Primera carta: a cuidarnos y ayudar a cuidar.

Hola niña, hola niño, hola joven, hola mamá, hola papá:

Buenos días, tardes o noches (según leas esta carta)

Soy la profe Esperanza. He estado pensando mucho en cada una, cada uno de ustedes y en algunos momentos del día me pongo a imaginar cómo transcurren los minutos, las horas, los días de cuarentena para mis estudiantes y sus familias. Es un tiempo muy corto si lo relacionamos con una centena de días, con medio año, o con un año de aislamiento social.

Eso en el tiempo…. en el espacio podríamos imaginarnos un viaje de Bogotá a Ibagué, un viaje para el cual necesitamos cerca de 6 horas montados en un bus, a la velocidad permitida y haciendo las paradas reglamentarias. –¡Uf, seis horas es mucho tiempo profe! me dirá cualquiera de ustedes, pero en verdad es poco si lo comparamos con un viaje a Cartagena, en el que requerimos cuatro veces más tiempo, es decir, un día completo, o un viaje a Quito (Ecuador), o a Santiago de Chile en bus.

Y ahora que hablo de días viene a mi memoria uno de los relatos de El Principito, ¿si se acuerdan de ese inquieto personaje que decía que “lo esencial es invisible a los ojos”? ¿O sea que la esencia de lo material y de lo mental no lo pueden ver nuestros ojos? Lo dejo ahí para que lo piensen y dialoguen como familia, porque lo que quiero decir, volviendo al viaje a Ibagué la ciudad musical y a Cartagena la ciudad heroica, es que El Principito decía que Él pertenecía al quinto planeta “el planeta raro y pequeño, donde solamente se pueden alojar el farol y el farolero, donde cada minuto nace un día y donde se presentan mil cuatrocientas cuarenta puestas al sol al día” (Saint-Exuspery, 2001).

Nosotras y nosotros somos terrícolas, pertenecemos a un planeta hermoso que tiene alrededor de 7.500 millones de habitantes de los cuales Colombia aporta apenas el 1,5% de ese universo poblacional. Acá, en nuestro territorio, los días son de 24 horas, 60 minutos componen una hora y no 1.440 puestas al sol o días como en el planeta raro de El Principito. Si viviéramos en el planeta raro donde mora El Principito, la cuarentena o los 19 días de aislamiento social equivaldrían a 16.360 días, es decir que mas de 44 años y medio de nuestra existencia la pasaríamos encerrados para evitar el contagio con el Coronavirus. Afortunadamente son apenas 40 días, eso sí acatando las recomendaciones que nos hacen, porque si no cumplimos entonces ahí si no será veintena sino cuarentena, es decir el doble de tiempo.

Como lo pueden percibir, el asunto no es tan complicado, se requiere voluntad para hacerlo, “querer es poder” dicen muchas personas. Si queremos todo nos saldrá bien: volveremos a la escuela y al colegio, nos saludaremos con las palmas de las manos y con el puño como hace unas semanas, los abrazos volverán a ser nuestra expresión física de afecto, las actividades laborales y escolares retornarán a su cotidianidad, las personas mayores dejarán de estar en riesgo de muerte, seguiremos hidratándonos, cuidando nuestra salud y sobre todo valorando nuestra vida y la de las demás personas, las plantas, los animales, la naturaleza y todas aquellas cosas que nos parecían insignificantes como bañarnos las manos bien.

Como lo verán en algunas de las cartas que les estaré enviando, esta no es la primera vez que a la humanidad le ocurre esta situación de pandemia, tampoco será la última, de ahí la importancia de valorar esta experiencia. Ojalá escribirla para que cuando vuelva a ocurrir le contemos a la gente cómo la afrontamos. Nosotros no lo sabemos, estamos aprendiendo de los demás países y también de la historia. Sin duda, es la primera vez que nos pasa una situación tan grave y dolorosa en la que, si no nos cuidamos y no ayudamos a cuidar a los demás, muchos serán las perdidas materiales y en vidas humanas.

Con mucho cariño su profe Esperanza.

 

José Israel González Blanco

Nota. Para ampliar el mensaje sobre El principito pueden buscar el libro en internet con la siguiente referencia:

Saint-Exuspery, A. de. (2001). El principito. (E. Salamandra, Ed.). Bogotá.

Carta #24: Escucharnos para sanarnos

Mis recordados chicos, chicas, madres y padres de familia.

¡Vamos, vamos! Ya estamos en el cuarto momento de elaboración de la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales. Una vez escrita la carta, el maestro, el orientador, el adulto o quien dirige su elaboración debe:

1. Visualizarse con un “corazón con oídos”, escuchar, solamente escuchar. Puede llorar o reír, pero no hablar. Nada de lo que se haga debe implicar juicio, crítica, análisis o comentario. El ser humano comete errores, aprende de ellos, por eso no vilifique ni divinice.  

2. Siéntese a una distancia cómoda del discípulo o escribiente, relájese y asuma el rol de ser un amigo que está escuchando algo importante. “Cuando la gente hable, escucha absolutamente todo. No estés pensando en qué es lo que va a decir. La mayoría de la gente nunca escucha. Ni observa”, sustenta Ernest Hemingway. 

3. No toque a la persona durante la lectura, porque puede detener la expresión emocional y justamente se trata de sacarlas a flote, de dejarla fluir.

4. Mantenga sus emociones bajo control, si se siente afectado, acéptalo. Si, por ejemplo, los ojos se le llenan de lágrimas por lo que escucha, deje que corran por las mejillas como el médico oftalmólogo, en la obra de Saramago, que sufrió el mal blanco o ceguera, evite limpiarse en el momento. Aliste pañuelos.

