Carta #19 Alimentar el cuerpo y el corazón también es productividad

Recordados niños, niñas y padres de familia

Ustedes se preguntarán: ¿A qué horas la profe Esperanza escribe las cartas? ¿Será que la profe no hace aseo? ¿Será que no tiene nada más que hacer? ¿A qué horas cocina? ¿A qué horas duerme? ¿Tiene abandonados a los hijos? ¿Y el marido qué le dirá? Bueno, ¿Por dónde empezamos?, pregunta Cipriano Algor, el alfarero, el conductor de la camioneta, el sexagenario personaje de la Caverna (Saramago, 2000), otra novela para leer en tiempos de pandemia. 

¿Por dónde quiere su majestad que comience le preguntó el Conejo Blanco al rey:“Comienza por el comienzo” continúa con la continuación y finaliza con el final” (Carrol, 1999, p. 160). “Nunca ha habido más comienzo que el que hay ahora, – dirá Walt Whitman -ni más juventud ni vejez que la que hay ahora; y nuca habrá más perfección que la que hay ahora, ni más cielo ni infierno que el que hay ahora” (Whitman, 2014, p. 20)

Todos los oficios del cuidado, asignados socialmente a las mujeres, sin ninguna recomendación, ¡los hacemos!, no es que los hacen las mujeres de la casa. ¡Uf qué fuerte profe! dirá algún díscolo chico o chica. Pero, además, los hacemos juntos, no por separado, todos hacemos todo y así contribuimos según nuestras capacidades (¿recuerdan de cuáles capacidades hablamos en la Decimocuarta carta?, saberes y deseos. 

Eso nos ha dado mejores resultados que repartir tareas individualmente y menos otorgarlas obligatoriamente. ¡Así no se vale! Establecer acuerdos, trabajar con principios, reírnos, “echar chisme”, narrar cuentos, jugar, cantar y leer hacen parte de nuestro repertorio. En el aseo, por ejemplo, el niño pequeño recoge los objetos que están en el piso, el papá trapea y saca la basura, el hermanito mayor barre y la mamá limpia el polvo. Así todas y todos participamos haciendo el aseo. 

La cocina es un lugar de inspiración y creación. No es “una jartera” como suelen decir algunas personas. Y los hombres en la cocina no “huelen a lila de gallina”. La cocina es también un espacio para la lectura y para la escritura. Hoy día nadie puede decir que no sabe preparar unos frijoles veganos, coliflor en nieblas, espaguetis al dente con guiso de ajo, tomate y ají o una tortilla de huevos de tiranosaurio con un libro abierto al lado izquierdo y con otro al lado derecho con olor a poesía, como lo sugiere Héctor Abad Faciolince en el Tratado de culinaria para mujeres tristes (Faciolince, 1997, p. 17). 

O, la ingesta de una leche dorada elaborada con cúrcuma rayada, jengibre y pimienta en leche de coco y cero azúcares, para fortalecer el sistema nervioso autónomo. O, sencillamente, una agüita tibia con limón alcalinizada imitando el “jarabe de tuétano” que les dio Úrsula Iguarán a los niños luego de superar la peste del olvido, en fin, la cocina colombiana, aunque no es patrimonio de la humanidad como la mexicana, la peruana y la mediterránea, ofrece mucha variedad de platos y bebidas para preparar y el lugar más seguro para conseguirlos es la web, la historia y los libros. No solo de hacer tareas en pandemia viven los estudiantes y padres de familia, viven de disfrutar oficios del cuidado como el aseo y la cocina.

