Carta #33: Recuerden que la escritura es la aliada terapéutica de la vida

Hola todas y todos.

De manera similar a como encabezamos nuestro carteo, el abordaje de la muerte por suicidio no la vamos a afrontar haciendo juicios de valor, preguntas imprudentes ni buscando culpables, porque el mismo contenido descarta culpables como lo leeremos enseguida. La mirada es mas bien documentar un poco desde la literatura, desde la filosofía, desde la cotidianidad e incluso desde la psicología algunos mensajes del occiso. 

Expresiones como: “una cosa así no se avisa si se quiere tener éxito”, interpela ese eslogan social en el que nos tienen metidos a todos: el éxito, la competencia, el derbi, es decir quien llegue primero sin importar los medios. El éxito, ese que, al decir de Monterroso, “acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote” (Monterroso, 2002). Juzguen ustedes. “Tuve a la mejor y la más amorosa madre del mundo, simplemente perfecta en todo… papá, inteligente como nadie”. 

“Creo que no hubiera podido nacer en una mejor familia.” Entonces, si de encontrar responsables se tratara, la familia estaría exenta, porque generalmente esta primigenia organización es la caja de Pandora en nuestra sociedad, al igual que la guerrilla, más no lo es el Estado y la corrupción rampante en su seno y en la periferia. En Colombia, como en el País de las Maravillas, primero se sentencia, el veredicto viene después. 

Pero pese a tener núcleo familiar, denominador escasamente común en Macondo, el occiso expresa: “Terminé siendo una persona solitaria en un mundo donde todos necesitan de todos”, como los Buendía y su estirpe, cabalmente como Pietro Crespi, quien se suicida ante el rechazo de Amaranta (García M., 2007). Y hago este hipertexto con Cien Años de Soledad, porque el suicidio, el amor, el desamor, la traición, la libertad, el rencor, la pasión, el acercamiento hacia lo indebido, entre otros, son temas secundarios que hacen de Cien años de soledad una novela que cambia la perspectiva de muchos y nos da a entender que en este mundo vivimos y morimos solos.

Y podría detenerme a saborear este mensaje porque, aunque para algunos de ustedes sea inaudita mi aseveración, el mensaje es el último manjar que produce ese exquisito pastelero. Les manifiesto que cuando me lo dieron a probar por primera vez lo saboreé con lágrimas, inicialmente con dejillo amargo, pero luego esa sensación fue desapareciendo hasta encontrar la siguiente gota de miel: “Los amo profundamente, a todos y no estén tristes, es lo que yo quería. Sean felices, quiéranse mucho, dense un abrazo y un beso todos los días, pero que no se vuelva rutinario y pierda su significado, háganlo de verdad. Un “te quiero mucho” realmente es importante.”

Finalizo este tercer apunte, lamentando que viandas como esta y muchas otras, que han dejado impresos y en audiovisuales los cientos de José Arcadios, Aurelianos, Ursúlas, Rebecas, Pietros y Serafines, no los hubiesen hecho para potenciar la vida y lograr el aplazamiento de la muerte, probablemente en la escuela nos ha faltado enseñar que la escritura es una terapéutica aliada de la vida, que los grandes escritores han tenido como fuente principal de inspiración la prisión, el insomnio, la pobreza, la soledad, la muerte. 

La muerte que no nos roba a los seres queridos, por el contrario, nos los guarda e inmortaliza en el recuerdo. La soledad que, según la Asociación Colombiana de Sociedades Científicas, puede hacer que el ser humano explore nuevas cosas, que se encuentre consigo mismo, pero que en exceso puede ser grave y si es permanente refleja que algo malo está sucediendo”. 

Y, la angustia extrema, mezclada con profundos cuadros de ansiedad y depresión, el déficit cognitivo, los problemas de atención e hiperactividad, y las dificultades para el aprendizaje y la violencia están llevando a nuestros niños a suicidarse, desde los 4 años, como lo acaba de demostrar un estudio siquiátrico hecho por la U. Nacional de Colombia, entre 2003 y 2013. Si no cuidamos las rosas, mañana no habrá capullos, si no protegemos las espigas verdes de trigo, mañana no tendremos pan, apunta Fernando Soto Aparicio.  

Espero que este ejercicio nos haya permitido recordar que somos mortales, que los actos de amor se deben demostrar en vida, “hermano en vida” como lo invoca el poema, que no dudemos en vivir cada momento como si fuese el último- tal como lo recoge Borges en Instantes, que no llevemos flores a los interfectos sino a los  vivos, que recemos más por los mortales que por los fieles difuntos, y que esta apreciada carta de Serafín, nos sirva para comprender que su lectura no es más que un homenaje a la vida y que seguramente, desde donde él está no dudará en decirnos, a través de los versos de Enrique Linn (citado en González, 2015, p. 73): “Pero escribí y me muero por mi cuenta, porque escribí, porque escribí estoy vivo”.

Colegas y amigos, empecemos a ver lo diminuto, no concluyamos la edad de lo evidente, pero empecemos a ver lo invisible. Los dragones mínimos resultaron más letales que los inmensos, acota William Ospina. Lo discreto de la muerte trabaja igual en la sombra que en el silencio. Lo diminuto, lo invisible, la sombra y el silencio, es lo insignificante. La insignificancia, amigo mío, apunta Kundera en su nueva novela, “es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. 

Está presente incluso cuando no se quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias…pero no se trata sólo de reconocerla, hay que amar la insignificancia, hay que aprender a amarla” (Kundera, 2000), así como se debe aprender a reconocer y a amar la muerte, el silencio, lo diminuto, la sombra, lo invisible, la vida, la reflexión. La muerte no existe en el mundo por el pecado. “La única muerte que yo no voy a conocer es la mía” Que en Colombia el color del luto de se extrapole por el verde, ese verde que es de todos los colores como lo concibió Aurelio Arturo, no en el cementerio sino en el jardín del conflicto y en el barbecho del postconflicto.

Bueno chicas, chicos, madres y padres de familia: agardezco la atención prestadaa estas 33 cartas. Espero que hayan sido de su utilidad; espero tenr una segunda oportnidad para seguirnos comunicando a través de este ritual. Recuerden consultar las obras señaladas, son muy importantes para comprender la crisis sanitaria, la cuarentena, la pandemia y otras situaciones, pero además de comprnder nos dan herramientas para salir adelante. ¡Cuidense mucho! Nos volveremos a ver en las aulas de clase, todas, todos y todxs, so si, cuando las condicones sanitarias estén garantizadas, porque las condiciones para el cambio, “están dadas como nunca”. 

Nota. Les recomiendo esta vez consultar:

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

González , M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Kundera, M. (2000). La ignorancia. (TusQuets, Ed.). Barcelona.

Monterroso, A. (2002). Pájaros de Hispanoamérica. (Alfaguara, Ed.). Madrid.

Publicado por

Jose Israel Gonzalez Blanco

Trabajador social de la Universidad Nacional de Colombia. Pedagogo Reeducador, Magister en Educación Comunitaria y activista por los derechos humanos y la salud mental.

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