5. Permanezca todo el tiempo que dure la lectura. Escuchar con el corazón abierto.

6. Cuando el lector, alumno o adulto, pronuncie el adiós, ofrézcale un abrazo, la duración depende del nivel de emoción del uno, del otro o de la otra. 

7. Recuerde que la intelectualización de lo escuchado no tiene cabida: reiteramos: no juzgue, no analice, no critique, no comente. La carta es la culminación de una cantidad de trabajo difícil, muchas veces de la carga de emociones negativas, pero “para indagar en el alma humana es mucho más fructífero adentrarse en las cualidades negativas.”(Vernaza, 2014, p. 65) (Vernaza, 2014).

Hasta luego mis parceras y parceros.

La consulta es la misma de la carta anterior. 

Vernaza, C. (2014). Reflexiones y herramientas sobre el dolor, el duelo y el sufrimiento humano. Bogotá Colombia.

Carta #23 Cabeza fría, corazón caliente y mano larga para escribir

Apreciados estudiantes y padres y madres de familia.

La carta que acaban de leer contiene un decálogo metodológico que señala cómo hacer el ejercicio, pero también contiene otro decálogo acerca del qué y con qué hacer el escrito durante El viaje familiar en tiempos de pandemia. Sin más que agregar, “papel y lápiz”. Parafraseando a Confucio: cabeza fría, corazón caliente y larga la mano. (Vernaza, 2014, p. 11).  

Querido papá:

He estado analizando nuestra relación y he descubierto algunas cosas que quiero decirte:

Papá, quiero disculparme por…

Papá, quiero disculparme por…

Papá, quiero disculparme por…

Papá, te perdono por…

Papá, te perdono por…

Papá, te perdono por…

Papá, quiero que sepas que…

Papá, quiero que sepas que…

Papá, quiero que sepas que…

Te quiero mucho, te hecho de menos.

Adiós papá.

Si hay más de tres mensajes en el “quiero disculparme por”, en el “te perdono por” o en el “quiero que sepas que”, se pueden colocar. Ahora, si la persona no se siente representada en estas frases, use otras. Lo que sí debe ser constante es el: Adiós papá o en el ejemplo precedente: “Adiós mi entrañable hijo” o adiós mamá. El decir adiós finalmente resuelve y cierra la comunicación, más no el final de la relación con el destinatario. Hay quienes aseveran que “no decir adiós deja la comunicación abierta, arriesgándote a dilatar el proceso” (Vernaza, 2014). La palabra adiós es muy potente para esa acción.

Hasta luego mis pupilas y pupilos.

Les recuerdo visitar la siguiente fuente.

Vernaza, C. (2014). Reflexiones y herramientas sobre el dolor, el duelo y el sufrimiento humano. Bogotá Colombia.

Carta #22 Escribir: liberar las emociones y limpiar el alma

Inolvidables chicas, chicos, padres y madres de familia. 

La lectura de la anterior carta nos pone en el plano de las emociones negativas, porque uno siente mucha tristeza, rabia y hasta impotencia. En cartas anteriores tocamos tangencialmente la tristeza y el malestar que genera el estar aislados, lejos de la escuela, distantes unas y unos de otras y de otros. 

El principito lo expresaba: “Yo me sentía triste”, pero sus compañeros se alegraron al verlo vivo. Y eso lo que hay que celebrar, que estamos vivos, que sobrevivimos a la pandemia y que en adelante nos seguiremos cuidando sin necesidad de que nos obliguen a estar aislados sino juntos. Somos testigos del aprendizaje de una dura y dolorosa experiencia. 

La alegría que cada mañana y cada tarde disfrutamos en el salón de clase volverá a salir como el sol, sin desconocer que para algunos el crepúsculo en la pandemia nos dejó una mancha de obscuridad. La pandemia ha dejado heridas como las ramas de rosal en los ojos del amor; peor como nos lo enseñó Ernesto Sábato: “A la vida le basta el espacio de una grieta para renacer.”

En una de las últimas cartas (decimonovena) quedó sugerido un ejercicio de escritura. Para hacerlo se plasmaron las siguientes recomendaciones: tener a la mano una hoja de papel, 2 cucharadas de sentimientos, 4 manojos de ideas silvestres, 5 copitas de gramática española, 6 esencias de saberes especiales, 7 paquetes de finas letras, 8 gotas de felicidad, 9 trozos de sentido común, 1 o 2 recuerdos al gusto…

Y ahora sí, ¡a escribir! muchachos, chicas y padres de familia indicando que con esta epístola cerramos el salón de clase transitoriamente; es decir, la escritura de cartas continuará en otros momentos, porque hay mucho que escribir y gran parte del torrente escritural provendrá de las experiencias de esta pandemia. El tiempo para escribir, para leer y para amar es un tiempo robado -apunta Daniel Pennac-, robado a la tele, a las veladas familiares, al sueño, a las tareas escolares cuando estas no tienen esa finalidad, al juego. La clave es poner la escritura “al servicio de los placeres” (Pennac, 2002, p. 50) de seres humanos, particularmente de niños y niñas y muy pronto se aplicará a pesar de la ausencia de la maestra     

  Es una producción de la autoría de quien escribe. Aunque la información de una carta de Resolución de Pérdida Emocional es privada y confidencial se pone en este texto, de una parte, como ejemplo a consultar y, de otra, hace parte de la recuperación de la pérdida emocional de uno de los autores: la muerte de un hijo de 17 años, estudiante de Derecho de la U. Nacional de Colombia. 

