El valor de la bicicleta y de la locomoción en un país subequipado

“Un país se puede clasificar de subequipadocuando no puede dotar a cada ciudadano de una bicicleta o prever una transmisión de cinco velocidades a cualquiera que desee pedalear llevando a otros”(Illich, 1974, p. 71).

El debate que despierta el nuevo plan de (sub)desarrollo para Colombia (2018-2022) gravita alrededor del problema de las energías, el cumplimiento de los acuerdos de paz, los Derechos Humanos, la educación, la salud, la equidad y sus pactos, las reformas a la Constitución, entre otros asuntos. En este artículo se llamará la atención acerca del uso de dos medios de movilidad amigables con la naturaleza y con el ser humano que las políticas sociales deberían incentivar: la bicicleta y la locomoción.

Iván Illich (1974) dedicó gran parte de su vida a investigar críticamente el modelo de desarrollo, y hacia la década de los setenta advertía sobre el impacto negativo de la industria en la sociedad y en la naturaleza: “el efecto de la industria en el medio social tiende a ser tan destructivo como su efecto en el medio físico” (Sousa Santos, 1974, p. 77)y aseguraba que para contrarrestar ese efecto destructivo “el único camino es limitar el crecimiento y prohibir el consumo de energía más allá de del nivel crítico”. Su planteamiento entonces se enfoca en una decisión política en la cual la gente debería poder participar activamente.

El autor cita un ejemplo diciente: el costo de transportar a una persona en un Volkswagen durante 6 horas o 500 kilómetros, medido en términos de oxígeno es de 175 kg y equivale a la misma cantidad del que una persona necesita para vivir todo un año que una persona consume en todo un año. Las plantas y las algas, pese al deterioro al que han estado expuestas, “a dura penas” reproducen el oxigeno para los miles de millones de seres humanos y animales existentes en el planeta. Pero esa producción se agota ante tantas máquinas de combustión, pues cada vehículo quema “por lo menos catorce veces más oxígeno del que quema un individuo” (Illich, 1974, p. 15). La la política pública debería estar dirigida a contrarrestar esta situación e incentivar a cada ciudadano a tomar medidas en el asunto.

Illich sostenía que “un país se puede clasificar de subequipadocuando no puede dotar a cada ciudadano de una bicicleta o prever una transmisión de cinco velocidades a cualquiera que desee pedalear llevando a otros”. Colombia está subequipadono solamente por la falta de dotación sino también porque no provee caminos ni buenas vías para las personas que quieren viajar en bicicleta. Paradójicamente, nuestros escarabajos ostentan un admirable reconocimiento en el mundo, pues “se han hecho a pulso” y ni siquiera así el Estado potencia el acceso a la bicicleta.

¿Y por qué debería potenciar el uso de este invento de dos ruedas? Porque andar en bicicleta hace posible que el movimiento del cuerpo humano franquee una última barrera: permite aprovechar la energía metabólica disponible al acelerar la locomoción a su límite teórico. En terreno plano, el ciclista es tres o cuatro veces más veloz que el peatón, gastando en total cinco veces menos calorías, por kilometro, que éste. “El transporte de un gramo de su cuerpo sobre esta distancia no le consume más que 0,15 calorías.” Con la bicicleta el ser humano “rebasa el rendimiento posible de cualquier máquina y de cualquier animal evolucionado” (Illich, 1974, p. 64).

Además de estas bondades, la bicicleta ocupa poquito espacio. Illich hacía los cálculos correspondientes: para que 40.000 personas puedan cruzar un puente, en una hora, moviéndose a 25Km/hora, se necesita que el puente tenga 138 metros de anchura si viajan en coche, 38 metros si viajan en autobús y 20 metros si van a píe; en cambio, si viajan en bicicleta el puente no necesita más de 10 metros de anchura. Únicamente un sistema hipermoderno de trenes rápidos, a100km/hora y “sucediéndose a intervalos de 30 segundos podría pasar esta cantidad de gente por un puente semejante en el mismo tiempo” (p. 63) .

