“La ignorancia es atrevida” … tanta legislación atonta, no emancipa.

Ahora aparece un nuevo proyecto de ley para reglamentar el uso de los celulares en los ámbitos escolares. Es un proyecto que ignora el contexto escolar en el tiempo, en el modo y en las circunstancias, porque los maestros, lo y directivos docentes y las comunidades educativas, desde hace varios lustros, le hemos dado tramitación al uso de los celulares, por parte de los educandos. Los Manuales de Convivencia son testimonios fidedignos del sentir, pensar y actuar de los agentes educativos referidos desde la promulgación de la Ley General de la Educación. Más aún, hay experiencias de maestros que dan de cuenta de innovaciones pedagógicas y didácticas usando del celular en el aula de clase. Prohibir el uso del celular atentaría contra esas iniciativas bien documentadas.

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Evocando pasajes de La Ignorancia (Kundera, 2000), no cabría duda en sostener que el autor del proyecto, que busca prohibir el uso de los celulares en los centros educativos, es ignorante; huelga decir, está muy distante de la realidad que se vive en los planteles escolares, está como Odiseo, lejos de su país, porque el hijo de Itaca, luego de 20 años de ausencia no sabía qué ocurría en su patria chica, entre otras cosas porque estuvo de rehén y engreído con la ninfa Calipso. “Aquellos que como Irena o Ulises, no frecuentan a sus compatriotas caen en la amnesia”, apunta el escritor checo (Kundera, 2000, p. 39). Amnesia es la que padece el representante a la Cámara con su descontextualizado proyecto. No sabe qué está pasando en las instituciones escolares o está desinformado.

El celular es un medio de comunicación hijo de la tecnología, nieto de la ciencia y bisnieto de la educación si tenemos en cuenta que la tecnología es hija de la ciencia y la ciencia es hija de la educación. Según uno de los comisionados de la Misión Ciencia Educación y Desarrollo este entrecruzamiento parental “será uno de los ejes principales del futuro de nuestro país en el siglo XXI” (Llinás, 1995, p. 17). Pero si el Estado, a través de las leyes, sigue interviniendo a la escuela, impidiéndole a los maestros y directivos docentes ejercer, con autonomía, su labor pedagógica y vulnerando la libertad de enseñanza y de aprendizaje, los deseos de los científicos de la Misión de Sabios y los de los docentes están condenados a transformarse en frustración, y los sueños de los educandos no serán más que pesadillas, ocasionadas por los gobernantes que ignoran la realidad del país y de los “ciudadanos del mundo”.

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El celular es un bien cuya tenencia y uso facilita unos fines en los educandos, en sus familiares, acudientes, entre pares, con el conocimiento, en la relación pedagógica y didáctica. Pero además de que los educandos accedan al mencionado bien y hagan uso de este, los docentes vamos más allá y nos preguntamos ´acudiendo a Amartya Sen- por “los funcionamientos alcanzados” y su “transformación en capacidades.” Eso no se lo pregunta el congresista ni los gobernantes, porque la pedagogía no es su dominio y en ese sentido debe dejarse a la comunidad educativa que continúe resolviendo una situación que ha venido encarando, con base en la experiencia y desde su sabiduría, con resultados no tan desfavorables como los que puede traer la prohibición del uso del celular en la escuela, proyecto de ley que va en contravía de los aportes de la humanidad y que no coadyuva con la emancipación sino que la atonta a la escuela, evocando a Ranciére ( 2003).

Ahora bien, los funcionamientos o realizaciones se definen como todo aquello que, en el hecho que nos ocupa, los educandos pueden hacer o Ser con el bien que tienen a su disposición, verbi gracia, el celular. Y ¿qué hacen los estudiantes sino comunicarse, ser felices, bromear, hacer videos, tomar fotos, usar datos, interactuar con el mundo, hablar y escribir, entre otras actividades? Todo esto lo hacen con libertad positiva (libertad para) y negativa (libertad de). Ahí es donde, justamente, entra en juego el desarrollo de capacidades que, según Sen, van ligadas a las posibilidades de Ser y hacer, es decir, a la libertad positiva yendo más allá de una perspectiva centrada en “los bienes y servicios a los cuales las personas acceden y en consecuencias es una perspectiva que sitúa la discusión en otro orden” (Bula, 2002, p. 45).

En el hecho avocado, la discusión se ha puesto en la arena pública desde lo punitivo, no desde lo ético, lo histórico, tampoco desde lo cognitivo, ni lo cultural y menos del orden pedagógico y emocional. Y el debate es desde lo ético en tanto que corresponde a la esfera del ethos escolar y familiar, de la relación entre medios y fines. Es desde lo educativo, dado que el uso de las tecnologías es parte del saber del maestro, de su discurso y de los métodos para enseñar. El celular es otra herramienta para la enseñanza tal como lo han sido, hasta ahora: el libro, el periódico, la radio, la televisión y el computador, la internet, entre otras.