Sobre la metodología sugerida entonces:

1. Tome la decisión consciente de escribir la carta

2. Escoja un lugar sin interferencias.

3. Dedique mínimo una hora.

4. Escribir la carta solo y en una sola sesión, como se dice: “de una”.  

5. Tenga al frente la Historia Gráfica de su relación con el destinatario. 

6. No hay límite. Es la oportunidad de decir las cosas que han sido calladas durante mucho tiempo. Vomitar para tener volver a tener apetito, como ya quedó consignado.

7. Preferiblemente no ser repetitivo. 

8. Puede ser una experiencia emocional fuerte, que podrá impedir pasear los ojos sobre las letras.

9. Encabece la carta con el nombre de la persona o con la forma como se dirigía a Él o Ella. 

10. La trama puede organizarse teniendo en cuenta las sugerencias de la vigésima tercera carta.

Bueno, a escribir niñas, niños y padres de familia. Chao.

Recuerden ir a la siguiente fuente: 

Pennac, D. (2002). Como una novela. Bogotá Colombia.

Carta #21 La emotividad, una experiencia humana de fortaleza

Mis inolvidables estudiantes y padres de familia:

Como les prometí, les traje una técnica de la que puede echar mano el docente, el padre de familia u otra persona que crea que lo puede hacer. Me refiero a la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales sea cual fuese el modo de morir, porque la muerte es una, mientras que los modos de morir tienen disímiles expresiones.

“El amor nos hace poetas y el acercamiento a la muerte nos hace filósofos”. Santayana.

Hola Juanjo, amigo del alma, compañeros de viaje, ruiseñor de la alegría, vendaval de la tristeza, guerrero de la mediocridad, colibrí de la tecnología, mago de la dulzura… hijo inolvidable e insustituible…

Juanjo: quiero disculparme por no haberte podido disfrutar más de lo que te disfruté, en verdad, esos momentos de juerga son los que hoy siguen dándole sentido a mi existencia, a la existencia de algunos familiares y amigos.

Juanjo: quiero disculparme por no haber podido estar más tiempo contigo, esa compañera inseparable de la vida, la muerte, nos lo arrebató literalmente antes del amanecer… Luego de tu muerte, he llegado a comprender que la vida es algo que pasa mientras uno está haciendo otras cosas y que, si el amor nos hace poetas, el acercamiento a la muerte nos hace filósofos.

Juanjo, te perdono que te hayas ido tan temprano, jamás imaginé que ese 25 de octubre del 2010 me darías el último abrazo y me acariciaras para siempre, con las palabras que todas las noches pronunciabas: “que duermas rico”. Te confieso, que ese día sentí rabia, impotencia y desesperación, porque mi interlocutor preferido, mi maestro y mi amigo fiel, había partido sin el boleto de retorno, sabía que no ibas para la Nacho, sino para no se dónde…  

Juanjo, te perdono que en algunas ocasiones te hayas alterado conmigo, con tu hermanita y con tu mamá, pues eras un mortal, no eras un ser perfecto.

Juanjo, quiero que sepas que me siento muy orgulloso de ti, que por donde quiera que camino hablo de ti, expongo tus rigurosas enseñanzas y procuro vivir feliz como fue siempre tu deseo.

Juanjo, quiero que sepas que he seguido el ejemplo de la lectura, la escritura y la reflexión, pero esta vez sobre una dimensión importante, la de tu vida y la de tu obra.

Juanjo quiero que sepas que no me he acercado a la tumba, porque tú me dirás: Yo no estoy allí, no duermo ahí, soy como mil vientos soplando. Tu respuesta será como la plegaria indígena: “Soy como un diamante en la nieve, brillando. Soy la luz del sol sobre el grano dorado. Soy la lluvia gentil del otoño esperado… Soy la bandada de pájaros que trina en la tranquila mañana, cuando tú te levantas… Soy también el haz de estrellas que titilan, mientras cae la noche en tu ventana. Por eso, no te acerques a mi tumba sollozando. No estoy allí. Yo no morí…”

Juanjo, quiero que sepas que te llevaré en mi corazón por siempre y propenderé, porque otros mortales continúen recordándote, a través de tus enseñanzas. El libro que me ayudaste a diseñar: El cuento de la Ley de Infancia (González, 2009), es una de esas mediaciones de la inmortalidad tuya. Porque escribiste, con tu puño y con tu ejemplo, seguirás vivo. 

Juanjo, te sigo admirando

Adiós mi entrañable hijo“.

Chicas y chicos, les digo hasta luego con el corazón arrugado, pero un poco más aliviado porque la emotividad es una experiencia humana que nos da fortaleza. Sentir nos hace fuertes.

Recuerden consultar:

González, J. I. (2009). El cuento de la ley de infancia. (Códice Ltda, Ed.). Bogotá DC.

Carta #20 Los duelos son parte de la vida.

Notables estudiantes y padres de familia.

No todo en la vida es color de rosa, aunque siendo justos las rosas si se dejan ver dónde hay alegría y donde hay tristeza. En la Segunda carta quedó explícito que en el juego que organizó la locura, fue una rama de rosa la que hirió al amor, no obstante, admiramos inconmensurablemente las rosas. En estos 19 relatos de este ejercicio nombrado como El viaje familiar en tiempos de pandemia nos hemos topado con situaciones propias de la cotidianidad, excepto la pandemia del Covid-19. La última carta les parecerá inaudita, por su contenido y lo sugerente. Se refiere a una realidad que nos resistimos a reconocer: la muerte. 

