reciben casi a diario notificaciones sobre el progreso, o no, de sus hijos o porque tienen que echarles una mano con sus deberes.

Los profesores están trabajando, de hecho, han multiplicado por mucho sus horas de trabajo, pues ahora aclaran las dudas uno a uno, corrigen y evalúan las tareas una a una…

Yo aplaudo a los docentes, y no solo a ellos, también a otros muchos que en estos días de crisis se exponen para prestarnos todo tipo de servicios. Pero aquí, ahora, hablo de educación.

Yo aplaudo a los docentes con todas mis fuerzas, pero más que aplausos, necesitan (necesitamos) devolver la educación al lugar que le corresponde“.

Hasta pronto mis admirados lectores. ¡Cuídense mucho y cuídennos a nosotras y a nosotros!, para volver a estar juntos en el salón de clase compartiendo sonrisas, versos, juegos y canciones. 

Juegos que no hieran como le ocurrió a la locura con el amor sino juegos como el “del gallo capón”. Un juego infinito que consistía en que el narrador preguntaba a los asistentes si querían que les contara el cuento del “gallo capón”, y cuando contestaban que si, el narrador decía que no había pedido que si, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaran callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que nos les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente en un circulo vicioso que se prolongaba por noches enteras.” (García M., 2007, p. 58). Los dejo entonces divirtiéndose con el juego del gallo capón.       

Bueno, me despido dejándolos con este divertido juego 

Con admiración y gratitud

La profe Esperanza.

Les recuerdo leer los textos referenciados. 

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

Mendoza, M. (2004). Scorpio City. (Planeta, Ed.). Bogotá Colombia.