Así que, chicas, chicos y padres de familia, la cocina es el principal detonante de la escritura y de la lectura para la profe Esperanza, de ahí la cantidad de ingredientes que le dan sabor y color a cada carta. Eso sí, he tenido el cuidado de que la carta no indigeste al lector, sino que le genere apetito, pero si en algún momento ello llegase a ocurrir, por favor dese la segunda oportunidad de releerla -recordando la recomendación de Borges- para condenarla o absolverla y que no ocurra como en Alicia en el País de la Maravillas que primero se condena y después se hace el juicio. “¡La sentencia primero! … ¡Tiempo habrá para el veredicto!” (Carrol, 1999, p. 164) 

La cocina, que tantas veces hemos frecuentado en esta cuarentena todos los integrantes de la familia, ha sido inspiración de escritores y metodólogos de la escritura como Daniel Cassany, quien en una ocasión aceptó enseñarle a escribir a un ramillete de mujeres adultas, porque le pareció fácil hacerlo; pero, cuando estuvo al frente de ellas, no supo por dónde empezar y acordándose de la pregunta que le hizo el Conejo Blanco al rey: comenzó “por el comienzo” (Carrol, 1999, p. 160), es decir, por lo que sabían hacer a la perfección el manojo de mujeres cursillistas: cocinar muy delicioso. De esa experiencia escribió un manual de redacción titulado: La cocina de la escritura muy útil para cualquier persona que quiere escribir como Yo. 

Escribir significa mucho más que conocer el abecedario, que saber juntar letras o firmar. La escritura se hace de letras, palabras, oraciones, verbos, adjetivos, artículos, sustantivos, signos de puntuación, párrafos y textos en general, pero las letras solas, las palabras solas, las oraciones solas, los adjetivos solos, los verbos solos, frases solas y los párrafos solos no son la escritura. Pasa algo análogo con la ciencia y con las casas. 

La ciencia, decía Henry Poincaré, “está hecha de datos, como una casa de piedras. Pero un montón de datos no es ciencia, así como un montón de piedras no es una casa.” Preparar un buen plato de comida no consiste en sumar un poco de ingredientes y ponerlos al fuego. Quienes escribimos trajinamos sobre el papel como un chef en la cocina: “limpiamos la vianda de las ideas y la sazonamos con un poco de pimienta retórica, sofreímos las frases y las adornamos con tipografía variada.” (Cassany, 1995, p. 15) 

No me quisiera salir de la cocina, pero tenemos otras actividades organizadas en nuestra agenda diaria de cuarentena que no podemos descuidar. Para no desvincularlos de la cocina de la escritura los dejo con una receta para que la preparen.  

  • 1 hoja de papel
  • 2 cucharadas de sentimientos
  • 4 manojos de ideas silvestres
  • 5 copitas de gramática española (¡cuidado! Deben ser pequeñas para que no amarguen la mezcla)
  • 6 esencias de saberes especiales
  • 7 paquetes de finas letras
  • 8 gotas de felicidad
  • 9 trozos de sentido común
  • 1 o 2 recuerdos al gusto….

Y, ¡a escribir” muchachos, chicas y padres de familia. Eso sí tengan en cuenta que para escribir se necesita leer y para preparar los alimentos se requieren vasijas, calor, agua y los vegetales, animales y minerales que cada menú exige. Y no olviden que el tiempo para leer es un tiempo robado y el tiempo para cocinar es un tiempo muy preciado. 

Chao pelaos.

Vulelvo a recordarles que completen la lectura d ela carta consultando: 

Cassany, D. (1995). La cocina de la escritura. (Anagrama, Ed.). Barcelona.

Carrol, L. (1999). Alicia en el País de las Maravillas. (Educar cultural recreativa, Ed.). Santa Fe de Bogotá.

Faciolince, H. (1997). Tratado de culinaria para mujeres tristes. (Alfaguara, Ed.) (Primera). Santafé de Bogotá.

Whitman, W. (2014). Hojas de hierba. (S. L. U. E. Libros, Ed.). Barcelona.

Publicado por

Jose Israel Gonzalez Blanco

Trabajador social de la Universidad Nacional de Colombia. Pedagogo Reeducador, Magister en Educación Comunitaria y activista por los DDHH. Trabajador social y orientador escolar en Bogotá Colombia

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