Y me perdonarán que escriba sobre lo que no querrán leer, porque como lo escribe Isa Fonnegra, pionera de la tanatología en Colombia, “la nuestra es una cultura negadora de la muerte…jugamos a ser inmortales” (Fonnegra, 1999, p. 22) , Pareciera una verdad de apuño, que dos de cada tres colombianos prefieren no hablar de la muerte, aunque el 99% haya tenido alguna conexión con el dolor por ese motivo. En una reciente entrevista a Rodolfo Llinás le preguntaron que si le tenía miedo a la muerte, ante lo cual respondió: “Qué le voy a tener miedo a la muerte si nunca voy a conocerla. La única muerte que yo no voy a conocer es la mía. La muerte para mí no existe. De todas maneras, me voy a morir” (González Ávila, 2015). El conocimiento de la muerte –aducía Estanislao Zuleta (Zuleta, 1996)- “es la condición absoluta del conocimiento de la vida”  

Fonegra de Jaramillo, citada en un párrafo anterior señala: “nuestros hijos necesitan, desde pequeños, aprender a afrontar la separación, el dolor, la culpa, la rabia y el temor al futuro” (Fonegra, 1999, p. 291), eso que en los países de vanguardia se conoce como “Educación para la muerte y las pérdidas emocionales”, dando lugar a superar creencias populares como la de no llevar a los niños a las funerarias ni a los entierros y más embarazoso decirles que el occiso “está dormido”, “se fue de viaje”, entre otras mentiras, nefastas para la elaboración del duelo en los pequeños. Igualmente, conduce a sensibilizar a padres y educadores en el sentido en que el conocimiento de la muerte no es más que la condición del conocimiento de la vida. Los únicos que no tienen conciencia –evocando a Vicktor Frankl (Frankl, 2004)- de vivir y de la muerte son la mayoría de los animales y las plantas. 

Una de las huellas más dolorosas que deja en el mundo el Covid es un mar de dolores tal como la llamada Peste española de 1918 y otras epidemias y pandemias de histórica recordación. Y son duelos a lo que estamos llamados a ayudar a tramitar, a elaborar y a acompañar sobre todo porque muchos de los huérfanos son niños, niñas y adolescentes. 

En ese sentido, la siguiente carta es una técnica de la que puede echar mano el docente, el padre de familia u otra persona que crea que lo puede hacer. Me refiero a la Carta de Resolución de Pérdidas Emocionales sea cual fuese el modo de morir, porque la muerte es una, mientras que los modos de morir tienen disímiles expresiones. El texto comienza con un ejemplo y sigue con las recomendaciones para su aplicación en la siguiente carta.   

Hasta luego chicas y chicos.

Recuerda consultar:

Fonnegra, I. (1999). De cara a la muerte. (Intermedio Editores, Ed.). Bogotá DC.

Frankl, V. (2004). El hombre en busca de sentido. (Herder, Ed.). Barcelona.

González Ávila, M. P. (2015). Conflicto, postconflicto y “desconflictivización” de la escuela colombiana. (Códice Ltd). Bogotá DC.

Carta #19 Alimentar el cuerpo y el corazón también es productividad

Recordados niños, niñas y padres de familia

Ustedes se preguntarán: ¿A qué horas la profe Esperanza escribe las cartas? ¿Será que la profe no hace aseo? ¿Será que no tiene nada más que hacer? ¿A qué horas cocina? ¿A qué horas duerme? ¿Tiene abandonados a los hijos? ¿Y el marido qué le dirá? Bueno, ¿Por dónde empezamos?, pregunta Cipriano Algor, el alfarero, el conductor de la camioneta, el sexagenario personaje de la Caverna (Saramago, 2000), otra novela para leer en tiempos de pandemia. 

¿Por dónde quiere su majestad que comience le preguntó el Conejo Blanco al rey:“Comienza por el comienzo” continúa con la continuación y finaliza con el final” (Carrol, 1999, p. 160). “Nunca ha habido más comienzo que el que hay ahora, – dirá Walt Whitman -ni más juventud ni vejez que la que hay ahora; y nuca habrá más perfección que la que hay ahora, ni más cielo ni infierno que el que hay ahora” (Whitman, 2014, p. 20)

Todos los oficios del cuidado, asignados socialmente a las mujeres, sin ninguna recomendación, ¡los hacemos!, no es que los hacen las mujeres de la casa. ¡Uf qué fuerte profe! dirá algún díscolo chico o chica. Pero, además, los hacemos juntos, no por separado, todos hacemos todo y así contribuimos según nuestras capacidades (¿recuerdan de cuáles capacidades hablamos en la Decimocuarta carta?, saberes y deseos. 

Eso nos ha dado mejores resultados que repartir tareas individualmente y menos otorgarlas obligatoriamente. ¡Así no se vale! Establecer acuerdos, trabajar con principios, reírnos, “echar chisme”, narrar cuentos, jugar, cantar y leer hacen parte de nuestro repertorio. En el aseo, por ejemplo, el niño pequeño recoge los objetos que están en el piso, el papá trapea y saca la basura, el hermanito mayor barre y la mamá limpia el polvo. Así todas y todos participamos haciendo el aseo. 