El transporte motorizado nos ha paralizado, el hospital nos ha enfermado y la escuela nos ha ofrecido educación cada vez más segmentada, concluye el investigador vienés radicado en Cuernavaca. La locomoción de cada gramo de su propio cuerpo o de su carga sobre cada kilómetro recorrido en 10 minutos, le consume 0,75 calorías. El ser humano, en su generalidad, se mueve con eficacia sin ningún implemento. Comparándolo a una máquina termodinámica, es más rentable que cualquier vehículo motorizado, que consume por lo menos 4 veces más calorías en el mismo trayecto. Es más más eficiente que todos los animales de un peso comparable. El tiburón y el perro nos ganan por poca diferencia. Con este índice de eficiencia de menos de una caloría/gramo, históricamente la humanidad organizó su sistema de circulación, prevalentemente basado en el tránsito.

Si al “Plan Nacional de Desarrollo 2018-2022 le interesara en serio la vida y el crecimiento del país, otras serían sus apuestas prácticas. Seguimos viviendo el drama de la contaminación ambiental y del agotamiento de los recursos vegetales, minerales, animales y del mismo ser humano. Se dicen unas cosas y se hacen otras. Hay un discurso esquizofrénico en gran parte de las políticas sociales y de los actos humanos.

Por ejemplo, se sabe a ciencia cierta los efectos nefastos del glifosato en la salud humana, en la destrucción de vegetales y animales, pero el gobierno insiste en la aspersión para “controlar el aumento de la hoja de coca”. Se conocen a cabalidad los efectos dañinos de los combustibles en la salud, en el aire, en el agua, en los alimentos, la vida, pero se sigue aumentando el parque automotor, sobre todo con motores diésel en las ciudades y en el campo. Conocemos el impacto negativo que produce el plástico, pero se continúa promoviendo el uso de pitillos, vasos desechables y vasijas de icopor en la casa, en la oficina y en la calle. Es palpable la nefasta experiencia del fracking, empero, la política gubernamental aboga por su aplicación. Se enuncia el uso de energías limpias, pero por los elevados costos solo pueden acceder a ellas los ricachos.

Limitar el consumo de energía, no ir más allá de los límites naturales y humanos de la misma, coadyuva con la conservación del ambiente y por ende de la vida, en todas sus expresiones, pero para eso se requiere voluntad política y consciencia social. Usar el pocillo, la taza y el plato de barro o de porcelana, el vidrio, el pañal de tela, la bicicleta, caminar y echar mano de otros utensilios amigables al medio es una actitud saludable para quienes lo ejercitan y para quienes hacen resistencia porque todos estamos padeciendo el abuso del consumo, la destrucción del planeta y la extinción de la vida.

Como se puede apreciar tenemos a nuestro alcance posibilidades de ayudar a conservar el medio y a cuidarnos, sobre la base de nuestras capacidades. En la ciudad y en el campo hay miles de ejemplos de niños, niñas jóvenes y adultos que nos inspiran a caminar y a usar la “bici”. Si desde nuestro lugar forjamos esas iniciativas respetando y protegiendo al peatón y al ciclista, probablemente llegaremos a presionar a la industria y a los gobernantes a tener un mundo de órbitas con centro.

Fuentes consultadas

Illich, I. (1974). Energía y equidad (Barrial editores S.A., ed.). Barcelona.

Sousa Santos, B. (1974). Comentarios a energía y equidad. Iván Illich. Energía y Equidad, Apéndice.

 

 

 

 

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Publicado por

Jose Israel Gonzalez Blanco

Sativanorte (Boyacá). Maestro de Escuela la Normal de Soatá. Trabajador social de la Universidad Nacional de Colombia. Pedagogo Reeducador, Magister en Educación Comunitaria, diplomado en DDHH. Trabajador social del colegio Distrital Nuevo Horizonte de Bogotá.

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