Carta #29: El perdón, un antídoto para una nueva normalidad

Chicas, chicos, padres, madres y docentes. Lo que la vida te da, también te lo quita.”

Mas consciente de su situación, convencida del tesoro de fortalezas que había tenido, del cúmulo de experiencias afectivas, de la ausencia de tribulaciones y de la abundancia en oportunidades económicas, Gladys, comprende que las bondades que ofrece el mundo son transitorias, que “hay que vivir cada momento como si fuera el último”, momentos que no los podrá borrar de la biografía ni la muerte, tal como quedó expedito al comenzar la segunda parte de este libro.

¿Cómo se puede abandonar lo que la vida le ha ofrecido a un ser humano en su momento? Muy difícil, de ahí que la prédica sobre “perdón y olvido” es muy falaz, un avance loable es perdonar, porque no perdonar, decía Nelson Mandela ” es como beber un vaso de veneno y esperar que tus enemigos mueran.” (Rojas, 2010). 

La carta de despedida a esos hijos bien educados que ya no están, a ese consorte que fue pero que ya no es, a los bienes que hubo pero que ya son de otros, y  al trabajo que tantas gratificaciones aportó, es un apoyo en esta grada, junto con la extinción de temores, la dejadez de la desconfianza, sin miedo a la libertad, parafraseando a Erich Fromm, es ir más allá del umbral de lo conocido (Fromm, 1978), del reino de los Aprendizajes al reino de la Oportunidad, subrayando la fábula del pavo real. 

Ante tantas pérdidas que catapultaron la existencia de Gladys o de cualquier ser humano, el otro escalón a subir es el relativo a atenuar los temores y generar esperanzas. Para ello, conviene realizar un viaje por algunos estadios de la realidad actual. Lo primero que encontró Polo, con su paciente, fue a Ezequiel, “el compañero maravilloso”, desplazándose en una silla de ruedas. Gladys queda sin palabras, llora, balbucea e intenta devolver el tiempo, pero no, la exigencia era estar cara a cara con el cónyuge discapacitado, habido de ayuda. “Me siento miserable cuando lo miro”, le manifiesta Gladys a Polo al ver a Ezequiel en esa situación. Entretanto, el abnegado esposo experimenta emociones positivas cuando su esposa le hace masajes, le coloca la cuchara en la boca con la comida, cuando le pone la música que le gustaba y cuando lo baja de la silla en el parque, para contactarse con el suelo.                

Ante una historia como esta, viene a la memoria una de las conclusiones de Einstein, en el fragmento de la última carta enviada a su hija: “Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas: El amor. “El amor –prosigue el emisor, es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere” (González Ávila, 2015, p. 139).

Leída esta página con llanto, tristeza e impotencia, se pasa al capítulo de los hijos. Según su madre, le habían hecho mucho daño, porque ella no esperaba que “le pagaran con esa moneda”. Ante esta postura fluye la pregunta: ¿No sería que los hijos estaban sufriendo tanto, por la miserableza en que estaba su progenitor, que con la única persona que podían desahogarse era con ella, y de esa guisa, porque con él no era justo? La reflexión sacude a la madre y la induce a recordar que su relación con los chicos fue muy satisfactoria, acorde con unas condiciones y que hoy son adultos, que pueden y deben cooperar con ella y con su padre. 

En esa lógica, madre y primogénitos acuerdan un encuentro en el hospicio de está Ezequiel. Ahí Gladys ya llevaba claro los puntos a tratar. El primero, manifestarles, que como ellos, sentía mucho dolor por lo que estaba aconteciendo y que ese dolor lo compartía con los dos; lo segundo, que la decisión de llevar al padre a ese sitio se hizo con la mejor intención, más aún, acogiendo las recomendaciones de los profesionales de la medicina quienes desaconsejaron dejarlo en la casa; en tercer lugar, les perdonaría su comportamiento; y, como cuarto punto se elaboraría un plan de atención conjunto, incluyendo visitas y acciones con Ezequiel.

Hasta la siguiente oportunidad 

Su profe Esperanza

Recuerden la lectura de:

Fromm, E. (1978). ¿Tener o ser? (F. de C. Económica, Ed.). Ciudad de México.

González Ávila, M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Rojas, S. (2010). El manejo del duelo. (Planeta, Ed.). Bogotá DC.

Publicado por

Jose Israel Gonzalez Blanco

Trabajador social de la Universidad Nacional de Colombia. Pedagogo Reeducador, Magister en Educación Comunitaria y activista por los DDHH. Trabajador social y orientador escolar en Bogotá Colombia

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