La cocina es un lugar de inspiración y creación. No es “una jartera” como suelen decir algunas personas. Y los hombres en la cocina no “huelen a lila de gallina”. La cocina es también un espacio para la lectura y para la escritura. Hoy día nadie puede decir que no sabe preparar unos frijoles veganos, coliflor en nieblas, espaguetis al dente con guiso de ajo, tomate y ají o una tortilla de huevos de tiranosaurio con un libro abierto al lado izquierdo y con otro al lado derecho con olor a poesía, como lo sugiere Héctor Abad Faciolince en el Tratado de culinaria para mujeres tristes (Faciolince, 1997, p. 17). 

O, la ingesta de una leche dorada elaborada con cúrcuma rayada, jengibre y pimienta en leche de coco y cero azúcares, para fortalecer el sistema nervioso autónomo. O, sencillamente, una agüita tibia con limón alcalinizada imitando el “jarabe de tuétano” que les dio Úrsula Iguarán a los niños luego de superar la peste del olvido, en fin, la cocina colombiana, aunque no es patrimonio de la humanidad como la mexicana, la peruana y la mediterránea, ofrece mucha variedad de platos y bebidas para preparar y el lugar más seguro para conseguirlos es la web, la historia y los libros. No solo de hacer tareas en pandemia viven los estudiantes y padres de familia, viven de disfrutar oficios del cuidado como el aseo y la cocina.

Así que, chicas, chicos y padres de familia, la cocina es el principal detonante de la escritura y de la lectura para la profe Esperanza, de ahí la cantidad de ingredientes que le dan sabor y color a cada carta. Eso sí, he tenido el cuidado de que la carta no indigeste al lector, sino que le genere apetito, pero si en algún momento ello llegase a ocurrir, por favor dese la segunda oportunidad de releerla -recordando la recomendación de Borges- para condenarla o absolverla y que no ocurra como en Alicia en el País de la Maravillas que primero se condena y después se hace el juicio. “¡La sentencia primero! … ¡Tiempo habrá para el veredicto!” (Carrol, 1999, p. 164) 

La cocina, que tantas veces hemos frecuentado en esta cuarentena todos los integrantes de la familia, ha sido inspiración de escritores y metodólogos de la escritura como Daniel Cassany, quien en una ocasión aceptó enseñarle a escribir a un ramillete de mujeres adultas, porque le pareció fácil hacerlo; pero, cuando estuvo al frente de ellas, no supo por dónde empezar y acordándose de la pregunta que le hizo el Conejo Blanco al rey: comenzó “por el comienzo” (Carrol, 1999, p. 160), es decir, por lo que sabían hacer a la perfección el manojo de mujeres cursillistas: cocinar muy delicioso. De esa experiencia escribió un manual de redacción titulado: La cocina de la escritura muy útil para cualquier persona que quiere escribir como Yo. 

Escribir significa mucho más que conocer el abecedario, que saber juntar letras o firmar. La escritura se hace de letras, palabras, oraciones, verbos, adjetivos, artículos, sustantivos, signos de puntuación, párrafos y textos en general, pero las letras solas, las palabras solas, las oraciones solas, los adjetivos solos, los verbos solos, frases solas y los párrafos solos no son la escritura. Pasa algo análogo con la ciencia y con las casas. 

La ciencia, decía Henry Poincaré, “está hecha de datos, como una casa de piedras. Pero un montón de datos no es ciencia, así como un montón de piedras no es una casa.” Preparar un buen plato de comida no consiste en sumar un poco de ingredientes y ponerlos al fuego. Quienes escribimos trajinamos sobre el papel como un chef en la cocina: “limpiamos la vianda de las ideas y la sazonamos con un poco de pimienta retórica, sofreímos las frases y las adornamos con tipografía variada.” (Cassany, 1995, p. 15) 

No me quisiera salir de la cocina, pero tenemos otras actividades organizadas en nuestra agenda diaria de cuarentena que no podemos descuidar. Para no desvincularlos de la cocina de la escritura los dejo con una receta para que la preparen.  

  • 1 hoja de papel
  • 2 cucharadas de sentimientos
  • 4 manojos de ideas silvestres
  • 5 copitas de gramática española (¡cuidado! Deben ser pequeñas para que no amarguen la mezcla)
  • 6 esencias de saberes especiales
  • 7 paquetes de finas letras
  • 8 gotas de felicidad
  • 9 trozos de sentido común
  • 1 o 2 recuerdos al gusto….

Y, ¡a escribir” muchachos, chicas y padres de familia. Eso sí tengan en cuenta que para escribir se necesita leer y para preparar los alimentos se requieren vasijas, calor, agua y los vegetales, animales y minerales que cada menú exige. Y no olviden que el tiempo para leer es un tiempo robado y el tiempo para cocinar es un tiempo muy preciado. 

Chao pelaos.

Vulelvo a recordarles que completen la lectura d ela carta consultando: 

Cassany, D. (1995). La cocina de la escritura. (Anagrama, Ed.). Barcelona.

Carrol, L. (1999). Alicia en el País de las Maravillas. (Educar cultural recreativa, Ed.). Santa Fe de Bogotá.

Faciolince, H. (1997). Tratado de culinaria para mujeres tristes. (Alfaguara, Ed.) (Primera). Santafé de Bogotá.

Whitman, W. (2014). Hojas de hierba. (S. L. U. E. Libros, Ed.). Barcelona.

Carta #18 Contagiar alegría y Esperanza

Carísimos estudiantes, madres y padres de familia.

Parto del supuesto que aún siguen jugando al “gallo capón” o a otros juegos, pero en todo caso jugando. Y no solamente los estudiantes sino también los adultos, el juego también es para nosotras y nosotros. Solo se requiere dejar que ese niño o esa niña que cargamos adentro salga y nos ayude a contagiar de alegría, porque la alegría, como lo decía Emerson, es la felicidad.