 

El celular, un “bien de mérito”

Los bienes de mérito son aquellos que la gente se merece en razón de su existencia. El celular es un producto del desarrollo cultural, científico, tecnológico, económico, social y en tal sentido hace parte del modus vivendi de adultos, niños y jóvenes, desarrollando lo que Sen denomina “Capacidades básicas” o si se quiere, en términos de la economía neoliberal: competencias. Las Capacidades Básicas, entonces, se pueden definir como la relación entre los bienes y la habilidad de las personas para lograr niveles adecuados de funcionamientos especiales.

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Es, precisamente, en esta relación del celular con la habilidad donde los niños y jóvenes nos llevan una ventaja enorme de la que podemos aprehender al lado de ellos, en cuanto al manejo de la herramienta y en lo afín al uso más racional de la misma. El quid de la cuestión, por lo tanto, no está en prohibir el artefacto sino en que los adultos aprendamos a manejarlo mejor y a que sobre esa base se haga una interacción con los niños y jóvenes, para poner ese bien de la humanidad al servicio de la formación, de la comunicación asertiva -como se dice hoy día- y de las buenas relaciones personales, toda vez que lo que está en escena también es la libertad de Ser y de hacer.

Desde los círculos escolares hay muchas voces de maestros y directivos docentes que le decimos a la sociedad y a los gobernantes: ¡déjenos desempeñar nuestra labor, porque somos nosotros quienes sabemos Qué hacer, Cómo y Para qué hacerlo! ¡No nos resquebrajen mas la escuela con tantas normas que al contextualizar son poco útiles para la formación! Los Manuales de Convivencia están saturados de normas que en ocasiones fomentan la doble moral, por ejemplo: “prohibido fumar en el colegio” y al salir de éste o antes del ingreso el estudiante fuma y la sanción legal no aplica, porque está fuera del modo, del lugar y del tiempo.

Con el celular pasará lo mismo incluso porque algunos padres de familia, por diversos motivos, desautorizarán a los educadores y directivos, permitiéndole a su hijo el uso del celular. O, en su “malicia indígena”, el niño hará todas las triquiñuelas para usarlo a escondidas del profesor, así como algunos consumen los psicoactivos dentro de los planteles, valiéndose de mecanismos imperceptibles para el educador y para sus padres como “el mangazo”, la ingesta por la vía genital, la mezcla en botellas de agua o gaseosa; en fin, son múltiples las estrategias que ingenian los educandos para transgredir las normas.

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De ahí, que lo importante es el acercamiento a ellos para que aprendamos juntos, es despertar la confianza hacia los adultos y establecer acuerdos sobre el uso – en este caso- de la herramienta, para que no caigamos, además de la doble moral en marchitar el Ser y hacer de una generación de relevo que ha nacido con ese chip, que no va a renunciar a él así exista la prohibición -porque “lo prohibido es apetecido”- , y que si la norma lo lograse estaría truncando el desempeño social de unos adultos en potencia que buscan emanciparse de la pobreza material, pero que los legisladores quieren sumirlos en la pobreza cultural y en el analfabetismo tecnológico, al negarles las posibilidades de realización que ofrecen tecnologías de punta como el celular en el proceso educativo.

No hay duda de los beneficios y los daños que produce cualquier herramienta vetusta o de tecnología de punta; pero aducir que la experimentación de algún grado de ansiedad, si el adolesente no sabe lo que ocurre en internet o si se encuentran desconectado, es una enfermedad, no es más que patologizar el comportamiento social y caer en la lógica de la creacción de las denominadas “no enferemdades” (La Rosa, 2009, p. 91). Es confundir síndromes, signos y síntomas con enferemdad. Lo que si está demsotrado es el alto grado de accidentalidad acaecido por el inadecuado uso del celular. El año pasado (2017), en un encuentro de Salud Mental realizado en Bogotá, una funcionaria del Ministerio de Educación Nacional ostentaba la preocupación, de esa entidad, por el alto grado de accidentalidad de sus funcionarios, engendrado por el uso del celular en los pasillos y los espacios de la edificación.

Finalmente, no hay discusión de que los menores no pueden estar expuestos al manejo de herramientas que tienen altos factores de riesgo. Deben contar con factores protectores y los primeros en serlo son sus padres. La familia es responsable de la educación y de la socialización primaria de sus hijos. Hay normas específicas que conminan a los padres a responder por el cuidado y protección de los hijos. La prohibición, en el caso en cuestión, debe hacerse para quienes le han suministrado, a los hijos, la herramienta. Hay que atacar la causas y no los síntomas. “Nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan” decía el autor de: “Por un país al alcance de los niños” (García M., 1995, p. 53). El proyecto intenta atacar los síntomas, en los escolares, de un problema social que afecta a toda la población y que tiene unas causas específicas de las que no se ocupa.

 

Fuentes consultadas

 

Bula, J. (2002). Amartya Sen y la medición del bienestar. Cuadernos de Trabajo, 24.

García M., G. (1995). La proclama, I.

Kundera, M. (2000). La ignorancia. (TusQuets, Ed.). Barcelona.

La Rosa, E. (2009). La fabricación de nuevas patologías. (Supergráfica, Ed.). Lima.

Llinás, R. (1995). Colombia al filo de la oportunidad. (P. de la R.- Colciencias, Ed.). Bogotá DC.

Rancière, J. (2003). El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. (Laertes, Ed.). Barcelona.

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