En este ir y venir de acontecimientos hubo un padre de familia, vecino de Don Tomás, que me pidió que en una carta resaltara el valor de cada una de nosotras y de nosotros y que lo hiciera con un escrito de Jorge Luis Borges que, como dijimos antes, era un escritor invidente, pero no por causa del mal blanco del que se ocupa José Saramago. El texto se conoce como “Valgo”. El padre de familia aclara que lo bajó de internet y que no se acuerda de qué página.       

De tanto perder, aprendí a ganar; de tanto llorar, se me dibujó la sonrisa que tengo. Conozco tanto el piso que sólo miro el cielo. Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Me asombro tanto cómo es el ser humano, que aprendí a ser yo mismo. Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo y saber que soy buena compañía. Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a esperar que me pidieran ayuda. Traté siempre que todo fuese perfecto y comprendí que realmente todo es tan imperfecto, como debe ser (incluyéndome). Hago sólo lo que debo, de la mejor forma que puedo, y los demás que hagan lo que quieran. Vi tantos perros correr sin sentido, que aprendí a ser tortuga y apreciar el recorridoAprendí que en esta vida nada es seguro, sólo la muerte… por eso disfruto el momento y lo que tengo. Aprendí que nadie me pertenece, y aprendí que estarán conmigo el tiempo que quieran y deban estar, y quien realmente está interesado en mí me lo hará saber a cada momento y contra lo que sea. Que la verdadera amistad sí existe, pero no es fácil encontrarla. Que quien te ama te lo demostrará siempre sin necesidad de que se lo pidas. Que ser fiel no es una obligación, sino un verdadero placer cuando el amor es el dueño de ti. Eso es vivir…La vida es bella con su ir y venir, con sus sabores y sinsabores… Aprendí a vivir y disfrutar cada detalle, aprendí de los errores, pero no vivo pensando en ellos, pues siempre suelen ser un recuerdo amargo que te impide seguir adelante, pues, hay errores irremediables. Las heridas fuertes nunca se borran de tu corazón, pero siempre hay alguien realmente dispuesto a sanarlas.” 

Los contenidos de esta carta lo mismo que la carta en la que nos ocupamos del juego de los sentimientos, la otra conexa con la máquina de la memoria y en si las dieciocho que llevamos hasta ahora, nos otorgan muchas pistas sobre la experiencia que estamos viviendo con la pandemia del Covid-2019. Borges, además de hacernos sentir el valor de la vida y de todo lo que de ella pende también nos convoca a releer cada misiva para aprovechar al máximo su contenido (Borges, 1974). Parafraseando a Paulo Freire, en el título de uno de sus tantos libros (Freire, 1994), podríamos titular estas misivas como Cartas de Esperanza a quien pretende aprender. Les dejo esa inquietante tarea. 

Hasta luego chicas, chicos, madres y padres de familia.  

Les recuerdo consultar los autores citados y sugerirles a sus profes que lean las Cartas de Paulo Freire A quien pretende enseñar. Ahí está el enlace.  

Borges, J. (1974). Obras completas. (Emecé, Ed.). Buenos Aires.

Freire, P. (1994). Cartas a quien pretende enseñar. (S. X. Editores, Ed.), Educación. Madrid. https://doi.org/10.1017/CBO9781107415324.004

Carta # 17 Profes a contracorriente, gracias

Estimados estudiantes y padres de familia

Estaba cerrando la anterior carta con esa extraordinaria recomendación de Sancho Panza cuando me llega otro escrito a mi WhatsApp. No es de estudiantes, ni de padres de familia ni de docentes, es nada más y nada menos que de un escritor y va dirigido al trabajo que venimos realizando los docentes, en el marco de la pandemia. La comparto, porque su contenido es afín a esta “máquina de la memoria” que venimos construyendo estudiantes, padres, madres de familia y comunidad educativa en general. Él valora nuestras iniciativas y nos impulsa a seguir leyendo y escribiendo. Espero que la lean, hagan sus propios análisis y compartan sus puntos de vista. La misiva, está rubricada por Mario Mendoza, el autor de Satanás, de la travesía del vidente (nosotros nos referimos a los ciegos), Scorpio City (Mendoza, 2004), donde también escribe sobre el manicomio. La carta puesta en La Bagatela, dice:  

De un día para otro, los docentes, sin ninguna ayuda, han tenido la capacidad divina de crear de la nada, y en esa suerte de “creatio ex nihilo”, de la que hasta ahora Dios tenía la exclusiva, han montado todo un sistema de educación a distancia, para seguir prestando sus servicios desde casa.

¿Materiales? Su ordenador particular, privado y personal; y su internet, pagado de su bolsillo.

¿Espacios? El salón de su casa, que vuelve pública la intimidad de su hogar.

¿Derechos de autor? Cedidos, imagen, textos, tareas…

¿Formación? La propia, investigando contrarreloj.

¿Apoyo de las consejerías? Anecdótico. ¿Vigilancia? Toda.

¿Exigencias? Absolutas.

La escuela en el salón de casa no termina nunca.

¿Un millón de correos que atender? ¿A quién le importa? Para eso cobran.

Pero nadie les aplaudirá, casi nadie dará las gracias, y pocos reconocerán su labor. De hecho habrá padres y madres que se quejarán porque reciben casi a diario notificaciones sobre el progreso, o no, de sus hijos o porque tienen que echarles una mano con sus deberes.

Los profesores están trabajando, de hecho, han multiplicado por mucho sus horas de trabajo, pues ahora aclaran las dudas uno a uno, corrigen y evalúan las tareas una a una…

Yo aplaudo a los docentes, y no solo a ellos, también a otros muchos que en estos días de crisis se exponen para prestarnos todo tipo de servicios. Pero aquí, ahora, hablo de educación.

Yo aplaudo a los docentes con todas mis fuerzas, pero más que aplausos, necesitan (necesitamos) devolver la educación al lugar que le corresponde“.

Hasta pronto mis admirados lectores. ¡Cuídense mucho y cuídennos a nosotras y a nosotros!, para volver a estar juntos en el salón de clase compartiendo sonrisas, versos, juegos y canciones. 

Juegos que no hieran como le ocurrió a la locura con el amor sino juegos como el “del gallo capón”. Un juego infinito que consistía en que el narrador preguntaba a los asistentes si querían que les contara el cuento del “gallo capón”, y cuando contestaban que si, el narrador decía que no había pedido que si, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaran callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que nos les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente en un circulo vicioso que se prolongaba por noches enteras.” (García M., 2007, p. 58). Los dejo entonces divirtiéndose con el juego del gallo capón.       

Bueno, me despido dejándolos con este divertido juego 

Con admiración y gratitud

La profe Esperanza.

Les recuerdo leer los textos referenciados. 

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

Mendoza, M. (2004). Scorpio City. (Planeta, Ed.). Bogotá Colombia.

Carta #16: La paciencia es nuestro combustible más valioso

Hola chicas, chicos, madres y padres de familia 

Doy inicio a este nuevo mensaje retomando el “método” ingeniado por Aureliano Buendía con el cual los habitantes de Macondo estuvieron dispuestos a luchar contra el olvido. Quiero, en una pequeña “máquina de la memoria”, como la que quiso fabricar José Arcadio, repasar algunos de los aportes hasta acá consignados mientras se aparece en El viaje familiar en tiempos de pandemia, Melquiades, el jefe de aquella tribu que fue borrada de la faz de la tierra por haber sobrepasado los límites del conocimiento humano. Tribu que, como muchas comunidades ancestrales del continente, contribuyó con el engrandecimiento de la aldea con su milenaria sabiduría y sus fabulosos inventos (García M., 2007, p. 50).

Las cerca de doce mil palabras y más de 50 mil caracteres puestos en ese imaginario “diccionario giratorio”, erigido con “catorce mil fichas” por José Arcadio Buendía y que para nuestro caso le hemos denominado cartas, son el andamiaje que nos permite, junto con otras iniciativas, auscultar nuestro camino hacia la escuela, al trabajo in situ y al restablecimiento material de las relaciones que tenemos en espera, motivados por el cuidado, el autocuidado y la prevención. 

“La situación es grave, pero tiene solución. Sabemos cuál es el mal y cuál es el remedio. Ya les pasó a otras personas, aprendamos de ellas. El peor ciego es el que no quiere ver. Tomar en serio el pensamiento del otro, de la otra y de los otros. El que jamás se desalienta “aprender de la experiencia de los demás”. Hacer salir a alguien de una indigestión para que pueda tener apetito. Un mundo que está lleno de ciegos vivos. La paciencia es buena para la vista. Es el cansancio. Es grande quien jamás se desalienta. Cuidado, autocuidado y protección. Participar en juegos con las hermanas y hermanos. Bañarse las manos. Hidratarse. El adjetivo cuando no da vida mata. El amor es ciego. Sabiduría. Al virus se le desintegra. El remedio está en nuestras manos: Dolor. Muerte. Soledad. Sentimientos. Vida. Salud. Razón. Emociones. Cuarentena…”    

Estas fichas y las miles que hemos construido armando esta máquina epistolar son piezas del yunque que nos sirven para para jugar en el laboratorio del hogar mientras llega el Melquiades de la vacuna para protegernos de esa molécula que- como lo escribe Carolina Sanín- entra en contacto con la célula, hace que ella lea algo y repita aquello que lee y, además, que le copie muchas veces, y finalmente se destruya por lo que ha leído y repetido.  Sin duda, que demora, pero llegará y mientras llega inmunicémonos con buenas dosis de literatura y filosofía.

La paciencia es buena para la vista son las enseñanzas que nos dejan las personas que padecieron la ceguera. “Es la vida más que la muerte la que no tiene límites” (García, 1985, p. 409) concluye el capitán del barco, que transportó a Florentino Ariza y a Fermina Daza, al mirarlos a los ojos como miró la india Visitación a la niña Rebeca. Macondo celebró la conquista de los recuerdos una vez José Arcadio bebió, de manos de Melquiades, esa sustancia de color apacible que le hizo llegar la luz a su memoria.    

Pero, con todo eso, “yo me esforzaré a decir una historia que, si la acierto a contar y no me van a la mano, es la mejor de las historias; y esteme vuestra merced atento, que ya comienzo”, dijo Sancho. “Érase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar… Y advierta vuestra merced, señor mío, que el principio que los antiguos dieron a sus consejas no fue así como quiera, que fue una sentencia que dice ‘y el mal, para quien le fuere a buscar’, que viene aquí como anillo al dedo, para que vuestra merced se esté quedo y no vaya a buscar el mal a ninguna parte” (De Cervantes S., 1999). El mal o el contagio para quien no cumpla la cuarentena, para quien salga a encantararse con el Covid-19. 

Hasta la próxima y felicidades amiguitas y amiguitos.

La profe Esperanza 

Recuerden consultar las siguientes las obras de los siguientes autores: 

De Cervantes S., M. (1999). El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. (A. L. S.L., Ed.). Madrid España.

García, G. (1985). El amor en los tiempos del cólera. (Norma, Ed.). Bogotá D.E.

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera. (Nomos S.A, Ed.). Bogotá DC.

Carta #15: Lecciones de Aureliano para salvarnos del olvido

Estimadas madres de familia, estudiantes y padres de familia. 

En este acumulado de cartas hemos referido tres epidemias y una pandemia. Quiero anotarlos porque ahora que hemos llegado a la peste del insomnio. No quiero que me asedie el olvido, aunque todavía no he saboreado los gallitos verdes de insomnio, ni los exquisitos peces rosados de insomnio, tampoco los tiernos caballitos amarillos, ni aún he visto las imágenes que sueñan mis destinatarios padres de familia y estudiantes. 

La fiebre del cólera en el río Magdalena que impidió el desembarque de Fermina Daza y Florentino Ariza es un ejemplo sobredicho; otro es el mal blanco o la pérdida de la mirada que es el <<arte de los ojos>>(Faciolince, 1997, p. 17) -como lo nomina Faciolince-, que se apoderó de los pobladores de una ciudad y hubo que recluirlos en un manicomio con unas medidas drásticas. 

El tercer ejemplo que nos falta ahondar es la peste del insomnio que invadió a todos los habitantes de una población costera colombiana llamada Macondo y, el cuarto, la pandemia del Coronavid -19 que venimos abordando a través de El viaje familiar en tiempos de pandemia y cuya historia apenas estamos escribiendo. 

Queda como sugerencia La peste de Albert Camus, pero en verdad no le ha dado relevancia en este momento porque la obra detalla mucho a las ratas y hay personas que les tienen miedo, por lo tanto, no quiero incomodar sino potenciar el bienestar y la esperanza.   

Dijimos que fue a través de Rebeca que llegó la peste a Macondo. Inicialmente parecía algo inofensivo y mas bien benévolo para la población. El fundador del pueblo sostenía jocosamente que si no volvían a dormir pues mejor, porque de esa manera rendiría más la vida. Pero Visitación, que ya conocía de la enfermedad, les explicó que lo más terrible no era la imposibilidad de dormir sino su inexorable evolución hacia el olvido. 

Cuando la persona se acostumbraba a estar en vigilia se le empezaban a borrar los recuerdo desde la infancia como cuando le ingresa al computador un Troyano; luego, el nombre y la noción de las cosas y por último la identidad de las personas y la consciencia del propio ser hasta hundirse en un estado de idiotez sin pasado. 

José Arcadio Buendía juzgó que eso era superstición de la indígena, empero Úrsula si tomó la precaución de aislar a Rebeca de los niños y niñas. Debieron transcurrir cincuenta horas para que los integrantes de la familia Buendía dieran por hecho que ninguno dormía ante lo cual Úrsula, aplicando las enseñanzas de su madre, preparó un brebaje de acónito e hizo que todos los tomaron, pero los resultados fueron infructuosos, nadie se dormitaba. 

Construir la solución

Fue entonces cuando José Arcadio Buendía percibió que el pueblo estaba invadido por la peste y por fin reunió a todos los jefes de familia, para explicarles lo que sabía acerca de la enfermedad, y acordar medidas para que el contagio no se propagara en la región. Una de las primeras medidas que puso en escena fue quitarles, a los chivos, unas campanitas que cargaban y ponerlas, a la entrada de Macondo, a disposición de quienes desatendían las recomendaciones e insistían en ingresar al poblado. 

Todos los forasteros que deambulaban por las calles de Macondo debían hacer sonar la campanita, para que los enfermos supiesen que estaban sanos. Como la enfermedad entraba por la boca fue prohibido el consumo de bebidas y comidas. Tan eficaz fue la cuarentena, <<que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural , y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir>> (García M., 2007, p. 61).    

Aureliano Buendía fue el primer poblador en encontrar la formula para no olvidar. Un día, estaba buscando el yunque para trabajar y no recordó el nombre, entonces le preguntó a José Arcadio y él le dijo: <<tas>>. Aureliano escribió el nombre en un papelito y lo pegó en la base del yunque. Después no se acordó de lo hecho por lo difícil del nombre y fue cuando se percató de que no recordaba tampoco los nombres de los objetos del laboratorio. 

Entonces recurrió a marcar a cada cosa con su nombre y así se lo enseñó a José Arcadio, quien lo puso en práctica en la casa y luego en el pueblo. Con un pincel entintado marcaban las cosas con su respectivo nombre: mesa, silla, cacerola, cama, reloj, puerta, vaca, chivo, gallina, yuca. 

Dada la gravedad de lo que estaba ocurriendo José Arcadio fue precavido y optó porque cada cosa tuviera escrito, además del nombre, los rasgos y su utilidad por si algún día el olvido intentaba borrar todo. 

Fue así como, por ejemplo, a la vaca le colgaron un letrero que decía: <<Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche>> (García, 2007, p. 60).       

Bueno chicas, chicos, madres y padres, que el insomnio no los contagie, hay que dormir bien.

Nota. Les recuerdo consultar las siguientes obras: 

Camus, A. (1999). La peste. (FCE, Ed.). México.

Faciolince, H. (1997). Tratado de culinaria para mujeres tristes. (Alfaguara, Ed.) (Primera). Santafé de Bogotá.

García M., G. (2007). Cien años de soledad. (S. Ediciones, Ed.) (Edición no). Bogotá Colombia.